La reja
La niña, al piano, repite y repite con entusiasmo la misma frase de Haendel, se ríe, concluye y espera aplausos, mientras, con parsimonia, se inclina para saludar a la concurrencia. Adelanta un pie, se toma la falda del dobladillo —reverencia— y deja estar (¿con gracioso encanto?) el ramo de rosas en su mano izquierda. Las flores, recién sacadas de su jarrón, gotean el piso, su pantorrilla, y la gota la saca de su ensimismamiento.
Excepción hecha de las gotas y el charquito, todo lo demás pareciera de una postal —regalo para sus favorecedores— de los cigarros Aguilitas, lo que nos autoriza a describirla así:
«En imagen de sepia, la niña se acoda sobre el arpa (quién dice que la postal deba coincidir con su referente), y sonríe. Se lleva el índice a los labios, apoya, coqueta, las rosas en la cintura. El sepia anula los brillos y las sombras, pero se le adivina el pelo sedoso, los ojos de profunda mirada obscura. Como la imagen no quiere fidelidades locales, el fondo se difumina en tonos de arena; la luz misma es arenosa, punteada al grano, y sólo resalta la sonrisa de Roseta, primer plano sin fondo discernible. Roseta lleva una túnica, una pulsera en la muñeca, un ramo que es un primor.»
Roseta, la que tocaba piano (no arpa) olvida por un momento —y tal vez para siempre— la gota en la pantorrilla, y se vuelve al jardín, donde acaba de llegar mamá y al fin, parece, van a instalar la reja: muchos ires y venires que le ha costado la reja a mamá, tardes de herrería para supervisar un trabajo fino.
Instalar la reja no es fácil: Roseta va y se sienta junto a la madre, en los escalones del portal, mientras los hombres se afanan. Entre dos, levantan una de las puertas de fierro. Otro empotra los goznes, donde ya uno hizo barreno en la cantería. Un otro engrasa bisagras, que parecen reacias. Roseta los mira, al compás de la frase de Haendel, y se duerme.
—Sueño pesado tiene esta niña, que no la sobresaltan martillazos.
La tarde cae, en ocaso de metales, barullo de ponientes, y ya está lista la reja, soberano portón de cancela. Llena el arco de piedra de la entrada, o sea, andará por los dos metros, más o menos; la filigrana de hierro es profusa y densa. Para mejor, que la describan palabras:
«Volutas de fierro, volutas y el entramado que la luz, en numinosa indiferencia, desdibujaba en mediodías y —gradualmente— iba abandonando a la tarde: ciudad de balaustre en pirueta de la verja, de gozne clamoroso, donde ninguna visita es sorpresa de anunciada en chirridos de entreabrires (…). Rejones impuestos, por primera vez, a las murallas, y cuyos más afinados conciertos remedan, igual, el rejón románico, guarda y bastión, inmune a badajazos de ariete y enemiga tropelía; barroco que, mudado en finta neoclásica en altares, sigue siendo placer de movimiento en los rejones, en las cancelas mínimas incluso, en guardacantones (ese hermano bastardo de la reja) y en verjas separa-balcones. Barroco en fierro, habanero al fin, barroco nuestro.»
Persistente en el tiempo también, como gravedades y naderías barrocas, la Roseta nuestra, que va ya para los veinte: con sueño ya menos pesado, que si no interrumpen martillazos, sí temblores, resquemores de noche, manos suyas que se tocan a sí misma, y otros entreabrires: entreabrires de piernas, de labios, sobre sábanas demasiado frías y demasiado solas, también. En esos días de calores, Roseta sube al minarete, y sigue con los ojos las sombras que pasan en la sombra, parejas que regresan de la fiesta, hombres solos, mujeres en grupo, cuchicheando. Ahí está la reja: a los que pasan más cerca de la casa, los ve Roseta al tamiz de su filigrana, marcados por la reja, más allá de ella misma. La reja siempre ha estado ahí. Y en su minarete, Roseta se mete la mano bajo el camisón, y se deja irse y venirse, tranquila.
La reja está ahí, resiste el embate de arietes, de tiempo y de ciclones, y hasta el odio de Roseta.
La reja es una reja es una reja… Menos difícil que imaginar un primer nomotetes asperjándole, con hisopo bautismal, agua de bendición y nombre —reja te llamas, eres tu nombre y la mención de tu nombre una palabra, no eres palabra sino cosa, pero por las palabras te conocerán—, es imaginar al yunque y al herrero, en un atardecer cualquiera del Cerro, martillazo un poco ebrio, redundante, martillazo, remache y calores de herrería. Al herrero se lo puede describir de muchos modos, tal vez (¿por qué no?) así:
Son sin ton ni son,
pica el yunque,
bongó.
Sóngoro rejón
alza el vuelo,
tambor.
Tómate tu ron,
quiebra el fierro,
calor.
Etcétera, etcétera: tal tipo de descripción, abundosa en sóngoros y cosantes (¿cosongos?), repugna a Roseta, probablemente (si algo hay que autorice a un narrador a formular luidos estéticos) con razón. La madre de Roseta, en cambio, supervisaba los trabajos sin ron ni tambor, más bien, con abanico y chalina:
—Pero esos peces, maese Guzmán, desentonan con el estilo.
Que los quiere en puro estilo liberty, guirnaldas de fierro que sean volutas de flores, entiéndase. E importuna labores, ensalza, condena, aprueba.
De aquellos tiempos, Roseta recuerda el piano, tardes y mañanas al piano, perdida en el pentagrama y el jardín. Mamá, de supervisar herrerías, llegaba tarde, cansada pero sonriente. La reja no estaba aún, pero sí estaba: algo estaba por ella, una conmutación que indicaba una ausencia, marcado y no marcado, merkmalträgend.
Presencia prevista, acaso, en el subrayado de su ausencia, en el arco de piedra huérfano de gozne y cerrojo, de cometido y función.
Presencia jeroglífica de la reja: como escrito en piedra (¿en la piedra Roseta?), signos misteriosos que leen otros signos.
Síntoma de sí misma, en cambio —jeroglífico sin escoliasta—, la imagen de Roseta más allá de los veinte, como una foto en blanco y negro de algún estudio de Galeano: camina apresurada, se nota en el pelo que se mueve, y sola: esos extraños lentes terminados en punta, combinación (¿no será la foto?) en negro y blanco, le acentúan la edad. Silba, o parece que silba, alguna música. Sigue llevándose, a cada rato, el índice a los labios, pertinaz. Los gestos, como las piedras, insisten en perseverar en su ser, imitándose su propia forma.
Pero la Roseta real no va por Galeano, sino por Zapata, al cementerio. Flores, también, pero no de niñita premiada, sino, más bien, domingo de duelo; Roseta deambula entre los mármoles de Colón, precisa las tumbas conocidas entre los olivos, reparte las rosas. El herrero que amaba a la dama de chalina y abanico debe ser cadáver (¿mas polvo enamorado?) ha mucho, Roseta pone el ramo a la tumba de su madre y razonablemente ignora la muerte del otro.
La reja, como piedra o gesto, sigue estando ahí, en el mismo lugar donde, hace muchos años, la puso en el mundo —como Dios a sus criaturas— el herrero Guzmán.
—Maese Guzmán, que gloria hubo.
Gloria o glorias varias: una, secreta, casi murmullo, y otra de fanfarria y oropeles, y otra última, tránsito de muerte, todas (aun las que no sabemos) gloria al fin, tanto de vano y cuánto de ruido —y tanto menos de nueces.
Primera gloria: Guzmán trabaja entre fierro y cabilla, un día igual a los otros. Que empieza a ser distinto cuando, de un sedán negro del veintinueve, desmonta una dama que lo interpela:
—Usted es Guzmán, y le hizo una verja a los Peralta. Yo quiero una, más grande y que sea más fina.
Para servirle; a tomar medidas se va Guzmán, sentado con un poco de engorro en los asientos de cuero mientras la señora maneja. Pequeña gloria, y triunfo, ante compañeros de gremio, pero hay más: la señora tararea, por lo bajo, a George Olsen y beyond, beyond, beyond the blue horizon; entre tarareo y tarareo, la señora le describe la reja —que, de prevista, ya existe—, y caballero se siente Guzmán, en escolta y guardia de Dulcineas, caballero: más, más, cuando su fermosa dueña le refiere viudeces y soledades, pasado de sí misma, confianzas que (siente Guzmán) están fuera del encargo.
—El que era mi marido quería esa reja, yo la quiero por cumplirle el deseo y por la niña, no sea que se salga a la calle, y además ¿qué hace un muro sin cancela?
Roseta —Roseta niña, como en postal de colección— corretea por el jardín, quiere que la midan con la cinta, pregunta vaguedades.
Roseta —Roseta en su minarete— busca como quien busca silencio, hace ya tiempo, algo a que aferrarse: un hombre, un gran amor, verdades y respuestas o, más bien, verdades y respuestas practicables. Sabe —y duele— de amores pasajeros, hombres apenas entrevistos y felicidades en pérdida trocadas, verdades demasiado (o demasiado poco) terrenales, y muy poco terrenables. Un día, en alguna despedida, Roseta se aferra a los balaustres, por una hora, dos: el tiempo muere y con él todas las cosas y —se dice Roseta— ella con él. Los relieves del fierro se le marcan en las manos, a Roseta la saca de sí misma un aguacero de algún norte, y sabe que no puede retornar ya de algún lugar que no precisa —algo como exilio o partida o afasia—; saber el retorno imposible (piensa) es un alivio y una cruz.
Como en la caverna de Platón, las sombras le pasan por la reja, tras ella. Juego de sombras chinescas, pantomima que no alcanza. Sombra y bulto son lo mismo.
Roseta no recuerda, por supuesto, que Guzmán —como Casandra diciendo lo que no sabe— lo había dicho:
—Su niña tiene una mirada de otra parte, señora, de angelito.
Ni que su señora madre lo escuchaba, tarareando algo, y estamos en las glorias de Guzmán: sobre las seis —cuando la herrería del Cerro se sumergía en soledades— iba la madre de Roseta a supervisar trabajos y finezas de quien ya se sentía —para sí solo y en secreto— caballero de fermosa dueña:
—No tan exuberante la cornucopia, mire usted, como que más quebrada, digamos.
Las tardes en la calor de la forja ya iban siendo, para la señora, por lo menos hábito, allelluias para Guzmán. Con ojos distintos (¿quién cree ya el milagro de la mirada idéntica?) veían lo mismo: la reja formándose según (de un lado) un deseo, y un oficio (del otro); un hombre y una mujer distantes —por muchas razones— en los mismos doce metros cuadrados; la luz cenital y los ruidos del Cerro colándose en la pieza, la —¿más bien enorme?— Calzada de Jesús del Monte.
Las diferencias explican el que una vez, tras haberle cambiado una llanta al sedán de la señora, prevalecieran respetos sobre deseos: la señora apoya las manos sobre la espalda de Guzmán, inclinada, y en lo mal puesto de un broche el herrero vislumbra delicias de Cantar de los cantares, pezones de rosa, senos que lo tientan; pero se vuelve y sigue trabajando, que algunas veneraciones distancian lo accesible. Y la soledad distancia desmesuras: la madre de Roseta se incorpora, se arregla el escote, recurre al abanico.
También las diferencias explican el que Guzmán, que no durmió bien esa noche, no haya resuelto (por ejemplo) desvelos así:
Posiblemente estar muerto;
Haber querido ser recto.
Por siempre ser en el coche
Aquel que escinde la noche.
Haber respetado un broche
Que ofreció dulce concierto.
Guzmán simplemente se esmera en su labor, hacedor de fierro fino; monta y desmonta las volutas pidiéndole a la Virgen lo que él dejó pasar, cumple, en oficio de herrero viejo, los deseos de la señora. Como los paneles de la reja, otros deseos se forjan y se deshacen, también, en ligazón de querencias y acatares: la madre de Roseta sabe cuándo Guzmán la mira —y se deja mirar—: beyond, beyond, beyond the blue horizon.
También Roseta —Roseta, que va ya para los treinta— deja pasar cosas, oportunidades, vidas: todos los días la reja se cierra tras ella, Roseta pasa los cerrojos y deja fuera al gran amor, que no aparece, al hombre de su vida, que tampoco, a las verdades y respuestas que prefiere buscar dentro, desde su minarete. Calladas querencias que, de ser dichas fuera del Gran Amor, del hombre que no sea ése, a ras del suelo, más allá de la reja, teme Roseta que serían polvo, arena, música que se torna ruido. De cierto modo, Guzmán pide algo parecido a la Virgen: que su secreta gloria no devenga —de un plumazo de desprecio— ridículo triste.
Las cosas son lo que son, sin arreglo —siente Roseta—: la reja es una reja es una reja. Maese Guzmán, que más que filosofemas vive oraciones (y buen oficio), meramente implora, y su oración se construye con las formas de la reja, panel tras panel.
Como aquella historia del juglar de Nuestra Señora, que ejerció devotamente ante María las habilidades de acróbata y de saltimbanqui, hasta que la Virgen, conmovida, descendió en imagen para enjugarle el sudor de la frente. Los hombres olvidan — intuye Guzmán, en hacienda de entramados— que la eficacia de la oración no está casada a su forma, sino más bien a su fondo o tal vez a las circunstancias, como la vida piadosa.
Bien distintos, entonces, de Guzmán, las glorias de Roseta: mañana odiará la mañana, pero esta noche se escapa de su afasia y de su exilio, en callada fiesta hasta el amanecer; la otra —la otra noche— se dejó ir con otro —otro hombre— en locuacidades de alcoba, sólo por sentir que de algo se libraba; y siempre se despierta Roseta odiando la luz, el mediodía, cansada. En vez del sepia de postalitas, más bien parece Roseta a la noche una pin-up girl de Vargas, medias con ligueros y tetas reventándole el corset; a la mañana, la misma imagen de revista, pero manoseada por todo un batallón en Normandía. Cuando al fin consigue despertarse, tras café y cognac, Roseta sabe que otra vez está viviendo posposiciones, que su hombre no es el de anoche, que no conoce su gran amor y que nadie entiende sus palabras —polvo, arena, música vuelta ruido—. Alma jeroglífica de Roseta que, mientras no muestre su otra cara, nadie va a leer: como la piedra Roseta, dice lo mismo en varias lenguas, pero cubiertas por sí mismas, las caras descifrables van ocultas. De sí, Roseta muestra lo que nadie entiende. Ella lo sabe, mas no sabe remediarlo, y siguen yendo y viniendo, en chirrido de goznes, sombras tras la reja.
Demasiado lejos busca Roseta, ya lo dijo Guzmán:
—Algo de angelito tiene la mirada de su niña, señora.
El día que instalaron la reja, Roseta niña interrumpió su sesión de piano —tocaba algo de Haendel, pero cómo recordar qué— y se sentó, en el quicio del portal, a ver dar mandarria y barreno, empotrar las hojas, cerrar el jardín. Faltaba maese Guzmán ese día, y mamá estaba extraña: Roseta, sin darse cuenta, se durmió con sus rosas sobre el regazo, sin importarle martillazos.
Guzmán, en plenitud casi de éxtasis, daba gracias a la Virgen en la iglesia de Regla. Guzmán, cumplido caballero, Guzmán en acción de gracias, y la Virgen —así podemos imaginarlo— enjugándole la frente: Guzmán vive todavía (como si esos momentos se le eternizaran) las últimas horas en su cuartón del Cerro, y la señora en sus brazos; Guzmán se felicita por la palabra justa.
Que encontró en minutos de última sesión, cumplida en acabamiento de la verja; en halagos se deshacía la señora, satisfecha, y encontró Guzmán requiebros; en latidos se le fue el abanico a la señora, y luego al piso, mientras Guzmán le buscaba el cuello y le deshacía la cofia y, tras el abanico, luego ellos: tan larga como su viudez sintió la hora la madre de Roseta, tanto cuanto se iban, ella y el Cerro, en atardeceres y éxtasis.
La reja descansaba sobre cuatro burros de herrería, a medio camino —sintió la señora— entre el piso y el cielo. Y gracias, Virgen Santísima, Guzmán viendo los fierros acabados, la promesa de Cantar de los cantares hecha carne, piernas, cuerpo. Ahora da gracias, arrodillado en la iglesia; más atrás está la bahía y luego la ciudad y más allá el mundo, en todas partes pasan cosas al mismo tiempo pero Guzmán es sólo ese momento, colgado en la mirada de la Virgen.
Mística y placer, Cuba profunda, o tal vez, con cierta dejadez patriótica, oración y recholata, a Dios gracias: Roseta espera y desespera su Gran Amor, aeterna res, pasándola con hombres que le duran una noche. La reja se abre y se cierra, chirrido tras chirrido, y sólo ella permanece, prisión de sí misma, en puro estilo liberty.
La reja empezó a estar en casa de Roseta —que era entonces la casa de la madre de Roseta— a partir de aquel día: Guzmán cumplía promesas en Regla, la señora, más alto que nunca, tarareaba (beyond, beyond, beyond the blue horizon) y, cuestión de buena familia, un periodista tomaba nota. A esa nos referíamos, otra de las glorias de Guzmán, papel impreso en la página de sociales:
«Como grata noticia, nos llega la de que ayer fue develada, en sencillísima ceremonia que dispendio la señora viuda de Sánchez-Cadals, el portón de su residencia en las alturas del Vedado (…). Varias señoras, de lo más granado de sus amistades y por ende, de la sociedad habanera, asistieron alborozadas al cocktailparty, tras el cual, en breve exordio, la señora Sánchez-Cadals agradeció los buenos oficios y maestría artística del artífice herrero que llevó a cabo la confección de la reja, maese Pedro Guzmán, y dijo cumplir la voluntad del que fue su cónyuge al disponer la realización de la obra en el más puro estilo liberty (art-nouveau). Los últimos años de su vida, el señor Sánchez-Cadals había fungido como importador para nuestro país de la renombrada casa Tiffany. Concluyó la ceremonia la preciosa niña de la anfitriona, quien interpretó al piano, con prometedora gracia y encanto, fragmentos de una sinfonía de Haendel, para regocijo de los asistentes.»
Los compañeros de Guzmán leen el periódico y lo felicitan, congratulaciones en las que, tal vez, se filtre un poco la envidia, pero ahí está Guzmán, en su gloria. Y entre los mármoles de Colón, pasea Roseta, un domingo al mes, ignorando —cosa extraña— todo eso. Pero sabiendo otras cosas: Roseta deja las flores en la tumba de mamá, y se pierde entre los panteones y los laureles buscando una suerte de paz — paz en paz, no paz pulsada—. No es el silencio de Colón, ni la reverente cercanía de los muertos, ni siquiera el que, en un camposanto, todos parezcan a todos ocupados: no. Es la ausencia de la reja, que cerca al mundo en dos mitades, pero que no alcanza a Colón. Tal vez porque el cementerio también está enrejado —y son ya los fueros de otra reja—. Tal vez porque Roseta, sin darse cuenta, ha establecido ahí sus propios fueros. O porque sí, porque es así: la reja es una reja es una reja, pero ahí el mundo —al menos para Roseta— es otro. U otra la reja. Cuando Roseta, de regreso, cruza el pórtico, siente de un modo pesado que va al encuentro de la suya, de la reja de Guzmán, Petrus faciebat. Camina hacia la entrada sabiéndolo: qué se le va a hacer, entonces.
La señora no fue más donde Guzmán; qué se le va a hacer, debe haber sentido, pero de manera horra y profunda, Guzmán cuando ella le pidió que no la buscase: qué se le va a hacer, duele Guzmán, caballero de su dama. Y hace con más desgano que esmero unos cuantos encargos de otras casas —de las que, por supuesto, no viene nadie a corregirle primores en el hierro—. Se mira a sí mismo: solo, en el Cerro inmenso, aguardiente y martillazo. Se desgasta, tratando de repetir una reja como aquélla, pero sabe que la única fue ésa: los mismos florones, en otras, son ramplonería retórica; la misma ligazón de ramas de fierro, más oropel que engarce, amasijo sin gracia.
Mas… ¿cómo imaginar la muerte del herrero?
«Camina en las riberas del incondicionado y el súbito, el ansioso. En su gravedad pierde el peso, se mueve con los pies de Eco, aguijonada por los tábanos; entrevé visiones momentáneas, de limbo y de infiernillo. Maese Guzmán seguía la faroleda de Paula, guiado por la sierpe lucífuga, con reminiscencias, su paso, de la frase última de Goethe, mehr Licht, y las cortesanías contrapunteadas de la sentencia famosa de Tertuliano, es posible porque es imposible. En esos acrecentamientos de conjura, no esperada una figura es una flecha, fulge el súbito, disfrazado de hilo saturniano y grito virotista. Los herreruelos de coyundas gremiales lo interpelan, primer fulgor de lo incondicionado, la casualidad del encuentro en la Alameda de Paula, lejos de la zona del trabajo y la camaradería de labores. Toman Arrechavala a pico de botella, uno le pregunta, como para ir abonando pendencias, si puede descender de sus copetes de auto y linajes rancios, para sumarse a las libaciones callejeras. Guzmán ignora el agredido, un trago nunca se rechaza, más en noche de diciembre, quiere aliviar de imantaciones nefastas el trato y sonríe, en medida cortesía. Pasa la ronda de la botella y los herreruelos, en las sombras de su embeodura, quieren ahondar camorras, preguntan por la rubia de la reja, Guzmán presiente que la noche se pierde en irisaciones de muerte. Quiere volver sobre sus pasos, para que no se sobresalten lindes, pero uno de los imberbes suelta la grosería cenagosa, como una espátula que le raspa las heridas: ¿la puta del carro se te fue con otro, Guzmancillo?, ello convoca las Parcas de la cólera, la cuchillería y la bronca. La maldición cainita se rompe en botellazos, alguien se aparece con un cuchillo de matarife y Guzmán despacha al insolente con el barquero de la Estigia, pero su ángel lo abandona, otro de los peleadores le raja el cuello con una navaja, la sierpe lucífuga de las farolas de Paula se le pierde en espiraloides, más luz, más luz, y se remonta en el río de la muerte. Su destino estaba cumplido, cuando lo vi supe que estaba buscando las aguas del Leteo, le dice un bachiller a la gendarmería que se arremolina, inquiriendo el sucedido. Cumplida, la causalidad se ha replegado, dejando sitio a lo incondicionado, al fulgor y a las voracidades saturninas.»
Más o menos así —cuestión de estilo— debió morirse Guzmán, sin penas ni glorias: las glorias fueron sólo las suyas. Lo velaron en la capilla de Regla, cerca de la Virgen que le concedió su milagro personal; como aquel santo juglar de Notre-Dame, que en soledad vivió la oración y solo el milagro, y su gloria.
Que qué se le va a hacer, en fin.
Y más o menos en lo mismo, Roseta: su última adquisición fue un catalejo inglés, desecho de la guerra de Corea. Le acerca las sombras, Roseta identifica personas que pasan, le conoce los horarios a dos o tres, sabe a qué hora se acuesta el matrimonio de enfrente. No conoce a ninguno por su nombre, pero le gusta burlar la reja: desde su minarete, a veces distingue personas en el cementerio, una mujer, un entierro, el capellán. De noche, la reja le compite visiones —y sólo distingue Roseta siluetas en una ventana con luz, focos distorsionados (como las últimas luces de Guzmán) en algún local de concurrencias—. Roseta se defiende de la reja, y se tiende, desnuda y a obscuras, en el piso de su torre, persiguiendo sombras chinescas con su catalejo mientras algún amante la posee; la imagen se le mueve, se le multiplica, se estremece con ella, y Roseta se pierde en esas sombras que no alcanza a vislumbrar, sin cara y sin nombres.
Prisión de sí misma, la reja está ahí, su existencia es ocurrencia y acto y proceso: siempre, entre sístoles y diástoles, se le va el catalejo o la vista a Roseta, y ahí están, como moviéndose, las volutas de fierro en espiraloides vegetales, la balaustrada de lirios y acantos, como si fueran —siente Roseta— los márgenes miniados de ella misma. Páginas de un breviario jeroglífico, confundiéndose, en tupida mescolanza, los signos que nadie entiende y las viñetas que los orlan.
La oración, también, de Roseta —el gran amor, el hombre de su vida, las verdades y respuestas perdurables— se confunde con sus orladuras; dónde termina el jeroglífico y empieza el oropel, ya no lo alcanza, los ojos pierden ese horizonte azul.
Un día, el jardín de Roseta se llena de gente, de curiosos; la reja está abierta y sigue, por primera vez, abierta en mucho tiempo: cuánto le hubiera gustado a Roseta, de par en par, un rato largo.
Pero ¿qué tal si tanta historia jeroglífica es falsa, si los actos de Roseta no se entienden por lo que todos esos signos vagos muestran, si hay, en la reja y en Roseta, sólo viñeta, ornamento, barrocas naderías? Tal vez todo mienta, desdibuje, distorsione, pero una reja es una reja, sin duda, y la oración, ya en sus balbuceos, cosa recabando cumplimientos, no más.
—Algo de angelito tiene la mirada de su niña, señora.
Diciendo lo que no sabe, como Casandra, Guzmán: ahora Roseta está muerta, a unos hombres que no conoce les cabe determinar si fue asesinato, o suicidio, lo que la lanzó del minarete, en vuelo de segundos, sobre el jardín. Entre dos, echan el cuerpo a un lado; uno —después que los reporteros han hecho su trabajo— le tira una sábana encima. Otro aguanta una hoja de la verja, para que la saquen en camilla, y le acomoda una pierna, que se sale de la tela. Las cosas son lo que son, sin arreglo; dos o tres periódicos, en crónica roja, publicarán la foto de un cadáver en un césped, y todo lo que hay de cierto estará ahí. Tal vez —concedámoslo— falte en la foto la reja.