Cuento

La verticalidad de las cosas

Esta criatura de cabellos largos es bastante cargante. Por todas partes la encuentro y a todas partes me sigue. Es algo que detesto, pues estoy acostumbrado a la soledad.
Ronaldo Menéndez25 min27 feb 2026

Esta criatura de cabellos largos es bastante cargante. Por todas partes la encuentro y a todas partes me sigue. Es algo que detesto, pues estoy acostumbrado a la soledad. ¡Podría quedarse junto a los otros animales! El cielo está encapotado, sopla viento del este. Creo que «vamos» a tener lluvia. He dicho «vamos». ¿Por qué hablo en plural? Ah sí, lo be aprendido de la criatura de cabellos largos.

Mark Twain, El diario de Adán

Y si soy un hecho experimental, ¿soy el todo de este hecho?, ¿seré el todo? No; creo que no. Lo que me rodea forma parte del mismo hecho. Yo soy la parte principal del todo; no hay duda. Pero lo demás tiene también cierta significación.

¿Mi supervivencia está asegurada? ¿Deberé vivir atenta y cuidar de ella? Esto último es acaso lo más acertado.

Mark Twain, El diario de Eva

Cuando Yeni me dijo que iba a suicidarse pensé más que nunca que pertenecía a esa raza inconfundible: los bárbaros.

Tenía dieciocho años (todos alguna vez tuvimos dieciocho años, ella aún los conserva aunque repentinamente encallecidos por la violencia del devenir). Sus ojos demostraban, ajenos a todo escrúpulo, las nobles impertinencias de esa edad; pero sobre todo mucha ignorancia, tanta como cabía en su cuerpo taponeado en 1.30 de estatura. Esa ignorancia que a veces se confunde con ingenuidad y que ostentan con equívoca convicción los habitantes de la sierra.

Los orientales. Los bárbaros, de los que Yeni formaba parte genealógicamente, nacen con una ingenuidad diferente a la del resto de los mortales, pues en lugar de aligerarse de ésta durante el empedrado transcurrir de los años e irse convirtiendo en sinvergüenzas aptos para la vida, permanecen bajo el lastre de la ingenuidad y para disimularlo muchos suelen esconderse tras una máscara de falsa suspicacia, de modo que terminan convertidos en sinvergüenzas no aptos para la vida. Llegan a creerse hombres (y mujeres, Yeni es el caso) con un talento de incuestionable valor, al que llamarían sagacidad si el vocabulario se lo permitiera, pero que se limitan vagamente a identificar con una sonrisa que ellos consideran el colmo de la picardía, de la felinidad. No se imaginan que el resto del mundo pueda entenderlo de otra manera.

Eso fue lo que más me llamó la atención aquella tarde en que tuvo lugar, en un patio tan sombrío como el de cualquier Escuela Superior (tan sombrío como el patio de los epicúreos, por poner un caso), nuestro primer tropiezo. Yo me detuve a mitad del trillo que compromete los albergues hacia la parte docente, viendo ese vestido a cuadros entallado en 1.30 de estatura que se me venía encima tranquilamente, pasito a paso, con distraída lasitud, y no pude hacer otra cosa que permanecer como un arbusto imprevisto en medio del camino.

Entonces tropezamos. No hay que buscar razones cuando se trata de la efímera irrupción de realidad que nace de una coincidencia, y menos aún si es una nimia coincidencia. Tal vez actué así para sentirme superior a 1.30 de estatura, o tentado por el aire remoto de aquel fémino, o tal vez todo esto, pero además buscando un acercamiento que terminara en intercambio de fluidos. (Todos los varones que se internan en aquella epicúrea selva buscan el intercambio de fluidos con las becarias provincianas.) Yeni me miró tendiendo contra mí un cosmos de picardía, pero que me pareció más bien la sonrisa con que un alfarero había resuelto malograr a última hora su muñeca de porcelana.

Terminamos en la cama. En su cama. En la cama de su albergue. La abrupta simplicidad de mi conquista tiene sus causas: el trópico, la ingravidez de una isla sobre sus aguas, la ligereza innata de sus habitantes, sobre todo tratándose de Yeni, por cuyas venas corre sangre bárbara, es decir, del oriente de la isla. Por supuesto, antes tuvimos que reírnos del tropiezo, cartografiarnos con sendas miradas, presentarnos a través de nuestros nombres. Ella se llamaba Yenisleidis, pero todo el mundo le decía Yeni, no para abreviar sino por cariño. Yo podía ser cualquiera, y por el momento preferí ser Alejandro Macro. Qué nombre más raro, me dijo, había un conquistador que se llamaba así, ¿no? Más o menos, le dije, pero puedes llamarme Ale como hacen todas mis conquistadas. Su primera carcajada dejó dos datos fundamentales: que había entendido la última palabra de mi chiste casi libidinoso porque siempre estaba pensando en eso, y lo otro era que quizá le agradaban mis intenciones.

Es simple: la clave de mi éxito con Yeni es que las becarias provincianas se aburren.

Nos soportamos durante un preludio reglamentario agradándonos recíprocamente hasta que no fue posible sostener la conversación sin tocarnos. Primero con los labios, como al descuido, luego como si tuviéramos sed (su saliva conservaba el sabor de alguna hierba), luego con las manos. Pude pensar que sus pechos se me abrieron de pronto como ramos de Jacinto. Que sus piernas conservaban la fuerza de lo elemental. Pero antes de darnos cuenta ya había transcurrido un tiempo imposible de medir en los relojes y un horizonte de perros ladraba muy lejos del albergue.

No sé quién dijo primero vamos al albergue. Debió haber sido ella (yo tocaba su cuerpo en silencio) que hablaba mientras se dejaba amasar. Todo el tiempo decía cosas ridículas, como si le fuera imprescindible hacerme saber con palabras las reacciones de su carne. Así que fuimos al albergue, distribuido por cubículos y en cada uno había dos literas. La oscuridad en el pasillo y en las habitaciones ocultaba el sueño aburrido de las becarias, aunque no de todas, a juzgar por la inconfundible naturaleza de ciertos suspiros.

En los albergues hay que hacer el amor en silencio, me había dicho Yeni mientras subíamos, no sé si como advertencia o para demostrar la solidez de su currículum en esta materia.

Ni nardos ni caracolas tienen el cutis tan fino, pude haber pensado. Y eso que Yeni pertenecía al oriente de la isla, donde la sinceridad ortogonal del sol y la irresponsable costumbre de no aplicarse cremas (pues no las hay) garantizan cierta condición apergaminada de la piel. Imagino que Yeni tenía algo de mulata, aunque no se notara a simple vista. Para percibirlo se necesitaba una mirada activa, es decir, cerrar los ojos, desnudarse y hacer contacto con su carne. Con la brutalidad de las maniobras de su carne. En honor a la verdad, no puedo afirmar que aquella noche troté el mejor de los caminos, ni siquiera que mi potra era de nácar (pues ya se sabe que tenía algo de mulata), ni siquiera que se trató de algo extraordinario. Peculiar. Ésa es la palabra exacta.

Llegamos a su cubículo donde un interruptor quebró la penumbra con una luz que parecía gastada como una ropa vieja. Ella enseguida tiró su ropa que no era más que aquel vestido a cuadros, pues mi vista cayó al instante en la mancha de su sexo sin ropa interior. Nunca hubiera imaginado este atrevimiento. Sacarse la ropa de un solo golpe contra la luz de mi vista, casi fríamente. Andar por las calles con un vestido que la mantenía descubierta. Fue necesario apagar la luz para que las otras internas no saltaran del sueño aburrido a la fruición gratuita de un sex show.

Aunque de show hubo muy poco: Yeni ardía sobre la cama, pero sólo eso. Yo estaba acostumbrado al sexo sofisticado de las muchachas de una Escuela Superior, filósofas del amor libre, barrocas en el preludio, cubistas durante el recorrido, y en el clímax era puro expresionismo abstracto. Lo de Yeni tenía más que ver con el realismo limpio. Apenas nos acariciamos levemente en vertical, ella cayó sobre la cama como si se tratara más bien de un examen clínico, hecha un temblor de carne, y se hizo penetrar. Esto era peculiar, pero más aún lo eran sus sonidos en cada orgasmo que alcanzaba con asombrosa rapidez, algo entre el gemido y la palabra. Es decir: como hablaba todo el tiempo durante el recorrido, cuando alcanzaba el orgasmo las palabras se torcían en espasmos y suspiros sin abandonar del todo su naturaleza significante. La luz del entendimiento me hace ser muy comedido, de modo que no repetiré las cosas que ella me dijo, baste con saberse que todo el tiempo anunciaba lo que íbamos haciendo y lo que ella sentía, lo cual era bastante minimalista, pero también es justo reconocer que, superado mi primer asombro, la cosa comenzó a interesarme, prestaba atención y hasta me sorprendí bárbaramente estimulado. Cuando amaneció, olíamos a falta de sueño, a sudor y a semen. Me pregunto a qué hora de la noche llegó su compañera de cuarto, que se arropó alevosamente a dos metros de nosotros como una comadreja.

Con Yeni tenía mucho que hacer por las noches y poco de qué hablar, pero para dos seres que se entregan al concubinato es inevitable ir pasando a un conocimiento recíproco con la chismosa acumulación de los días. Así me fui enterando de su pasado: vivía en oriente, por supuesto. Toda su familia era de allá, de la sierra donde se escondió el pacífico ejército rebelde, del fin del mundo, de la punta de la cabeza del cocodrilo. Pero ahora sólo quedaban su madre y su padre, porque ya ella había dado el salto más grande de su vida, pues la luz del saber llega a los más opacos ángulos de la ingrávida isla, hasta a esa aldea agroalfarera donde las muchachas se llaman Yenisleidis, Isnaildis, Leyanis, y donde se dan también todas las oportunidades, por supuesto que se dan todas las oportunidades, ya que el pacífico ejército rebelde tuvo por allá sus comandancias, sus quilombos, sus cuarteles generales en la manigua, y luego fue avanzando de oriente a occidente, todos se marchan de oriente y llegan a occidente, donde está la capital, la acrópolis, y una vez establecido el nuevo poder en la capital, por todos y para el bien de todos, también la sierra se ve encandilada por la luz del saber, las oportunidades para los descendientes de esos veteranos de cuyos cerdos y vacas se alimentó el ejército rebelde, y por eso fue que Yenisleidis, Isnaildis, Leyanis, hicieron sus exámenes de ingreso para la Escuela Superior, cualquier Escuela Superior con tal de alcanzar el centro, con su ágora ciudadana, sus sofistas, sus perdularios y traficantes de baja estofa.

De modo que Yeni aprueba el examen, un triunfo para toda la familia que con el tiempo ya se ha ido estableciendo en la acrópolis, voy a estudiar para la capital, luego ayudo a mis padres a mudarse para allá así que tal vez la aldea quede desierta como esos templos sin dioses, viva Yeni, el cerebro y la esperanza de la familia. Porque todo oriental nace con una idea fija: mudarse a la acrópolis, aunque sea bajo un puente, en una buhardilla, dentro del acueducto. Pero tienes que cuidarte porque allá la gente es muy viva, muy mañosa, y entonces es cuando brilla esa sonrisa pícara en el rostro de los orientales, el colmo de la felinidad, los bárbaros triunfadores que se naturalizan en la Roma imperial, en Cartago, en Lima, en el Distrito Federal, en cualquier acrópolis superpoblada, que soportan dentro del cuerpo cantidades navegables de aguardiente, que traen sus dioses díscolos y todas sus costumbres, como la de cocer los alimentos en hogueras utilizando los muebles estilo Chippendale para combustible, o esa otra de andar semidesnudos en las recepciones eclesiásticas haciendo temblar los monóculos de recatadas solteronas.

Yeni era parte de ellos, de los bárbaros, de la alteridad selvática que se nos venía encima.

Todo esto es predecible: la invasión de oriente a occidente, el General mulato que tuvo la suerte de ser enterrado en la capital señalando el camino a los gendarmes orientales que han ido llegando, temibles y malhabladores del acento citadino. Demasiado predecible, de modo que más vulneraba mi curiosidad el pretérito sexual de Yeni. Entre uno y otro escarceo, y como venía al caso, fui enterándome de que mi concubina había llegado virgen a la acrópolis, inmaculada como un pájaro de vidrio y desesperada por dejar de serlo. En lugar de ir a ofrecer su jugo primigenio al templo de Ishtar, y ante la vergonzosa perspectiva de ser una excepción entre las filósofas del amor libre que pululan en una Escuela Superior, decidió sacrificarse al primer peregrino que le echó el ojo. Anduvo algunos meses fornicando democráticamente con dos o tres, aprendiendo a cuidarse a base de instinto, empirismo, referencias de sus compañeras de albergue, y sobre todo mucha suerte que es lo fundamental en estos menesteres. En algún momento tuvo la convicción de que si la Virgen había sin pecado concebido, ella podría pecar sin concebir, es decir, se percató de la excepcional circunstancia de que no quedaba grávida aunque prescindiera de los anticonceptivos. Ya tendré tiempo, me dijo, cuando se me antoje salir preñada, de hacerme un tratamiento.

Llegábamos al albergue todas las noches hartos de las clases y de devorar comida barata en los alrededores, todavía con un excedente de hambre que debía ser postergado para el día siguiente, pero al final nada de esto nos importaba, sólo nos urgía lo otro, sobre las sábanas amarillas (las sábanas de una becaria nunca son blancas), siempre de la misma manera: ella se quitaba de golpe su vestido a cuadros u otros dos que tenía, ofreciendo su abrupta desnudez (de alguna manera supe que sólo contaba con dos calzones para ocasiones precisas, de ahí su atrevimiento), apenas me dejaba divagar sobre su carne me empujaba a caer machihembrados sobre el angosto rectángulo. Luego venían sus monosílabos, sus frases de lugares comunes con voz pringosa, a veces alguna pregunta de cuya respuesta parecía depender la intensidad del instante próximo. Las ligeras variaciones nos las inducía su compañera de cuarto, inveterada activista del amor libre que casi nunca regresaba al albergue, pero cuando nos cogía la delantera la encontrábamos arropada en la cama con apenas un breve calzón, haciéndose la dormida a sólo dos metros de nosotros que íbamos directo al rectángulo a hacernos los dormidos no por mucho tiempo, pues enseguida Yeni se tragaba su silencio devolviéndolo en forma de carne abierta, y sólo durante aquellas sesiones de tácito exhibicionismo notábamos cuanto crujía nuestra litera, y sobre todo Yeni rebajaba sus soliloquios a apretados monosílabos, con tal sacrificio de su parte que a veces daba la impresión de que iba a implotar tragándose mi cuerpo. Esto era todo, aunque había más. Pero entonces yo no lo sabía. No podía tomar distancia ante aquel cuerpo macizo apretado en 1.30 de estatura que sólo hablaba cuando hacíamos el sexo (según Yeni, hacíamos el amor).

Hay tres tipos de seres de naturaleza silenciosa: los tímidos, los que gozan de un mundo interior tan vasto como inefable, los que no tienen nada que decir. Yeni pertenecía a este último grupo. Cada vez que yo intentaba extraer de nuestra relación algo más que un intercambio de fluidos, me estrellaba contra el muro de una sonrisa involuntaria pegada a una cabeza que imaginaba aquella alteración de sus músculos faciales como el colmo de la picardía. Ni siquiera lograba arrancarle un destello de inteligencia a sus ojos ámbar cuando le formulaba un chiste de alta elaboración, sino simple y demoledoramente la misma sonrisa de quien no había comprendido y se esforzaba por ocultarlo. (Nada dice más de una persona que su capacidad de reírse con exactitud.) La risa de Yeni era mecánica y evidente como la estupidez, pero ella imaginaba todo lo contrario.

En algún momento Yeni comenzó a espaciar a dos o tres veces por semana lo único que teníamos, nuestro invaluable tesoro, la piedra ontológica de nuestra relación: el intercambio de fluidos. Aquella tarde pastoril en que casi nada nos habíamos dicho bajo un álamo, ella abrió la boca para decirme, hoy no, papito (le había dado por llamarme de aquella manera tan pedestre, yo hubiera preferido ser Alejandro Macro), hoy no, que estoy cansadísima. Era justo, ella estaba cansada y pensándolo bien yo me sentía molido, licuado y luego deshidratado. Cada vez más frecuentemente ella tomaba la iniciativa de sentirse cansada y entonces yo buscaba la forma de también estarlo. Nos vemos mañana.

Cuando se abrieron aquellos paréntesis me di cuenta que mis noches solitarias eran un abismo de molicie. Me estaba volviendo adicto a nuestro rectángulo. Entonces comencé a intuir que eso era todo, pero había más. Aunque por propia voluntad no tomaba distancia ante aquel cuerpo macizo apretado en 1.30 de estatura, era un hecho que ella me imponía la distancia con su ausencia. Me dio por preguntarme cómo era posible que la estuviera necesitando si se trataba de un mínimo cuerpo, es cierto que voluptuoso, pero al fin y al cabo sólo carne. Su silencio, su risa bruta, y sólo carne monótona, abierta, rutinaria. Evidentemente, el asunto estaba en el sexo, esa aplicación a golpe de metrónomo que Yeni convertía en algo tan elemental. Era un misterio, pues Yeni me gustaba por gusto.

La tarde en que noté por primera vez que su boca sabía a tabaco tuve la certeza física de que aquello no era la simple adquisición de un vicio. Yeni había empezado a fumar unos inexplicables cigarrillos con filtro dorado, de esos que cuestan dos dólares, y que en nada sintonizaban con la pecunia de quien no contaba con más de dos calzones. En algún momento le hice notar que aquellas cajetillas representaban la cuarta parte del sueldo de un profesional, pero ella me regaló su risa empeorada por la expresión del fumador neófito, mientras me oponía sin más explicaciones que no le costaban nada. Me las regalan. Nunca supe si ya en aquel momento le daba lo mismo una cosa u otra con respecto a mí, o si se trataba de crasa imbecilidad, lo cual era lo más probable, pues aquella respuesta era como dar agua salada a un hombre sediento. Mi curiosidad aumentaba de forma estéril. No me atrevía a preguntarle nada, a exigirle nada, y cada vez me conformaba con menos: tenía el regateo de su carne una vez por semana sobre sus sábanas amarillas, a golpe de metrónomo, yo terminaba sudando de placer, derramándome por los poros sobre su piel bárbara. Entonces no me interesaba penetrar más allá de su carne, casi entendía su cansancio, justificaba sus ausencias, me inexplicaba sistemáticamente ya no sólo sus cigarrillos con filtro, sino sus nuevos calzones y su repentina parafernalia.

En algún lugar había leído que el sexo es la nostalgia del sexo. Con Yeni fui comprendiendo el sentido vivo de esta frase, pues yo le hacía el sexo con nostalgia por lo indefinible, con ubicuidad. (Para ella aún hacíamos el amor, aunque fuera una vez por semana.) Y necesariamente tenían que cambiar las cosas: me sorprendí una tarde merodeando sin escrúpulos por los alrededores del albergue. Era el último día de la semana, la última hora de la tarde, y aún no había poseído mi ración de Yeni. Además de reírme de mí mismo, con angustia, pues ya no era Alejandro Macro sino Napoleón en Waterloo, empezaba a sospechar que ni siquiera había sido en algún momento un conquistador. Tenía que violentar el devenir.

Cuando le pedí explicaciones, dime qué pasa entre nosotros, háblame claro, y cosas por el estilo, Yeni me observó con indiferencia, con desidia, y me soltó con ensayada calma que tenía otra relación. Eso me dijo: sucede que conocí a un muchacho y me empaté con él. Bueno, no es un muchacho, es un hombre y es italiano.

A partir de entonces dejé de hacerle el amor con nostalgia: empecé a hacerlo con angustia. Pero antes, según el brusco giro de los acontecimientos, tuvimos que franquear el pequeño infierno de su confesión. El arrebato vino mucho después de sus palabras, pues en aquel instante no sé cómo (desde entonces estoy convencido de que la lucidez nace de la desesperación) pude intuir en sus ojos la inminencia de aquella irreprimible sonrisa. Sería un final posible: si yo me hubiera desesperado desde el primer momento, el nerviosismo de Yeni se hubiera fugado en aquella sonrisa, entonces yo podría haberla matado a golpes. Encendí uno de los cigarros con filtro dorado y le dije, está bien, está bien. Pero cuando te canses de él, búscame. Mi actitud la desconcertó tanto que vi bocetearse el llanto en sus ojos ámbar, y creo que fue la peor de las alternativas, porque enseguida pasé a preguntarle cómo había sido. Por qué no me lo dijiste. Y ella: lo encontré paseando por el malecón, se me sentó al lado y empezó habla que te habla, a darme conversación, y era tan educado y tan inteligente, aunque casi no entendía el español y tenía que repetirle las cosas, luego me invitó a comer un sándwich y de ahí a su habitación a ver unas fotos de Italia. Y yo: y qué tal las fotos. Y ella: no sé (aquí apareció la sonrisa que era el colmo de la picardía), no vimos las fotos. Y yo otra vez: por qué no me lo dijiste. Pero resulta ser que Yeni no quería perderme (nuevamente el boceto del llanto en sus ojos ámbar), tú también me gustas. Y ahora no te importa perderme, por eso me lo contaste todo. Desconcierto, total y dramatizado desconcierto (mantiene húmedos sus ojos ámbar, como miel adulterada en agua): no, no quiero que nos separemos.

Aquí viene un corte brusco en el pequeño infierno, pues ella me dice, te deseo, ahora mismo te deseo. Y así fue como terminé haciéndole el sexo con angustia, otra vez en nuestro rectángulo, toda la noche escuchando los lugares comunes de su voz, sintiendo sus piernas elementales apretadas sobre mis riñones, sus corcoveos de hembra.

Dos días completos desaparecí con la fútil convicción de castigarla, de someterla a mi ausencia, de demostrarme que la bárbara, la oriental, era saludablemente prescindible. Me convencí de todo lo contrario al tercer día cuando decidí tragarme mi estrecho amor propio como Júpiter devoró a su hijo, y monté guardia en los alrededores del albergue. A eso de las dos de la madrugada mis ojos de búho supieron su llegada en el auto del fulano que parecía el carruaje encantado de cenicienta. Se besaron tras el parabrisas (fue necesario para ellos la melosa despedida, para mí fue necesario verlos). La angustia y la rabia se explican por sí solas ante esta escena, pero yo no contaba con el ridículo cuando decidí ocultarme al paso de Yeni, y ella se volvió tranquilamente (ya el fulano no estaba), para decirme, con un tono de voz igual a su sonrisa: ¿estás jugando a los escondidos? Solo atiné a preguntarme cómo era posible que me hubiera descubierto, y me sentí culpable.

Tuve la claridad suficiente para vislumbrar lo absurdo de aquella circunstancia: Yeni estaba mortalmente ofendida, pues yo ahora me dedicaba a espiarla, por tanto, yo era el victimario y ella sufría por su agujereada intimidad. Siguió arremetiendo con argumentos de hembra bárbara y yo comencé a percibirlo todo como en una obra de teatro, aniquilado, ausente de toda posibilidad volitiva. Si yo lo sabía todo y había aceptado las reglas del juego, por qué la espiaba (para Yeni aquello era un juego, con reglas y todo); y creo que fue esto último lo que me hizo intervenir en la farsa como un actor que había olvidado su papel, tartamudeando en medio del escenario, para no golpearla la agarré con ambas manos del cabello y la sacudí (debió ser con frenética dedicación), ella gritó que le dolía, carajo me duele, pero yo continué en esta función todo el tiempo que necesité para calmarme. No creo que la desesperación sea ciega: un hombre se encuentra desesperado y precisamente por ello es capaz de urdir un crimen con la pesantez y frialdad de un iceberg. Mientras la zarandeaba, sobre la pantalla de mi mente se desplegó una idea fija: la Sonata a Kreutzer; por absurdo que parezca pensé en el título del libro, tensé por última vez su pelo y fue suficiente para soltarla. Ella se repuso, lacrimosa, y ya no quería hablarme. Quería tenerme lejos, lejos, lejos. Déjame sola. Pero yo persistía a su lado como si esperara obtener algo, porque en el fondo más angosto de mi resentimiento esperaba obtener algo. Eso, quería eso. Estaba tan excitado que a partir de ese momento cedí y concedí hasta lo inverosímil para obtener su absolución. Y por inverosímil que resulte, al cabo de hora y media Yeni estaba bárbaramente dispuesta a arrancarse el vestido, meterse conmigo en el rectángulo y empezar a decirme al oído aquellas cosas ridículas que tanto me gustaban. (En algún momento me sentí con ventaja sobre el otro que no debía entender bien el castellano erotizado de Yeni.)

Me gusta; fue el saludo con que me abrió los ojos a la mañana siguiente. Todavía estaba desnuda porque habíamos amanecido solos en el cubículo. Enseguida, y sin que yo se lo preguntara, me hizo saber qué era lo que le gustaba: la relación de nosotros. ¿La relación de nosotros? Tampoco pude entender si era imbecilidad o sadismo, cuando me aclaró que no. Nosotros no, la relación mía con Darío. Darío Manera, así se llama el italiano. Él me quiere, está enamorado de mí y no me exige nada. Vronsky, le dije, yo pensé que se llamaba Vronsky. Ella no me entendió, y mucho menos cuando lloré con el único deseo de inspirarle lástima.

Cuando dejé el albergue como el ser más patético que había plantado su huella en aquellas regiones, tuve un discreto acceso de dominio sobre mí mismo. Nombrar las cosas. Creí que el primer paso sería el de nombrar las cosas. Así, yo era un trapo. Yeni era…, bueno, el hijo de Yeni sería un hijo de puta. Y el tal Darío Manera (tenía que llamarse Darío, no podría ser de otro modo), por ahora era un ser sin muchos atributos, sin una categoría definitiva para nuestro caso, era un turista más, que según Yeni estaba enamorado de ella y no le exigía nada. Aquello, sin dudas, pertenecía a la estirpe falaz de la carta a los Corintios. Me pregunté enseguida cómo podía entenderse eso de estar enamorado sin exigir nada. Era como navegar sobre aguas sin ancla. Y quien navega de ese modo es porque se va a ir lejos, lejos, lejos; como nacer en Génova y venir a parar a las Américas. Cuántas indias orientales andan sueltas. Cuánto fornicio viejo en el nuevo mundo. Y luego volverse a casa. El último grano de lucidez en mi reloj de arena, cayó con el nombre de Poznisev, ese personaje de Tolstói que asesina a su mujer, y luego afirmaba que la depravación empieza allí donde el trasiego sexual no implica un compromiso moral.

Vaciado mi reloj de arena comenzó otro pequeño infierno. Busqué los lugares más concurridos de la acrópolis para dejarme ver hecho una porquería humana (millones de testigos no eran suficientes para mi angustia), dejé que los ojos se me licuaran ante gentes que se me cruzaban en la acera, los miré con la afianzada esperanza de que guardaran el recuerdo de un tipo que sufría.

El verdadero infierno es que hacía todo aquello en serio, sin la más mínima capacidad de reírme de mí mismo. De alguna manera di fuego a uno de aquellos cigarros con filtro dorado que Yeni me otorgaba (sentía inexplicables deseos de hacerme daño), fumé, y luego lo apagué sobre mi muñeca izquierda, en el lugar donde suele llevarse la esfera del reloj.

¿Qué te pasó?, me dijo Yeñi al verme al cabo de unos días, en el rectángulo. Ambos teníamos cara de mala noche por distintos motivos. Ella dejó penetrar con impaciencia y comenzó a hacer cosas que no eran suyas. Primero me volteó bajo la condición de su cuerpo macizo (casi nos salimos del angosto rectángulo) y ella quedó encima, vertical, cabalgando y sobándose los pechos con aquella sonrisa tatuada en el rostro. Aquello generó en mí, a un tiempo y por primera vez, la homogénea combinación de angustia y placer, que con el tiempo degeneró en el placer de la angustia.

Transcurrieron días de torcido equilibrio que Yeni confundió con la estabilidad equilátera de un triángulo. Fue mostrándome aristas suyas que yo nunca había sospechado. Darío estaba tan enamorado de ella que no le exigía nada, era un amor superior, un amor italiano, hecho de restaurantes, cerveza enlatada, habitaciones de hotel con aire acondicionado. ¿Y tú estás enamorada de Darío? Bueno, me voy a enamorar de él, es muy inteligente y educado. Me compra cosas. Te compra cosas, y qué más. Se va a casar conmigo y me va a llevar a Italia. Por supuesto que se va a casar contigo, qué italiano no se casaría contigo. He tenido tremenda suerte. Has tenido tremenda suerte, te empataste con un extranjero. Suerte, porque lo que todas las muchachas del albergue están buscando a mí me cayó del cielo. El extranjero te cayó del cielo, es una especie de ángel italiano, como Miguel Ángel, lástima que se llame Darío. No jodas, mira, tú deberías conocerlo, porque él es galerista y tú eres pintor, a ver si te compra alguna obra y hasta te invita a Italia. Claro, en Roma seríamos una sagrada familia…, pero, dime una cosa, ¿cómo sabes que está enamorado de ti? Chico, porque me lo ha dicho, me lo dice siempre. Siempre. Pero te lo dice en italiano ¿no? Ya, no fastidies. Tienes razón, te ha caído del cielo, verticalmente: el que nace para árabe, del cielo le cae el camello. No seas así, chico, tengo que aprovechar esta oportunidad (sonrisa picara por primera vez en la conversación). Claro, no se puede despreciar un dromedario en este país que es una tierra baldía.

Plataforma de recomendación literaria y herramientas para el autor. Capturamos la esencia del texto y la llevamos a la superficie.

© 2026 WILD RED. Santiago / La Habana.