Cuento

Un poema para Alicia

Alicia, Alicia mía, hemos crecido tanto, y demasiado solos. Frank Abel Dopico Sé que te llamabas Alicia y te sentabas en el último asiento de la fila, junto a la ventana.
Karla Suárez22 min21 feb 2026

Alicia, Alicia mía, hemos crecido tanto, y demasiado solos.
Frank Abel Dopico

Sé que te llamabas Alicia y te sentabas en el último asiento de la fila, junto a la ventana. Sé que pasabas la clase mirando afuera, mientras el profesor enunciaba leyes de Kirchhoff y un montón de cosas más. Sé que mirabas de soslayo y te reías de los dibujitos en el pizarrón, para continuar observando el mundo perfecto que construía el barredor del patio allá abajo, a seis pisos de ti, apartando las hojas secas cuadro a cuadro, con un orden que se te antojaba hipnótico, mágica rutina para escapar a la voz del profesor anunciando «estudio individual» con preguntas iniciales para la próxima clase. Sé que te llamabas Alicia y nunca contestabas y el profesor te mandaba a sentar colocando un 2 junto a tu nombre para recordarlo. Todo lo sé porque el profesor era mi amigo que luego llegaba a casa hablando de ti y yo escribía tu historia mientras lo amaba a escondidas.

Lo de hacerse amigos fue cosa del tiempo. Primero él te citaba a su cátedra para hablar de tus malas notas y se empeñaba en explicar lo que no escuchabas, bajando la vista de tu rostro triste y jugueteando con el lápiz entre los dedos. —a la universidad no se viene a perder el tiempo, Alicia. Tú levantabas los ojos cansados y suspirabas moviendo la cabeza desde la puerta. Él veía tu delgada figura alejarse caminando despacio y se juraba a sí mismo que haría de ti una buena estudiante, aunque algo me decía que no eran tus notas lo que llamaba su atención, quizás tu cara triste, el desinterés por todo, no sé, algo que lo obligaba a citarte todas las semanas y preguntar al resto de los profesores y buscarte en los pasillos y el patio donde te encontró aquel día que no te presentaste en el examen.

—¿qué pasa, Alicia? Alicia aparta la vista del libro que está leyendo y tropieza con los ojos del profesor de física. —ya se enteró… —hace una mueca con los labios— nada, llegué tarde y ya no podía entrar. —no te hablo del examen, Alicia, hablo de ti, ¿qué pasa? La muchacha baja la vista y guarda el libro en la mochila diciendo que no es nada. El otro se sienta en la hierba junto a ella y repite su pregunta. —no es nada, profesor… él ya no me quiere, es eso, ya no me quiere.

Sé que mi amigo sonrió tomándote la mano para levantarte e invitarte a irse juntos, lejos de la universidad, tomar un helado por ahí, cualquier cosa, otro ambiente donde se pudiera conversar como hicieron aquel día. —usted no entiende, profesor, si él me deja yo me mato, él es mi vida, mi todo, mi dios, si él deja de quererme yo ya no quiero vivir. —a los veinte años se es muy apasionado, Alicia, pero todo va pasando, acabas de empezar tu vida, estás estudiando una carrera, ¿no quieres ser ingeniera? Alicia sonríe tristemente y mira al mar diciendo que detesta la electrónica. —pero a él le gusta mucho, ¿sabe?, siempre está inventando cosas con cables y corrientes y yo quiero ayudarlo, por eso empecé a estudiar esto, para estar más cerca de él.

Mi amigo quedó triste después de esa primera conversación y llegó a casa contándome que hacía mucho tiempo vivías con un hombre mayor que tú, al que amabas mucho, con la total entrega de la juventud, y mi amigo quiso ayudarte, quiso mudar tu rostro gris y tu desgana y su cátedra se convirtió en el sitio donde encontrarse y hablar de cualquier cosa, incluso de las leyes de Kirchhoff que tanto detestabas.

—ahora sí me muero, profesor. Alicia entra bruscamente y se sienta colocando los codos encima de la mesa y apoyando la cara entre las manos para llorar. El otro se acerca intentando abrazarla. —¿qué pasa, Alicia? —que no me quiere, me rechaza, me detesta, me trata como a un perro, yo esperé unos días como usted me dijo para ver si se sentía mal, pero continuó indiferente, vagando por la casa como un fantasma que no me quiere ver, ayer… —Alicia se incorpora secándose las lágrimas— él llegó tarde pero yo estaba despierta, lo sentí trasteando en los calderos y me levanté para calentarle la comida, dijo que lo dejara en paz, que me ocupara de lo mío, él sabía arreglárselas solo, entonces pregunté qué pasaba y tiró el plato al piso con una fuerza que me hizo salir corriendo espantada, lo sentí ir al cuarto, quitarse la ropa y acostarse… antes, cuando nos molestábamos por algo, yo llegaba a hurtadillas frente a la cama y me desnudaba, entonces empezaba a besarlo, despacito, recorriendo su cuerpo que descansaba bocabajo, mordiéndole los pelos de las piernas con mis labios y subiendo las manos para alcanzarle… —Alicia mira al profesor y éste asiente callado— y apretárselo todo, le bajaba el calzoncillo y pasaba mi lengua entre sus nalgas, yo sabía que estaba despierto y le gustaba, quería seguir y entonces yo dejaba correr mi saliva y le abría las nalgas con mi cara mientras lo apretaba allá abajo pasándole la lengua por todas partes, hasta que bruscamente él se viraba boca arriba, agarrándome por los pelos y dirigiéndome la cabeza para tragarme su sexo mientras repetía «Alicia, Alicia mía, hemos crecido tanto», y el poema nos gustaba tanto a los dos que entonces yo ya no podía parar y seguía ahí, tragándomelo despacio, absorbiéndolo hasta sentir que se venía en mi boca y yo era tan feliz, profesor, tan feliz de verlo feliz, y satisfecho conmigo, con su Alicia… —la muchacha calla unos instantes y el profesor respira— pero ayer, cuando se tiró en la cama, yo esperé un ratico y entonces fui al cuarto y cuando empecé a besarlo se levantó furioso, dio un tirón a su cuerpo y me agarró por el pelo apartándome la cara y gritando que me largara, me alejara de él, yo empecé a llorar y me empujó para afuera, gritó que yo era una enferma, una loca y un montón de cosas más que no escuché porque cerró la puerta… ya no me quiere, profesor, ¿qué voy a hacer?, ya no me quiere…

Sé que mi amigo te abrazó mientras llorabas y luego secó tus lágrimas, te acomodó el pelo y dijo que debías abandonarlo, hacer una nueva vida, buscar un muchacho de tu edad. —usted no entiende, profesor, hay cadenas que nos unen, yo estoy ligada a él por demasiadas cosas, condenada a su suerte, lo que él sea seré yo, a donde vaya iré y si no puede ser así, yo muero… Mi amigo hablaba de ti con cierto brillo en los ojos que me hacía sospechar que más que pena, más que lástima por aquella muchacha angustiada, más que un simple cariño de profesor, estaba naciendo otra cosa, más fuerte y más nociva para él y para mí, que escuchaba en silencio.

—otra vez leyendo poesía sin entrar a clases, eso no está bien, Alicia. —es que… él me leía poemas antes, ¿sabe?, nos acostábamos juntos y me abrazaba fuerte, cuando se sentía triste yo enseguida lo notaba y entonces me tendía junto a él para que me pasara la mano por el pelo mientras le leía, a veces lo veía llorar con los ojos cerrados y besaba sus párpados, él me abrazaba fuerte, muy fuerte, repitiéndome el poema y apretándome la carne, yo sentía que se iba enfureciendo muy adentro y entonces había que apagar la luz y quitarse la ropa, él se volvía una bestia, me tapaba la cara con un almohadón y empezaba a besarme y morderme todo el cuerpo, diciendo cosas pero yo no podía hablar, permanecía callada con el rostro tapado mientras él me abría las piernas y me metía los dedos con fuerza, yo movía mis caderas para él y me apretaba el pubis para sentir cómo bufaba y casi enloquecía masturbándose con la otra mano y pidiendo más, un poquito más hasta que sentía su esperma caliente corriendo sobre mí y cómo se tendía bocabajo en la cama, respirando aún agitado, entonces yo debía levantarme silenciosa y dejarlo solo, dejarlo que se quedara dormido en sus recuerdos, y me sentía tan feliz de verlo reposado que al día siguiente le preparaba el desayuno que más le gustaba.

Mi amigo escuchaba las confesiones que luego me contaba. Tú permanecías distante en el último asiento de la fila y él te veía alejarte mientras mirabas afuera con esos ojos de abandono. Yo trataba de animarlo diciendo que cada cual hace su vida según le convenga, pero él quería ayudarte, quería devolverte el brillo de tus veinte años, aunque nunca te gustara su asignatura, de la que ya apenas se hablaba en la cátedra de física.

—¿qué tienes, Alicia? —no es nada, profesor, vine a aclarar una duda para el examen. —¿pero qué tienes en la frente? Alicia se revuelve el pelo intentando sonreír, pero el profesor la toma por el brazo y le aparta los mechones para ver el morado en la frente. —no es nada… me caí… El profesor insiste y ella sacude el brazo molesta y gritando que la suelte, que él no tiene derecho sobre su cuerpo, nadie tiene derecho. Él se aparta y la muchacha se sienta bajando la cabeza.

—disculpe… usted es mi amigo… —suspira— fue un accidente, profesor, un accidente, me golpeé con la pared. —¿él tuvo algo que ver? Alicia calla haciendo un mohín con los labios, luego aparta la vista y suspira resignada. —él está muy solo, los dos estamos solos, nos tenemos el uno al otro, eso es todo… yo siento su tristeza y soy el doble de triste porque no puedo ayudarlo, por eso siempre trato de ser lo mejor para él, yo lo amo, profesor, es lo único que amo, prescindiría de todo por recuperarlo, pero él quiere alejarse… ayer cuando salía del baño, yo siempre salgo envuelta en una toalla, y en eso él abrió la puerta de la calle, nos quedamos uno frente al otro, yo bajé la vista pero supe que me miraba, entonces sentí que la puerta volvía a cerrarse porque él se había marchado, por la noche estaba estudiando en la mesa de la cocina y lo sentí llegar con una mujer, esto me desconcertó, traté de no hacer bulla y ellos ni notaron mi presencia, se metieron en el cuarto riendo, me sentí muy mal, profesor, muy mal… —Alicia aprieta los labios tragándose las ganas de llorar y continúa— sentí las risas de la mujer, habían bebido, parece, y no se percataban de la hora, yo me acerqué a la puerta sin hacer ruido, y vi cómo ella se desnudaba bailando alrededor de él que decía groserías, y se tambaleaba un poco, entonces la mujer empezó a quitarle la camisa y a lamerle el pecho, con maneras de puta, sin poesía, profesor, sin ternura le zafó el pantalón y se la agarró para metérsela en la boca, él seguía allí tambaleándose y mirando al techo hasta que bajó la vista y algún ruido tuve que hacer yo para que me descubriera y me gritara, la mujer viró la cabeza asustada y él gritó que si quería mirar me sentara en la cama, que lo viera templándose a una hembra de verdad, él estaba muy borracho, él no es así, profesor, pero la mujer se levantó molesta y empezó a vestirse y a insultarlo diciendo que se iba, yo no sabía qué hacer, me quedé allí parada con el libro de física en las manos mientras ella pasó por mi lado sin mirarme y él atrás enredado con el pantalón tratando de alcanzarla hasta que la puerta se cerró de golpe, entonces él se acercó a mí, caminando despacio, apagó la luz y empezó a hablar entre dientes, colérico y borracho, dijo que yo lo único que hacía era joderle la existencia, preguntándome qué quería, yo no podía retroceder porque estaba contra la pared aterrada viendo a su sombra acercarse y sus palabras cuestionándome qué quería, y llamándome putica, putica mía, hasta que me agarró fuerte por el pelo virándome de espaldas y me subió el pullover agarrándome aquí abajo muy fuerte y preguntando si lo que quería era eso, diciendo que yo no iba a acabar con su vida y empezó a golpearme la cabeza contra la pared apretándome hasta que me arrancó el blúmer y… —Alicia calla y se tapa la cara, el profesor se acerca pero ella levanta bruscamente la cabeza con los ojos muy abiertos— él nunca me había penetrado, profesor, nunca, siempre nos masturbábamos, pero ayer… cuando sentí sus espasmos mezclados con mi dolor, sentí sus brazos apretándome desde la espalda y lloramos los dos, nos tiramos en el piso a llorar y él pidió perdón en medio de las lágrimas y lo abracé fuerte, sin mirarlo, para que no estuviera solo y no me sentí sola, estamos encadenados, profesor, ¿usted puede entenderlo?, y la única forma de salvarnos, la única forma de apartar todo lo malo de nuestras vidas es quedándonos juntos, hasta el final juntos, profesor… —la muchacha lo mira fijamente y él la ve temblar, morderse los labios— en un momento se levantó, buscó la camisa y se fue… yo no pude terminar de estudiar, pero siento que me ama, todavía me ama y yo lo amo más.

Mi amigo fumaba nerviosamente mientras hablaba de ti, sufría por no poder hacer nada porque a cada intento suyo, tú levantabas la vista salvajemente repitiendo que lo amabas. Yo intentaba cambiar la conversación con aquello de «entre marido y mujer nadie se debe meter», pero él insistía, volvía a fumar y hablaba de hacer algo, ir a tu casa y golpear al tipo, acusarlo ante la policía, pero una mujer de veinte años es ya una mujer y nada puede hacerse. Tú seguías con las ojeras y tu rostro gris mientras él te miraba desde el pizarrón, evitando preguntarte en clases algo que sabía no responderías porque tú ya estabas en alguna parte, lejos del aula y los libros, lejos de los muchachos del grupo organizando juegos deportivos y festivales culturales. Tú ya estabas perdida, Alicia, cuando mi amigo te conoció para empezar a amarte.

—me dijiste que ibas a ir al juego del domingo, ganó tu grupo. —no pude ir, profesor, es que… el domingo fue su cumpleaños. —¿y qué tal? —bien, él no estaba en casa y yo pasé todo el día limpiando y organizando una cena, cuando llegó estaba un poco esquivo, pero yo me esmeré preparando lo que más le gusta y la pasamos bien, sin muchas palabras, pero bien, comimos juntos y hasta nos tomamos una botella de vino como en los buenos tiempos, yo le regalé un libro de poesía y otro de electrónica —sonríe— y él se sintió feliz, sólo que después cometí un error… —Alicia suspira y se rasca la cabeza— dije que tenía una sorpresa, apagué la luz y me fui al cuarto, al rato aparecí con una vela en las manos y vestida con uno de los vestidos viejos que guarda en el ropero, un vestido de su ex mujer… —se muerde los labios— ella murió, profesor, y él la amaba tanto que yo pensé que quizás su recuerdo en este día lo haría feliz, pero me equivoqué, de repente se levantó furioso, encendió la luz, golpeó la vela de mis manos haciéndola caer al piso y me arrastró tomándome por el cuello, hasta el espejo, me pegó la cara diciendo que yo era una embustera y una loca, que nunca iba a parecerme a ella y entonces me rompió el vestido lleno de ira, y me dejó en blúmers diciéndome que ni siquiera era una mujer, que tenía cuerpo de niña, y cara de niña y pensamiento de niña estúpida y que nunca, nunca más volviera a hacer eso, que nunca más me atreviera a profanar el recuerdo de la mujer que amó como no va a amar a nadie, porque nadie en el mundo va a parecerse a ella y menos yo, entonces me quedé llorando, estoy tan sola, profesor, no entiendo por qué dejó de amarme si antes no era así, antes el día de su cumpleaños era una fiesta para los dos, fue este día la primera vez que nos amamos, él bebió completa la botella de vino, nos tendimos en el piso y empezó a acariciarme, era tan tierno y recitaba mi poema, «Alicia, Alicia mía…», mientras bebía pasándome la mano por el pelo, así tan dulce que yo sentí que su soledad me pertenecía, estaba entregándomela entera para curarse de todo, sentí que me necesitaba tanto, y lo vi tan vulnerable ante mis manos que acariciaban sus labios, que entonces supe que era mío para siempre y yo suya para siempre, por eso dejé que sus manos recorrieran mi cuerpo, que amasaran mis senos y tocaran mi vientre virgen hasta llegar al centro de mis piernas, mientras me besaba, muy dulcemente, con mucho cuidado para que yo no sintiera dolor, murmurando ternura en mis oídos, ternura, ¿sabe qué cosa es eso?, yo era virgen y sus dedos conocían cómo acariciar el cuerpo de una mujer, cómo penetrar despacio haciéndome suya para siempre, rompiendo mi adolescencia y convirtiéndome en hembra que sangraba desnuda para él, abierta para él, jadeando para él, porque este cuerpo es suyo, profesor, no lo ha sido de nadie más porque no quiero, él es todo para mí, y mi cuerpo y mi alma y mi pensamiento y toda yo le pertenezco.

Yo veía que tu tristeza iba profanando el cuerpo de mi amigo, sus visitas eran sólo tú, Alicia y sus ojos mustios, sus palabras sombrías, su pasión por aquel hombre que mi amigo odiaba sin conocer. Mi amigo que se volvió taciturno y fue apagando su risa mientras tú lo calabas despacio, alejándolo de mí, haciéndote centro y necesidad y parte de su cuerpo o casi obsesión, porque él quería protegerte, tender su mano hasta ti y amarte, Alicia, mi amigo quería amarte y entonces yo pasaba mi mano por su pelo respirando resignada.

—¿dónde estabas, Alicia?, hace tres días no vienes a la universidad, te estaba esperando. —vine a despedirme, profesor, usted ha sido tan bueno conmigo, pero él tiene razón, yo no sirvo.

Alicia comienza a caminar pesadamente desde la puerta, y él la ve cojear un poco y sentarse con desgana. El pelo le cae sobre el rostro donde las ojeras resaltan encima de su palidez. —hice todo lo que pude por recuperarlo, pero nada tiene sentido, ya nada tiene sentido para mí.

—¿qué te hizo, Alicia?, ¿qué pasó? —no es él, profesor, soy yo la que no sirve para nada, ¿sabe?, siempre traté de ser todo para él, llenar sus espacios huecos, sin comprender que hay vacíos insustituibles, es que no sirvo, ¿ve?, ya nada tiene sentido.

—sí tiene sentido, sí tiene sentido, Alicia, sólo hay que volver a empezar, tú tienes todo el tiempo del mundo, y no estás sola, yo estoy contigo. Alicia levanta la vista sonriendo amargamente mientras él se agacha a sus pies tomándole una mano. —se acabó… —suspira y aparta la vista— el otro día cuando llegó a la casa dijo que tenía que irme, ya no podíamos continuar juntos, yo debía hacer mi vida lejos de él, ¿pero qué es vivir si él ya no está?, me acerqué hablando dulcemente y él me dio la espalda diciendo que su decisión era irrevocable, pero no lo escuché, lo abracé por la espalda implorando que no me dejara sola y me apartó bruscamente, dijo que estábamos enfermos y para curarnos teníamos que estar alejados, yo volví a abrazarlo llorando, sabía que iba a enfurecerse pero necesitaba abrazarlo y continué hasta que me dio un puñetazo y me tiró al piso, dijo que no quería hacerme daño pero si insistía tendría que demostrarme que éste era el fin, yo no lo podía creer, profesor, yo lo amo, y tantos años juntos… ¿qué iba a hacer lejos de él?, entonces lo agarré por los pies y empecé a besarlo jurando que haría todo lo que me pidiera, todo sin molestarme, sólo para hacerlo feliz y de repente enloqueció, dijo que él me enseñaría cuál era la felicidad que me esperaba si me quedaba, se quitó el cinto y comenzó a golpearme por todo el cuerpo, yo seguía en el piso sin decir nada, aguantando hasta que me alzó por el pelo y me arrastró como una bestia loca hasta la cama, hizo que me quitara la ropa y fue hasta el clóset, sacó unas cadenas y me ordenó acostarme boca arriba con los brazos y las piernas abiertos, yo no podía negarme, profesor, no podía, y él amarró las cadenas a mis muñecas y mis tobillos, sosteniéndome de las cuatro esquinas de la cama, entonces, sin apagar la luz se quitó la ropa delante de mí, es la primera vez que lo vi desnudo totalmente y quise cerrar los ojos, pero gritó obligándome a abrirlos y lo vi, totalmente desnudo delante de mí exigiendo que lo mirara bien, que le mirara a la cara, fue hasta la gaveta y buscó una foto de su antigua mujer, una foto donde ella sonreía y dijo que quería que nos viera, que la viera yo a ella para que acabara de convencerme que nunca iba a sustituirla y entonces se lanzó sobre mi cuerpo y empezó a besarme, pasarme la lengua por los senos mientras yo lloraba y él frotaba su sexo contra el mío, moviéndose más, llenándome el vientre de saliva, hasta que levantó su cabeza encima de mi pubis y dijo el poema, «Alicia, Alicia mía», sonriendo como un loco, yo no podía moverme y lo miraba y lo sentía lamiéndome allá abajo, y apretando mis caderas, lastimando las llagas de los cintazos hasta que se incorporó agarrándose el sexo sin dejar de mirarme y preguntando si de veras quería quedarme, llamándome «putica enferma, Alicia de porquería», que lo único que tenía para mí era eso, y eso era lo que hundía en mi vagina, moviéndose de arriba abajo, penetrando con fuerza, con mucha fuerza mientras yo lloraba viéndolo reír como un loco, hundiéndose bruscamente dentro de mí, sin ternura, profesor, diciendo palabras locas hasta que de repente me la sacó y comenzó a pasarla por mi vientre llenándome de esperma y repitiendo que si eso era lo que yo quería y no era eso, profesor, no era eso… —el profesor hace un ademán de abrir los labios pero ella coloca su mano encima sin mirarlo— estuve toda la tarde amarrada, yo estaba muerta, profesor, estoy muerta, por la noche él volvió, apagó la luz y soltó las cadenas sin dirigirme la palabra, yo logré levantarme y caminar casi a rastras hasta el baño, él se encerró en su cuarto y yo abrí la ducha, dejé que el agua corriera por mi cuerpo, limpiándome de todo… no sé cuánto estuve allí, tampoco sé a qué hora volvió a marcharse, por la mañana recogí algunas cosas y me fui… he estado dando vueltas, no sé, ya estoy muerta, profesor, no sé ni a dónde voy, pero pensé en usted, usted ha sido tan bueno conmigo y pensé que a lo mejor saldría a buscarme a la casa donde ya no vivo y por eso vine a despedirme, ahora, déjeme ir…

El profesor acaricia las muñecas marcadas de la muchacha y de repente se levanta con furia. —tú no vas a ninguna parte, te vas a quedar conmigo y a él lo voy a denunciar, Alicia, esto no se va a quedar así. Alicia se levanta despacio. —usted no puede hacer eso, profesor. —lo puedo hacer, claro que lo puedo hacer, por ti voy a hacer cualquier cosa, ¿tus padres saben esto? Ella comienza a andar dándole la espalda. —yo estoy sola, profesor, mi madre murió hace muchos años, cuando yo era una niña, y mi padre no cuenta…

El profesor se interpone entre la puerta y la muchacha, la toma de los hombros y la abraza, le besa la cabeza y siente ganas de llorar, una mezcla de dulzura y soberbia y amor por tanta soledad. —tú no estás sola, mi niña, yo estoy contigo, y esto no se va a quedar así, yo lo denuncio, te juro que lo denuncio, coño, lo mato, y aunque no quieras voy a hablar con tu padre, esto no se va a quedar inmune. —usted no puede hacer eso, profesor… —Alicia levanta el rostro, le acaricia la mejilla, y lo mira, mudando de una sonrisa tierna, mueca tragando en seco, hasta quedar en un gesto de asco— usted no puede hacer eso porque yo lo amo.

El profesor siente cómo ella suelta sus brazos y se aparta, dándole la espalda nuevamente hasta llegar a la puerta y detenerse. —si habla con mi padre, profesor, dígale que Alicia, su Alicia, lo seguirá amando a pesar de cualquier cosa. Sé que te llamabas Alicia y nunca más te sentaste en el último asiento de la fila. El profesor de física no volvió a mencionar tu nombre en clases, ni siquiera se atrevió a acompañar a los muchachos del grupo a la casa, donde tu padre les dijo que te habías mudado lejos. Sé que mi amigo estaba muerto en algún sitio de su alma y ni siquiera yo podía llegar, cuando lo veía sentarse en el piso, abrazando sus rodillas, sin hablar, así toda la noche, basta que el curso terminó y él abandonó la universidad y el pizarrón y tu asiento vacío desde donde se veía el patio llenándose de hojas secas, tan solo como nosotros, Alicia, demasiado solos.

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