Esperando a Elio
Me desperté de repente sintiendo esa horrible presión en la vejiga sobrecargada de líquido, que roza con el dolor. Luché un rato entre las ganas de orinar y las de seguir durmiendo. Al fin no lo soporté más, me levanté y me encaminé tambaleándome hacia el baño. Ya sobre la tasa observé la pelambre que tenía debajo del vientre y descubrí una cana.
En aquella época yo vivía un romance con un muchacho más joven que yo, pero hasta ese preciso instante no había tenido conciencia de mi edad y el tiempo que pasa tan de prisa y todos esos detalles tan patéticos. Corrí de vuelta a la cama y me tapé la cabeza con la almohada. Estaba verdaderamente deprimida y cuando me deprimo me da por meter la cabeza bajo la almohada o cualquier otro sitio oscuro. Tenía ganas de morir.
Creo que fue justo en ese momento, no estoy segura, que se me ocurrió la idea que lo solucionaría todo. Quise consultarla con mi hermana, pero nadie contestó al teléfono. Entonces llamé a Elio, el muchacho con el que estaba saliendo.
—Sí —dijo al noveno o décimo timbrazo—, dígame.
—Hola —respondí—, soy yo.
—¿Cómo estás, amor? —su voz me entraba por la oreja izquierda y se expandía por todo el cuerpo en ondas eléctricas.
—Tengo deseos de verte —anuncié sin preámbulos—, me muero de las ganas de verte.
—Ven para acá —pidió—, ¿puedes venir?
—Volando —grité—, tengo que contarte algo.
—Te espero —dijo y colgó.
Me vestí de prisa y fui a su casa a pie. Pude haber tomado una guagua, la distancia era considerable, pero me encontraba ansiosa y no creo que me hubiera sentido cómoda aprisionada entre cuerpos con sus respectivos olores y auras y locuras.
En general evito el contacto con los demás humanos, salvo cuando es absolutamente indispensable, como en el caso del sexo o los saludos y esas cosas. Es una especie de fobia a las personas, su proximidad me marea, me da náuseas, fatiga, algo verdaderamente espantoso.
Cuando llegué a casa de Elio, hallé una nota: «Tuve que salir urgente. Volveré dentro de unas dos horas. Te quiero». La releí varias veces intentando controlarme. Estaba furiosa.
Bajando la escalera me torcí un tobillo. El dolor me obligó a sentarme ahí mismo. Un hombre subía con un bolso de leche en la mano. Me aparté un poco para darle paso. Se detuvo frente a mí. Me estreché más contra la pared y observé mis uñas. Descubrí churre debajo de la del índice e intenté sacarlo con los dientes.
—¿Esperas a alguien? —preguntó al fin el sujeto.
Moví un hombro para no mostrarme demasiado descortés.
—Si quieres, puedes esperar en mi casa…
Lo miré. Parecía un par de años mayor que yo. «¿Tendría él canas en los pelos de la ingle?», me pregunté.
—Vivo en el tercer piso —hizo un gesto hacia arriba—. Vamos, te invito a un té.
Me levanté y bajé cojeando. El tobillo me dolía como si estuviera lleno de abejas rabiosas.
En la esquina había una especie de parque: bancos, un poco de hierba, dos o tres matas. Me senté en el banco más próximo, conté hasta sesenta, doblé un dedo, volví a contar hasta sesenta, doblé otro dedo, así hasta tener ambos puños cerrados. Habían pasado diez minutos.
«Debo comprarme un reloj», pensé.
Una vieja se acomodó a mi lado. La miré de reojo: era muy vieja y fea, con toda la cabeza canosa y las cejas y también le salían canas de las orejas. Me la imaginé desnuda y me subió una bola del estómago a la garganta.
—¡Arrrrribamaní! —gritó de repente—. ¡Rrrrricomaní! ¡Coooompraturricomaní!
Tenía en la mano cuatro o cinco cucuruchos de papel. La mano le temblaba bastante y los cucuruchos danzaban en el aire. Sentí asco y además ese olor como si jamás en su vida se hubiera bañado. Un niño se le acercó, le extendió un peso a cambio de un cucurucho, lo abrió y se metió un montón de granos en la boca. Eso era más de lo que yo podía soportar.
Me trasladé apresurada a otro banco. El tobillo estaba hinchado, a cada pisada respondía con una ola de dolor punzante.
Una pareja de perros se acoplaban sin la menor vergüenza frente a mi banco. Ella era más grande y él pasaba trabajo montándola. Los observé un tiempo largo, parecía que nunca iban a terminar. Sentí que estaba húmeda; sin darme cuenta me excité mirando a esos cochinos perros.
Saqué un cigarro, lo prendí e intenté volver a contar los segundos.
—¿Me permites? —un policía se me había acercado con un cigarro entre los dedos. Le extendí la fosforera—. ¿Vives por aquí? —preguntó con mi fosforera en la mano.
Hay que tener cuidado al hablar con los policías. Aunque sepas que estás limpio y no tienes nada que temer, debes tener cuidado.
—No —respondí delicadamente.
—¿Estás tomando sol? —tenía mi fosforera en su mano y no acababa de darle fuego a su cigarro.
—Sí —dije—, hace un buen sol.
—¿Y tú no trabajas?
Lo miré adivinando sus intenciones. Parecía amistoso, pero nunca se sabe.
—Trabajo —respondí—, trabajo en cultura, tengo horario abierto.
—¿En cultura? —se animó—. ¿Eres artista?
—Sí —dije—, algo así…
Clavé la vista en mi fosforera con angustia. Creo que lo notó, porque al fin encendió su cigarro y me la devolvió.
—Ven acá —pronunció en tono confidencial—, quiero que me aclares algo…
—Sí —lo animé con desgano—, ¿dime?
—¿Es verdad que todos los artistas están locos?
No sé si me preguntó en serio. No sabía qué responderle de manera que no se ofendiera. A lo mejor, era un policía buena gente que estaba aburrido y tenía ganas de conversar sobre la vida de los artistas. A lo mejor era un tipo soñador que se realizaba mirando telenovelas después de reprender a algunos delincuentes y mandarlos para la cárcel y se imaginaba en secreto actuando para el público. A lo mejor tenía un par de canas en los cojones.
—No sé —le dije—, todo el mundo, artistas o no, están un poco locos… ¿No crees?
—Sí —respondió pensativo y sonrió—, gracias por el fuego.
Se alejó, volviéndose un par de veces para mirarme. Le hice un adiós con la mano, sonriendo también. Los perros ya no estaban, me perdí el final del show.
Me quedé pensando en el policía, en que un policía no es justamente lo que uno se imagina; al menos no siempre. Entonces volví a ver al tipo ese, el vecino de Elio del tercer piso. Venía empujando un sillón de ruedas, lo parqueó debajo de una mata, a la sombra, y se sentó en el banco justo al lado. No me vio. Hablaba algo que yo no oía con el ser sentado en el sillón.
Se trataba de alguien con una cabeza muy grande y extremidades minúsculas. Tenía un gorro sobre la cabeza, por eso no estaba claro si era hembra o varón. De su boca semiabierta y floja colgaban hilos de baba que el vecino de Elio limpiaba de vez en vez con un pañuelo. Pero lo más impresionante eran los ojos. Muy grandes y muy azules, unos ojos verdaderamente inteligentes en ese rostro estúpido.
Yo estaba fumando ya mi tercer cigarro cuando el vecino de Elio me descubrió observándolos. Hizo un gesto de reconocimiento y no me quedó más remedio que acercarme a ellos.
—Éste es Max —me presentó al dueño del sillón de ruedas.
—Hola Max —saludé a los ojos azules que me miraban asustados.
Pestañeó y desvió la vista. El vecino de Elio pasó el pañuelo por los labios babeados de Max.
—¿Qué tienes en el pie? —señaló mi tobillo.
—Me lo torcí —respondí frotándomelo.
—A ver —se arrodilló ante mí, tomó mi pie y se lo puso encima del muslo. Luego haló muy rápido haciéndome gritar del dolor. De repente sentí que se me había aliviado bastante.
—¿Eres médico? —retiré mi pie de su muslo y lo moví para arriba, para abajo y para los lados.
—No —dijo—, pero uno aprende de todo.
—Sí —miré a Max. Me pareció que sonreía.
—¿Podrías decirme la hora? —le pedí.
—No sé —me señaló el reloj que llevaba en la muñeca—, está parado desde hace años.
No comprendo para qué la gente usa relojes parados. Max soltó una especie de gruñido y su acompañante se levantó.
—Quiere que lo pasee un rato —explicó.
—¿Puedo empujarlo un poquito? —agarré las maniguetas del trono de Max.
Asintió. Me paré y caminé guiando el sillón entre los bancos.
—Despacio —dijo el hombre—, con cuidado.
Me sentí como una mamá con el cochecito de su bebé y el padre feliz a su lado. Imaginé mis senos cargados de leche y tuve deseos de besar al vecino de Elio. Lo miré. Tenía una cara muy triste. No sé cómo no lo había notado antes, era muy lindo y triste. Sus labios parecían desear también un beso. Me detuve. Max gruñó inconforme.
—¿Te cansaste? —preguntó el vecino de Elio—. ¿Te aburriste y ya quieres irte?
—No —respondí volviendo a empujar a Max—, simplemente recordé algo. Debo llamar a una persona… ¿Hay algún teléfono público por aquí?
—Yo tengo teléfono en la casa —respondió— y lo del té sigue en pie…
El vecino de Elio era un buen tipo. Me caía bien. Le sonreí, saqué el pañuelo que traía en el bolso y le limpié la baba a Max. Sus ojos azules me miraron agradecidos.
Aquella casa no parecía ser una casa de hombre soltero. Tal vez había una mujer tras todo eso, no lo sé. No me atreví a preguntar y él no me explicó nada. Subió con Max en los brazos, me señaló el teléfono, llevó la criatura a uno de los cuartos y bajó a buscar el sillón. Lo hacía todo con una seguridad que indicaba que venía haciéndolo desde siempre. Marqué el número de mi hermana, me dio ocupado, marqué el de Elio, por si acaso, nadie contestó, conté veinte timbrazos, volví a llamar a Diana, seguía ocupado y colgué.
Me puse a mirar el cuadro que había en la pared frente a mí, mientras el vecino de Elio preparaba el té. Era un cuadro abstracto, pero se me antojaba lleno de pingas de colores. Muy bonito.
—Miró —dijo el vecino de Elio entrando con una bandeja en la que, además de té traía platicos con galletas, queso y otras chucherías.
—¿Cómo?, no lo entendí.
—Joan Miró. Un pintor español…
—¡Ah! —comprendí que se refería a la Naturaleza muerta con pingas de colores.
—Muy lindo.
—Sí —sonrió invitándome a la mesa—, ¿lograste comunicar?
—No —revolví el azúcar en la tasa.
Hizo un gesto de cuánto lo siento y se levantó.
—Disculpa, voy a ver cómo está Max —desapareció en el cuarto.
Se demoró un poco. Cuando volvió, ya yo me había comido casi todo el queso.
Puso una música extraña y se sentó a beber su té.
—Voy a volver a intentarlo —señalé el teléfono.
Asintió ensimismado.
Esta vez mi hermana contestó al primer timbrazo, parece que no se había movido de al lado del aparato.
—Hola soy yo —dije—, ¿cómo andas?
—Hola —se alegró al escucharme—, ¡qué bueno que llamaste!
—Te estaba llamando desde hace quinientos años. He tomado una decisión trascendental y necesito comentártela.
—¿Qué te pasó?
—Me voy a suicidar —anuncié feliz—, creo que estoy comenzando a envejecer y no quiero seguir viviendo.
—¿Y eso? —se sorprendió Diana—, ¿cómo se te ocurrió?
—Esta mañana —bajé la voz porque se trataba de cosas personales, aunque el vecino de Elio no parecía prestarme ninguna atención tomando su té— he descubierto una cana en mi cuerpo.
—Tienes la cabeza llena de canas —protestó ella— desde que tenías dieciocho años te la he visto llena de canas…
—No fue en la cabeza —le expliqué en susurros—, fue AHÍ.
—¡Ah! —dijo—, creo que debemos discutirlo…
—No —la corté—, no hay nada que discutir. Soy una persona sensata. Despídeme de tu padre.
Su padre era mi padre, pero como ella vivía con él, era más suyo que de nadie.
—¡Espera! —gritó—. ¿Podrías dejarme tu vestido indio? Y también el collar de acerina, ¿sí? ¡Por favor!
—Está bien, haré un sobre con las cosas para ti. ¿Crees que puedas quedarte también con Dorotea?
Dorotea era mi jicotea de tres años. Necesitaba a alguien que se ocupara de ella.
—Claro —dijo Diana—. ¿Ya pensaste en cómo lo harás?
—No —respondí turbada—. Ésa es la parte problemática del asunto. Pero ya se me ocurrirá algo…
El vecino de Elio estaba recogiendo las tasas. Me alegré de que no estuviera escuchando mi conversación, pero me daba pena extenderme por más tiempo.
—Bueno —dije—, chao.
—Chao —respondió—, te quiero.
—Yo también te quiero. Pásala bien —le deseé.
—Sí —dijo—, tú también. Suerte.
Colgué. Marqué el número de Elio. Veinte timbrazos estériles. Tenía ganas de templar con Elio antes de suicidarme. Soy un poco sentimental en esas cosas.
—¿Ya acabaste? —preguntó el vecino de Elio regresando de la cocina.
Asentí.
El cassette se había acabado, él lo viró y volvió a presionar el «play». Era una música verdaderamente extraña.
—¿Es hindú? —le pregunté.
—No, argelina.
Se sentó frente a mí, justo debajo del cuadro erótico. Saqué la caja de cigarros, le extendí uno, pero lo rechazó con un gesto.
—No fumo —confesó—, lo dejé.
—Siempre he admirado a la gente que ha logrado dejar de fumar —aspiré el humo con placer.
—Es mi sobrino. El hijo de mi hermana melliza —me miró de frente.
—¿Quién? —pregunté tontamente.
—El mes próximo cumple trece años.
—¿Max? —adiviné.
—¿No es adorable? —sonrió.
—Sí —asentí apagando el cigarro—, tiene unos ojos preciosos.
—Ven —se levantó y me tendió la mano.
Lo seguí. Entramos al cuarto donde se encontraba Max. Estaba en penumbras, pero pude distinguir una cuna en el centro, algunos muebles para bebés, juguetes, todo muy bonito y limpio. En una esquina estaba un pequeño columpio.
Nos acercamos a la cuna y lo vimos dormir. Con los ojos cerrados parecía horrible. Sentí muchos deseos de irme, no tenía nada que hacer en ese lugar, con esa gente, pero el vecino de Elio me sostenía muy fuerte de la mano. Miraba con ternura la criatura grotesca y sonreía.
Después suspiró y me guió en silencio a la sala.
—Me voy —le dije recogiendo el bolso.
—Sí —contestó—, hasta luego.
Me detuve ante la puerta ya abierta. Me daba un no sé qué irme, como si faltara algo.
Entonces él lo dijo.
—Mi hermana se suicidó hace trece años.
No supe qué decir. Miré el cuadro de las pingas a su espalda, después su cara linda y triste, me acerqué y le di un beso.
Después me fui.