Narrativa

El regreso

Caminaba, como quien cuenta cada espacio recorrido, pretendiendo reducir la distancia entre el recuerdo y la nostalgia, andaba con pasos lentos y seguros tan distintos a los de antes, a pesar de ser el mismo, y tener en los ojos esa interrogación por todo lo desconocido. Eran las mismas casas, igual gente llenando las esquinas, allí estaba además intacto el parque donde tantas veces le pareció vivir escondido del mundo, pero ahora lo veía sin un velo en los ojos, no ya como un refugio para una adolescencia inútil.
Rodolfo Martínez11 min17 feb 2026

Caminaba, como quien cuenta cada espacio recorrido, pretendiendo reducir la distancia entre el recuerdo y la nostalgia, andaba con pasos lentos y seguros tan distintos a los de antes, a pesar de ser el mismo, y tener en los ojos esa interrogación por todo lo desconocido.

Eran las mismas casas, igual gente llenando las esquinas, allí estaba además intacto el parque donde tantas veces le pareció vivir escondido del mundo, pero ahora lo veía sin un velo en los ojos, no ya como un refugio para una adolescencia inútil.

Pudo cambiarle el color a las paredes, después de todo, sólo algunas habían variado la forma. Bastaba con imaginar menos deteriorados los muros, convertir en césped la espesura de hierba en el jardín de aquella mansión, y desprender más tarde el sello que impedía la entrada a la antigua casa de su abuela Cecilia.

Tuvo el instinto de tirarle fotos, imaginando por segundos que se las mostraría en Miami; luego le pareció estúpido el haber olvidado, en un breve espacio de tiempo, que su abuela había muerto; pensó que siempre le sucedían estas cosas, y de haber sido un viejo, él mismo se burlaría de su demencia senil, pero era joven aún, y al menos para otras cosas tenía una gran memoria.

Iba mirando cada rincón de la cuadra, mientras buscaba en su mente la imagen que justificara la vanidad de poseer la facultad de indagar en forma fácil los recuerdos. Otra vez dirigió su mirada al parque, éste aún conservaba su jardín de rosas en el centro, el escenario que lo hacía semejar un anfiteatro estaba también igual, y sólo había variación, después de tantos años, en la consigna que hoy decía «RESISTIREMOS».

Una broma en su pensamiento lo hizo reírse levemente; pensó que al regresar a Miami le diría a su amigo Jaime que habían puesto aquel cartel en su memoria, ya que éste era el lugar preferido de él para ser poseído por todos sus amantes. Allí lo había descubierto, por primera vez, besándose con Alberto. Recordaba el sonrojo de aquel día de forma extraña, primero, fue la sensación de ira, al descubrir que su mejor amigo era un maricón; después esta impresión se redujo al asombro, y al final, las palabras de Jaime le provocaron risa: ¡Qué clase de civilizado eres!, le dijo éste, así de simple, como si nada hubiese sucedido, como una forma de censura por su incomprensión. Realmente le costó trabajo ver el mundo diferente; «es muy difícil llegar a ser tolerante», pensó. De niño solía lanzarle piedras a Juan Manuel, junto a sus amigos, que eran implacables con todo aquel que mostrara un signo de debilidad.

A Juan Manuel lo apodaban «tojosa», y él se vanagloriaba de haber roto un huevo sobre su cabeza para «enseñarlo a ser hombre».

Sin embargo, la llegada de Jaime a su vida lo había alejado de las piedras, lo había acercado a un mundo más infantil y lleno de fantasías internas que le provocaban más excitación que su vida anterior.

Había abandonado las cacerías de abejas, y el sacrificio de lagartijas ya no formaba parte de sus pasatiempos. Ahora eran otros los sueños, conoció el esotérico mundo de la creación. A Jaime le encantaba dibujar a personas desnudas, y quizás por estos dibujos se acrecentaba en él la necesidad prematura del erotismo. Un día fueron sorprendidos espiando a Sandra, mientras orinaba en la letrina de su derruida vivienda, la madre de ésta les prohibió volver a entrar en aquella casa, y un enorme castigo para ambos fue la consecuencia de aquel acto.

Después, cada padre pensaba que su hijo era el inocente, provocando la separación de los dos hasta la adolescencia… y en esta etapa de su vida había descubierto que su amigo era maricón, ¡vaya ironía!

Esperó la noche, procurando no hacerse evidente, se vistió con la peor ropa traída en el viaje, y aún así, no pudo evadir los reclamos de un niño, que le preguntaba si tenía chiclet o algún dólar que le regalase. Después de hacerlo, seguido por las promesas del niño de no comentarlo a ningún vecino, se aprovechó de la oscuridad para cruzar la verja que estaba en el frente de la casa, se dirigió rápidamente a través del pasillo lateral, hasta el punto de ésta, y al llegar allí, sacó una llave maestra preparada para aquella ocasión. Después de varios intentos, pudo al fin abrir la puerta. Despegó al hacerlo, el sello que la unía a la pared del portal, lo estrujó entre sus manos, y logró finalmente penetrar en la habitación.

Un ligero temor comenzó a multiplicarse en su interior, al atravesar la puerta del cuarto de su abuela Cecilia. «Después de todo», pensó para calmarse, «ella murió en Miami», pero un recuerdo ineludible, de alguien que le había dicho que los muertos regresan al lugar donde más quieren, le hizo volver a su anterior estado.

En medio de la lucha entre el miedo y su obsesión, acudió al arma de la memoria; su temor era por los muertos, y ya entonces, al volverla a ver viva, su pánico se iría agotando hasta desaparecer totalmente. Allí estaba otra vez su abuela Cecilia enseñándole las últimas fotos Polaroid recibidas de su madre. «Ella nos va a sacar de esta mierda», le decía, «y a esta ñángara de basura la vamos a dejar aquí, para que no joda más».

«Pobre abuela», pensó, «quizás mi tía Ana o, como ella la llamaba, “la ñángara” no la hubiese metido tanto tiempo en un home, como lo hizo mi madre, o en este caso en un asilo, lo que sucede es que la ausencia nos lleva a idealizar a la gente, y los defectos de un familiar cercano nos hacen canonizar a aquellos que ya no están, cuando sería más fácil comprender y tolerar a los que aún no ños han abandonado».

Al hacer alusión a su tía Ana, en la mente, dirigió sus pasos al cuarto que había sido de ella. Le pareció sentir aún el olor a tabaco que siempre salía de atrás de la puerta, allí donde estaba la estatua de San Lázaro con las muletas, y al que su tía llamaba Babalú. «Hasta en nombrar a ese santo tenían divergencias Cecilia y su tía», pensó él, «esta guerra de ambas era algo más que simples peleas generacionales, que siempre existen, era, más bien, la causa, la forma de actuar ante los hechos». «La percepción del mundo está dada por las circunstancias», meditaba él, a medida que se adentraba aún más en el pasado; «la vida nos hace ver las cosas de diferentes ángulos, y en base al modo en que nos afecte, actuamos frente a ella; para abuela Cecilia, la vida se reducía en soñar cómo salir un día de aquel lugar que odiaba, pensando siempre que la reclamaría aquella que un día nos dejó a todos, aquella que nos mandaba cartas perfumadas, para escapar de este mal olor que provocaba el sudor y el cansancio de los días; aquella que, después de todo, nunca dejó de ser mi madre», pensó, a pesar de que una noche lo había dejado a su suerte, algo que nunca le perdonó, aun cuando no se lo reprochase.

El tiempo todo lo repara, para bien o para mal, el tiempo todo lo cambia, nuestros gestos, nuestras ideas varían en cada paso por el mundo, en cada palabra que se asimila, y cada golpe que se recibe, y el tiempo, ahora, lo había puesto allí nuevamente, enfrente de aquellas paredes, ayer llenas de cuadros, y hoy, llenas de humedad, quizás provocada por el vacío. Iba volviendo a colocar cada figura, cada imagen en la pared; el cuadro de Fidel en la sala, que su tía Ana arreglaba una y otra vez, el santuario de Santa Bárbara, también de su tía, que dominaba todo un rincón del cuarto de desahogo.

También volvían los gritos, los reproches de un lado y del otro:

  • ¡No lo enseñes a ser un inútil, coño, que mucho me he jodío yo para que estudie, y tenga una carrera el día de mañana, y no sea un comemierda que se pase la vida pensando en irse de aquí, y al final no sea nada!

  • ¡Algún día Dios te va a castigar por ser tan mala y tan grosera, y te vas a quemar con todos tus brujos!

  • Por tanto, más te vale que eso no pase, porque entonces te vas a morir de hambre, porque esa que tanto te quiere desde el Norte, no te va a mantener con las foticos y sus postalitas musicales.

Después de aquello, recordaba que siempre llegaban los llantos de su abuela, los gritos de nostalgia o de agonía, que clamaban por la hija ausente, este mismo llanto lo volvió a ver en Miami, esta vez por la desolación y la angustia de sentirse culpable de la muerte de su tía Ana en la soledad de aquella casa, que nunca volvería a ver. Se acercó lentamente al espacio que ayer estuvo ocupado por el comedor, detrás de éste, en la pared lateral, también colgaba un cuadro, era la Última cena, aquel que su tía cambió más tarde por otro lleno de frutas tropicales. En aquel lugar brotaban, a veces, los pocos momentos de paz en aquella casa, un ligero instante de dicha, los espacios de tiempo que formaban la alegría, que justificara más tarde el deseo de recordar.

Volvía la imagen sonriente de Cecilia en un rincón de la mesa, un día de su cumpleaños, donde siempre había regalos forrados por su tía Ana. Todo esto llegó a idealizarlo con el tiempo en Miami, haciendo de esta forma más dolorosa la nostalgia. Su madre era menos pródiga en estos días, pensó, y para salvar el descuido del olvido, firmaba un cheque para su abuela, el mismo día del cumpleaños, o una mañana después; cheque este que él cambiaba, ya que Cecilia, tenía una especie de locomofobia, que le impedía salir tan siquiera al portal.

En aquellos momentos, podía verse a Cecilia añorar, con humedad en los ojos, otro tiempo perdido para siempre en la distancia, y ella misma se censuraba, diciendo que había pasado su vida leyendo a San Agustín, y sin embargo, llegó a cometer los mismos errores de la adolescencia de éste, antes de ser convertido, «viviendo de espaldas a la luz, y de frente a todo lo que brille».

Pensaba que en esos días, él era muy joven aún para entenderlo, pero el tiempo le había enseñado que a veces en la vida, los malos no resultan serlo tanto, y al final, los buenos terminan siendo unos grandes hijos de puta. Él también había comprendido todo aquello demasiado tarde, y nunca pudo apartar las culpas que ahora lo habían llevado nuevamente hacia aquel lugar. Podía escuchar otra vez las sentencias de su tía Ana, cuando le decía: Cuando veas a alguien tendido sobre el suelo, no lo patees, extiéndele una mano, y si temes acaso que te contamines, extiéndele entonces una vara, pero nunca lo abandones a su suerte, siempre que puedas hacer lo contrario… Él nunca le había escrito, siguiendo las enseñanzas de su madre, ni aun cuando la supo enferma y sola en un hospital de La Habana, pero ahora estaba allí para redimirse, para abrazar a su sombra, si era posible, ya sin importarle el temor a los muertos, después de todo, allí estaba su lugar, su infancia, su mundo perdido entre las piedras y el fango de la miseria, el lugar donde pertenecía, sin importarle ya vivir bajo una tiranía. Allí estaba el sitio que no podría apartar jamás de él, y detrás, estaba el lejano refugio para el olvido, y la vida que siempre le pareció ajena, a pesar de dominar el inglés casi a la perfección, y acostumbrarse a crecer, sin más raíz que la tristeza de tenerla… se quedaría allí, entre la oscuridad de la ausencia, esperando ver los fantasmas a los que pertenecía… a los que no abandonaría nunca…

Un ruido de golpes y pasos precipitados lo hicieron volver a la realidad, y un diálogo en alta voz lo hizo palidecer, esta vez de temor.

  • ¡Llama a la policía, Facundo! ¡Ha de ser un ladrón, porque no creo que sea el sobrino de Ana, que dicen que se volvió loco en el Norte!

  • ¡La puerta está rota, García! ¡Entre los dos lo podemos coger, yo tengo una pistola que de algo me va a servir, y para acá viene Manolo, el de vigilancia!

… Ahora estaría atrapado de forma absurda, «quizás sería un buen pretexto para no regresar jamás», pensó, mientras una extraña sonrisa acompañó su rostro, ya no estaría lejos del futuro predestinado que le auguraba su tía… Ahora, ya sería redimido para siempre.

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