Cosas esenciales
Para Yuslenis, para Francis
Muchas cosas son ahora un espacio negro en mi memoria. Pero había el mar, el camino oloroso y la galera, ¿de Cartago?; y aquel muchacho tan parecido a mí (mi amigo, creo), con su amante, aquella muchacha cuyos ojos hablaban de deseos y de cosas que yo no conocía entonces… ¿O era yo el amante, y el muchacho el que vibraba al recibir en su boca el mínimo seno salado de la mujer?
Pero yo pudiera también haber sido la amante. Y probablemente veníamos del occidente los tres, ¿de Roma, de la Galia, de algún confín del futuro: del reino de Castilla, de la República Socialista de Cuba?… ¿O veníamos del pasado, mis dos muchachos trigueños, de sedosos embriones de rosas entre mis labios; la muchacha que una noche de luna me enseñaba, regalaba el primer bocado de un seno hecho justamente para mis labios de adolescente, casi de muchacha, detrás de una caja de sal?
Yo venía huyendo: la muchacha y su amante, y también el otro, veníamos escapando: ¿de qué, de quién, desde dónde y hacia dónde? Yo venía, iba, regresaba huyendo, y había olor a mar, y por supuesto un mar, y un puerto desde donde zarpar, y una galera, un velero, un inmenso barco de vapor para zarpar.
Nadie puede ahora precisar las circunstancias de esta historia. Los tres huíamos, es todo lo que puede saberse. Pero el punto de partida era seguramente una aldea irrespirable, y habíamos echado la suerte a la vastedad del mar.
Yo era amigo del amante, y no deseaba SU muchacha, pero nunca había deseado a nadie como a esa muchacha. Y allá en aquella aldea detestable yo solía espiarlos cuando él se bamboleaba como un barco hecho a la mar entre sus piernas.
¿Pero acaso no era yo la muchacha? ¿Y quién espiaba a quién?… A veces yo sentía pena de verlos mirándonos, pero era tan agradable esa visión a lo lejos, casi asustado… Y entonces yo tendía a mi amante sobre la hierba y me le sentaba encima hasta llenarme, y le ofrecía a él (al muchacho), la vista de mis senos erguidos como promesas que palpitan.
(Ah, dioses, ¿no era así como palpitaban aquellas uvas en los racimos cruzados sobre el lomo de una mula que un campesino conducía al mercado desde un viñedo de la aldea?)
Yo era la muchacha, yo era el amante, yo era el amigo que soñaba con la muchacha sentándosele encima, no sobre su pubis, sino en su pecho, sobre su boca. Yo era entonces el amante que intuía los velados ofrecimientos de mi muchacha y el rubor codicioso de mi amigo.
¿Y quién de nosotros planeó la huida? ¿Quién convenció a quién de que había un motivo para huir?
Reconozco que pude haber sido yo, el amigo de los amantes. Motivos pude tener muchos. La muchacha me deseaba, y yo la deseaba a ella. Y una vez, por cierto, me mostró como al descuido un seno encantador, mientras le decía a su amante que tenían naranjas de sobra aquel año y que podían vender algunas.
Pero lo importante es que decidimos escapar de aquella aldea los tres juntos. Y un día temprano partimos. Recuerdo que fueron difíciles las marchas hasta encontrar el mar, y sentir que anulábamos a lo lejos aquella aldea ahora insospechable, que tal vez no haya sido nunca sino un recurso mío, nuestro, para nombrar al miedo, aunque ahora ya ni sé por qué la he mencionado, si no he hablado de vecinos ni de jueces, de los cuales están repletas todas las aldeas del mundo desde siempre.
Lo cierto es que un día dimos con el mar y que zarpamos alegremente, y que otro día, por fin, mi amada y el muchacho se encontraron detrás de una caja de sal, en cubierta. Yo estaba entonces en mi camarote de primera clase (?), bebiendo ¿whisky?, o conversando con el capataz de la galera, mientras este azotaba a los remeros escitas que no cesaban de refunfuñar.
Pero yo pude haber sido la muchacha. Yo era la muchacha, y a veces creo recordar a mi amado allá en el puerto ¿de Samos?, ¿de New York?, mientras nuestra nave se alelaba velozmente. Todavía puedo sentir la pena inesperada de verlo abandonado, allá, haciendo aquellos gestos y gritando… Pero ante nosotros estaba inmenso todo el mar y en mi cintura sentí de pronto la mano del muchacho. Era una mano delicada, casi de doncella.
El sol se ponía a lo lejos y había brisa y éramos libres. Y entonces ya no sentí tanta pena.
Marzo de 1997