Un arte de hacer ruinas
Para Reina María Rodríguez
«Cuando necesitas aumentar el tamaño de tu casa y no hay patio donde construir más, ni jardín que ocupar, ni siquiera balcón, cuando necesitas ampliarte y vives con la familia en un apartamento interior, lo único que te queda es elevar los ojos al cielo y descubrir que en tanta altura de techo bien cabría otro piso, una barbacoa. Descubres, en suma, la generosidad vertical de tu espacio, que permite levantar otra casa allá adentro.»
«Cuando ya has fabricado la barbacoa y vives, si así puede decirse, en cierta comodidad con la familia, si tu suegra y una sobrina de tu mujer vienen de provincias, dispuestas a pasar en tu casa una temporada tan larga como la vida misma, lo único que te queda es hacerle la visita al psiquiatra. Porque odias ya tanto a la madre de tu mujer (por no hablar de la sobrinita) que no puedes sentarte a la mesa con ella. Y también porque, apiñados como viven, te has vuelto incapaz de acostarte con tu esposa y eso te llevará al divorcio, que es lo de menos, por no decir a la locura y el suicidio.»
«El psiquiatra va a preguntarte entonces si estás dispuesto a obedecer a todo cuanto él te indique, no importa cuán taro parezca. Y tú dices que sí porque quieres curarte, porque ya te consideras enfermo. ¿Tiene manera de conseguir un chivo?, te pregunta. Un chivo vivo, aclara. Sí, respondes. Cómprelo y llévelo a su casa, es lo que te ordena. Y que vuelvas por la consulta en dos semanas.»
«Criar un chivo en una barbacoa puede ser menos raro que vivir con la suegra. Regresas al apartamento con el animal (dentro de sus casas tus vecinos crían cerdos y patos y gallinas) y lo pones a vivir en familia. Aunque vivir con él se hace imposible enseguida. Para empezar se ha merendado el forro de todos los muebles, un maletín de la suegra y una bata de casa. Caga por todas partes, huele a chivo, y de noche no deja dormir. Tú resistes un día, al segundo le pegas una buena tunda al animal, y al tercero regresas al psiquiatra mucho antes del plazo convenido.»
«Tiene que estar más loco que los locos que vienen a su consulta. ¿Qué clase de tratamiento es éste?, gritas ante sus ojos. Y resulta que el tratamiento empieza ahora, como declara él. ¿Ahora qué va a mandarme?, le preguntas con lágrimas. Saque ese chivo expiatorio de su casa, dice.»
«Obedeces de nuevo, revendes el dichoso animal (una transacción tan rápida no te permite ganar nada) y al otro día estás de nuevo en la consulta. Pues dormiste, de madrugada te despertó tu mujer, tuvieron sexo tan bueno como antes, y a la hora del desayuno, la familia completa a la mesa, te has dado cuenta del cariño con el que tu suegra te echaba más café en el café con leche. Comprendiste de pronto que la vida sin chivo puede ser maravillosa.»
Yo quería encabezar así mi tesis sobre las barbacoas. No lo había inventado ni leído, se trataba de un caso real. Me lo había contado el psiquiatra.
«¿Sabes qué quiere decir tu apellido?», me preguntó quien todavía no era el tutor de mi tesis, los dos sentados en un banco de la estación de trenes.
«Constructor», respondí.
«Le envidié siempre ese apellido a tu abuelo.»
Él llevaba gafas oscuras para esconder sus ojos de la luz.
«Vas a ser urbanista en una familia de urbanistas.»
La voz de los altoparlantes anunció que en unos minutos arribaría el tren que él esperaba.
«¿Y tu padre no puede servirte?»
Mi padre trabajaría hasta fines de año en una universidad extranjera.
«Me imagino que pensaste en mí como hubieras pensado en tu abuelo, de estar vivo.»
Yo asentí.
«Pero llevo tanto tiempo retirado de la facultad que deberías buscarte otro tutor.»
«¿Por qué una tesis sobre las barbacoas?», preguntó.
El tren hizo entrada ruidosamente.
«¿Hacia dónde está creciendo esta ciudad?», le dije por encima del estrépito.
«Hacia adentro, en barbacoas.»
Él se puso en pie para examinar a los que pasaban.
«Hacia adentro.»
Descubrió entre el montón de gente a uno, y se apuró en ayudarlo con el equipaje.
Debió presentarme como estudiante o como el nieto de su mejor amigo. En cambio, de aquel hombre no me dijo nada.
«Tengo el carro aquí cerca», le ofreció.
Salimos de la terminal y los vi subir al viejo automóvil soviético del profesor.
«Intentémoslo», dijo antes de que el motor impidiera cualquier conversación. «Ve por casa.»
En la facultad hacía años que lo daban por fallecido y parecían satisfechos ahora de que volviera a su departamento.
«Explícame de qué se trata», me pidió, dispuesto a entrar en materia.
Las ventanas de su apartamento permanecían completamente cerradas. La piel y los dorados de algunos lomos de libros brillaban a la luz artificial en pleno día, y la temperatura era la que podría encontrarse dentro de una caverna. De niño yo visitaba a mi tutor en otro apartamento, ese mismo con las ventanas abiertas.
«Una idea valiosa», consideró.
Evidentemente gozaba de aquel momento en que todavía éramos libres.
«Luego vendrá el trabajo», me advirtió. «La falta de alegría, la redacción, el acabamiento, un sistema.»
Aún en aquel encuentro la corriente podía arrastrarnos hacia cualquier sitio, nadábamos como dos borrachos. Mi tutor recordó todas las ciudades que iba a ser esta ciudad. Hubo un momento en que sentí que, de abrir una ventana, no la encontraríamos allá afuera.
A solas en el estudio, alcancé a examinar un plano antiguo colgado entre los libros. Representaba la parte más vieja de la ciudad y llevaba una fecha: 1832. Sentí, mientras leía esa fecha, que una sombra cruzaba hacia el fondo de la casa. Y pensé entonces en el hombre bajado del tren.
«Había cólera ese año», explicó mi tutor al regresar de la cocina, «y en una bodega en la esquina de Cuba y Lamparilla vendían esos planos».
Aquel plano describía el itinerario del cólera, el avance de la muerte por la ciudad.
La leche formó una nube en la taza de té. Quise preguntar si estábamos solos en el apartamento, pero no me atreví. Al despedirme reparé en el cuenco de monedas junto a la puerta. Siempre que mi abuelo me traía yo sacaba una. Habían monedas de todas partes del mundo y la que eligiera podría servirme de destino.
También mi tutor sonrió por los recuerdos.
«Por última vez», accedió.
Metí la mano en el cuenco y saqué un botón metálico con un ancla a relieve.
«De un uniforme de Marina. No vale, saca una moneda.»
Removí el contenido del cuenco y elegí una áspera.
«Vamos a ver a dónde te lleva.»
Al tacto parecía una pieza sin terminar.
«A mí me ronca arriba», llegué a leer antes de que me fuera arrebatada.
Al final del pasillo, en una de las habitaciones del apartamento, relampagueó una luz muy grande. Mi tutor escondió la moneda.
«No es más que un juguete», intentó convencerme. «No sirve de nada.»
Abrió la puerta del apartamento y se apuró en sacarme.
La sombra en el apartamento, la moneda y el fogonazo que brilló detrás de una de las puertas: todo era misterioso. Devoré los primeros libros, preparé notas y una semana más tarde, a la hora convenida, toqué el timbre de su casa.
Al centro de la puerta se abría un ojo mágico y alguien lo usó sin decidirse a abrir.
Pulsé otra vez el timbre, y quienquiera que fuera se marchó. Iba a bajar las escaleras en el mismo momento en que mi tutor llegó con una bolsa de la que sobresalía un mazo de vegetales marchitos. Pidió disculpas por su tardanza, ya no tenía con él a su criada de siempre.
Las ventanas se encontraban tan cerradas como en mi visita anterior, tras la puerta del final del pasillo no brillaba luz alguna. Y me asombré de hallar en su lugar de siempre el cuenco.
«Rincón», me dijo al entregarme un vaso de agua.
Yo no entendí.
«La bodega donde vendían planos del cólera… Bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla.»
Bajamos a buscar su auto y dentro del auto me interesé por la moneda.
«Nunca te llamó la atención que hubiera de distintas épocas», empezó a decir.
«De niño la geografía apasiona mucho más que la historia. Otros países importan más que otras épocas… Será que todavía no tenemos que empezar nuestros viajes en el tiempo.»
«Claro», acoté sin comprender qué relación habría entre esa conversación y la moneda.
«El cuenco de casa está lleno de dinero de muchas partes y de muchas épocas.»
«Sí.»
«Uno no sabe a dónde va a parar. Sales a comprar vegetales una mañana cualquiera…»
Se interrumpió frente a una señal de calle cerrada por reparaciones.
«Un momento», me pidió al bajar del auto.
Habló con alguien de la cuadrilla que trabajaba en la calle, echó una ojeada a un registro subterráneo destapado y regresó al auto.
«Sales a comprar vegetales en una mañana cualquiera, y descubres que el cólera recorre la ciudad. Saliste a mil ochocientos treinta y dos, sin tiempo para asombrarte. De momento necesitas una moneda, porque sabes que en la bodega de Rincón, en Cuba y Lamparilla, te la cambian por un plano que va a guiarte en ese laberinto.»
«¿De cuándo es la moneda que saqué?», corté sus divagaciones.
«Era un juguete, tal como te dije. Para uno de esos juegos donde compras y vendes propiedades.»
Tuvo que hacer otro desvío por obras en la calle.
«Ya no eres el niño que tu abuelo traía a casa. El tiempo, como deben haberte enseñado, es un espacio más. Ahora te toca explorarlo.»
Sentí que lo más importante me había sido escamoteado. Mi tutor detuvo el auto y resultaba increíble el silencio.
«Quiero que conozcas a alguien», dijo.
El edificio adonde entramos había sido declarado inhabitable y nadie parecía vivir en él. Era el lugar menos pensado para hacer una visita. Encontramos a dos hombres que retiraban madera de un apuntalamiento y la cargaban hacia los pisos de arriba. Mi tutor llamó a una puerta con candado. En la puerta se abrió una puerta más pequeña y una mano salida a través de ella abrió el candado.
Pasamos a una sala que podía ser trastienda de algún anticuario. Un sofá cama era la única concesión hecha a una casa. Se ofrecían bancos de parque en lugar de muebles, el espacio estaba subdividido por pedazos de rejas. Las lámparas eran enormes faroles de portales y en las paredes colgaban rótulos de calles. Hallamos a un hombre a quien mi tutor preguntó por su salud.
«El profesor D», me fue presentado.
«Ex profesor.»
Resultaba irreconocible aunque lo había visto durante mis primeros años de carrera. Ahora fumaba sin parar, daba paseos entre sus pertenencias y llamó nuestra atención hacia un vaso de cristal lleno hasta el borde.
«¿Lo ven?»
No fue lo menos raro allí hasta que el agua se agitó como si la removiera una mano invisible.
«Explosiones subterráneas», dictaminó.
La brigada con que nos tropezáramos tendía el cable coaxial para teléfonos, la construcción del metro había sido abandonada…
«Refugios antiaéreos», supuse.
El líquido dejó de estremecerse y mi tutor sacó un paquete.
«Verde», declaró. «No había negro.»
«El verde es bueno para el esmalte.»
Tenía los dientes manchados de fumar, puso la mano del cigarro en uno de mis hombros.
«¿Ves todo esto?», me dijo. «Ya no encuentra sitio en esta ciudad. Lo saqué de donde no va a levantarse nunca, y ni yo mismo supe en qué iba a convertirse mi casa cuando traje las primeras.»
No aclaró en qué se había convertido, si en un rastro o en un basurero. Tuve que evitar que la ceniza me cayera encima.
«En mi edificio una mujer empezó por un perro abandonado y va por quince ya.»
Me miró como si no entendiera. En el piso de arriba empezaron a dar martillazos.
«No hago té porque no hay gas», convino.
Dejaron de clavar.
«Barbacoas por arriba y explosiones por debajo.»
«Un milagro seguir vivos», murmuró mi tutor.
«El escándalo de todos los congresos de urbanistas», sostuvo D. «Una ciudad con tan pocos cimientos y que carga más de lo soportable, sólo puede explicarse por flotación.»
Se dejó caer en el sofá.
«Estática milagrosa.»
Volvieron a martillar en el piso de arriba y mi tutor se acercó el vaso del experimento a los ojos.
«Creí que era agua», reconoció.
«Un poco más denso, profesor. El ron de marzo.»
La superficie de aquel ron estaba cubierta de polvo del techo. Mi tutor miró hacia arriba.
«Quiero que le prestes tu libro a este muchacho», pidió al fin.
Sentado en medio de sus arqueologías, D miró a la punta encendida del cigarro.
«Pero él no me ha contado qué busca.»
Así que empecé por lo del chivo en el apartamento.
«Muchas de esas cosas las robó antes de que les llegara la hora del derrumbe», dijo mi tutor a la salida.
«Que no se enteren en la facultad», me advirtió del libro.
Era un volumen mecanuscrito de unas trescientas páginas. Su autor, el entonces profesor D, lo había titulado Tratado breve de estática milagrosa.
Me preocupé de llegar a la próxima cita con una hora de antelación. Sin ser visto, espié los movimientos de mi tutor en la estación de trenes. Lo acompañaba el mismo tipo que había venido a recoger unas semanas antes y el tipo le entregaba algo que supuse dinero. Mi tutor lo tomó, se despidió de él y fue hasta su auto. Allí buscó un cuaderno donde escribió durante un rato. Y cuando el tren salió de la estación fue a sentarse en un banco, decidido a esperarme.
Sin embargo, toda mi prevención de llegar antes y espiar fue desarmada, porque él reconoció que le alquilaba un cuarto de su casa a aquel hombre. Ambos tenían una relación de negocios, no había ningún misterio. Estiró las piernas como si le llegara una felicidad repentina y preguntó por mi lectura del tratado.
Yo había encontrado en aquel libro un término que podía serme útil.
«Escribes tugurización en tu tesis», anunció mi tutor, «y…».
La gente podía copar un edificio hasta hacerlo caer. Se hacían un espacio donde no parecía haber más, empujaban hasta meter sus vidas. Y tanto intento de vivir terminaba casi siempre en lo contrario.
A nuestro alrededor se abrazaban y despedían, se ayudaban con sus bultos. Y estaba, por otra parte, el empeño de esos edificios en no caer, en no volverse ruinas. De modo que la perseverancia de toda una ciudad podía entenderse como lucha entre tugurización y estática milagrosa.
Llegó otro tren repleto.
Pero si lo que yo quería era conseguir mi título de urbanista, no había oído hablar de nada de eso, porque un jurado de la facultad no querría saber de derrumbes. La ciudad tenía los mismos bordes fijos, no daba seña ninguna de extenderse. Donde caía una edificación no levantaban otra. Salíamos del derrumbe del modo más barato, con la construcción de un parque, de un espacio vacío. Las parejas hallaban los rincones que podían, las mujeres quedaban preñadas en aquellas citas, las salas de maternidad se repletaban, los muertos demoraban en morirse…
Mi tutor y yo veíamos cómo se vaciaba otra vez la terminal de trenes, cómo arribaban a la ciudad oleadas de tugures.
Una semana más tarde recibí la visita del profesor D. Iban a publicarle su libro y venía a buscarlo, y esta esperanza hizo que se extendiera a hablar de proyectos. Encendía con un cigarro el inicio de otro y conversaba de los libros que vendrían. Prometió que esperaría a mi graduación para sumarme a sus investigaciones, quería también que mi tutor entrara en ellas. Habló de formar un equipo de trabajo como el que había tenido alguna vez. Luego, sin causa aparente, se desanimó, dejó de hacer planes, y descreyó incluso de la publicación prometida.
Fue entonces que le oí hablar de los tugures. El cigarro en la boca o lo sombrío de su ánimo impedía a veces entender sus palabras, pero aquí está lo que alcancé: Los más viejos edificios de la ciudad llamaban la atención de los tugures. No pasaba mucho tiempo hasta que un primer tugur se iba a vivir al edificio merodeado. Ese primero conseguía traer a otros y poco a poco lo llenaba todo con su gente. Reunidos en el edificio (mientras más alto mejor y mejor todavía mientras más soberbio), sacaban de una habitación chiquita cuatro habitaciones, de un piso hacían dos. Horadaban las paredes para meter las vigas de sus barbacoas. Y parían sin piedad las mujeres tugures, y llamaban cada vez a parientes más lejanos.
Cada noche al acostarse, dejaban caer sus cabezas en la almohada con deseos de dar el último golpe sobre la tierra. Buscaban el derrumbe por todos los medios. Y no para morir, pues un tugur legítimo propiciaba la caída de un edificio sin que se le posara encima ni el polvo de un ladrillo. Sus triunfos consistían en regresar a casa y no encontrarla en pie. Había que verlos entonces entre quienes de verdad sufrían, haciéndose contar, con la más hipócrita de las expresiones en la cara, cada uno de los pormenores del desastre.
«¿Para qué?»
D no pareció entenderme.
«¿Para qué echan abajo los edificios?», concreté mi pregunta.
«Son de sombra ligera, tienen sangre de nómadas», me dijo. «Y es duro ser así en una isla pequeña.»
«Piensa en que el horizonte se alcanza enseguida. Das dos pasos, llegas a la costa, y todas las promesas que te fue ron hechas como nómada resultan nada. Lo que la sangre te dicta en cada anochecer es cuento de camino si la tierra no sigue.»
«Pero si no puedes salir, entonces entra», recomendó. «Quieto no vas a quedarte.»
Su entusiasmo había vuelto a la carga.
«Cuando no encuentras tierra nueva, cuando estás cercado, puede quedarte todavía un recurso: sacar a relucir la que está debajo de lo construido. Excavar, caminar en lo vertical. Buscar la conexión de la isla con el continente, la clave del horizonte.»
Encendió el último cigarro que le quedaba. Hicimos silencio durante unos minutos.
«Nada es como que se derrumbe el edificio donde vives», soltó.
«Si tu casa se viene abajo, te queda todavía la propiedad sobre la tierra. Te queda tu rincón y puedes empezar de nuevo.»
Miró el estado de mi apartamento y pareció encontrarlo demasiado sólido.
«Pero cuando cae el edificio donde has vivido toda tu vida», agregó, «descubres que hasta entonces no has tenido más que aire, más que el poder de flotar inconscientemente a cierta altura del suelo. Y perdido ese privilegio, ya no te queda nada».
Consumió su cigarro hasta que labios y mejillas no pudieron sacarle más humo.
«Entonces las circunstancias hacen de ti un tugur», fue lo último que dijo, y una o dos horas antes del amanecer se marchó.
«¿Tienes contigo el tratado?», tuvo que repetirme esa misma tarde la voz de mi tutor en el teléfono.
Miré el reloj sin ver la hora, me aclaré la garganta para decirle que el libro ya estaba devuelto.
«D vino anoche y hablamos toda la madrugada… Me acabo de despertar ahora mismo.»
«Discúlpame, pero esta mañana D murió en un derrumbe.»
Eran casi las cinco de la tarde.
«Le cayó encima el techo de su casa.»
Prometí que estaría en el apartamento de mi tutor cuanto antes. Y todavía sin recuperarme de la noticia, recordé a aquellos tipos que desmontaban madera de un apuntalamiento y clavaban encima del techo de D.
Había sido el único en morir.
«Le construyeron una barbacoa encima.»
«Más bien parece un suicidio», dijo lleno de calma mi tutor. El edificio estaba declarado inhabitable y él quiso correr el riesgo de seguir adentro.
«Hablé con su ex mujer en el reconocimiento del cadáver. Será mejor no remover las cosas.»
Ex mujer, ex profesor… Ya estaba de lleno en el tiempo que parecía corresponderle.
«Voy a hacer un café», consideró mi tutor.
Yo me fui al baño. Algo que no sabría explicar, una sospecha, hizo que empujara otra puerta, y entrar a la habitación del final del pasillo fue como entrar a otra casa. El piso había sido levantado y era apenas de cemento sin frotar. En una esquina se alzaba un horno hasta la altura del techo y en otra quedaba la vieja mesa de dibujo de cuando mi tutor era estudiante. Al avanzar, con cuidado de no hacer ruido alguno, una cuerda rodeó mi cuello.
Tendida de pared a pared, colgaban de ella papeles humedecidos que la oscuridad me dejó reconocer como billetes. Junto al horno encontré una maleta llena de monedas como la que yo había sacado del cuenco. Hechas de la misma aspereza del piso de la habitación, habrían salido de aquel horno. Mi tutor alquilaba el cuarto al hombre de la terminal no precisamente como dormitorio.
Oí ruidos de afuera y sólo tuve tiempo para guardarme unas monedas. Los billetes húmedos, raros también seguramente, quedaron en la tendedera.
«Fue una trampa lo del libro», dijo mi tutor al entregarme la taza.
Si le habían prometido publicárselo, quienquiera que le hubiera hecho tal promesa quería el libro hundido en el derrumbe, debajo de los escombros, sepultado.
Razonaba ahora con las razones de su amigo muerto.
«Quiero mostrarte algo», me indicó en voz baja.
Metí una mano en el bolsillo y palpé las monedas robadas. En un estante de libros, junto al extraño plano del cólera, él guardaba un cuaderno de lomo de tela. Le puso un dedo encima y estuve a punto de creer que el estante se abriría a un corredor secreto.
«Si algo pasara», me confió, «aquí están mis notas de lecturas. Es lo único que queda de ese libro».
«¿Qué puede pasar?», pregunté con sonrisa poco verosímil.
El viejo profesor expulsó todo el aire de sus pulmones.
«Un accidente cualquiera.»
Se sirvió otra taza de café, como nunca acostumbraba.
«No lo sabía», me dijo. «Cuando te llevé allá, quiero decir. Cuando te lo puse en las manos.»
Pregunté qué era lo que no sabía entonces.
«Los que han estado cerca de ese libro han terminado mal», dijo.
Enumeró personas y accidentes. Todo el equipo del profesor D había encontrado finales poco halagüeños. Pero hasta hace unas horas el autor de aquel libro vivía y lo ocurrido podía tomarse como una cadena de casualidades.
«Ahora quedamos tú y yo.»
El asesinato perfecto derrumbaba, con el muerto, la escena del crimen.
«Perdóname.»
Pregunté qué debía hacer con esas notas en caso de que sucediera algo.
«Salvarte», ordenó mi tutor.
En la calle, a la luz de la tarde, revisé las monedas. «A mí me ronca arriba», estaba inscripto en una de sus caras. «A mí me ronca abajo», se leía al voltearlas.
De noche, cuando el derrumbe dejó de ser atendido por curiosos, estuve allí. Un perro daba vueltas y se coló entre los escombros, en busca de algo. Después alguien silbó, unos pedazos de pared se removieron, y el perro salió del túnel que había excavado.
Al fondo, como en esos juguetes de niñas a los que se les abren las fachadas, la única pared en pie conservaba los rótulos de calles del profesor D. Y me acordé del título de un libro que él planeaba escribir: Un arte de hacer ruinas. Entre volverse un tugur o ser un muerto, había elegido lo segundo.
Después de la muerte de D, lo primero que hacía cada mañana era asegurarme de que mi tutor se encontraba sano y salvo. La tesis avanzaba lentamente y la puerta de la habitación del fondo no volvió a estar abierta. Una tarde en que estuve solo en el estudio, mientras hojeaba el cuaderno de lomo de tela, vi reflejado al huésped de la habitación del fondo en un cristal y, al volverme, no lo encontré ya.
A la siguiente mañana nadie levantaba el teléfono de aquella casa. Hallaron a mi tutor sentado en una de las butacas de su estudio, muerto. La luz entraba por las ventanas como hacía mucho tiempo. En la biblioteca faltaba el cuaderno y la habitación del fondo guardaba solamente una mesa de dibujo. Ni rastro del horno y la tendedera de billetes falsos.
«Infarto del miocardio», dictaminó el forense.
La muerte parecía haberlo encontrado en su butaca mientras reposaba. No se le había desplomado el techo encima y no se percibían señales de violencia en el cadáver. Tenía puestas sus gafas de leer sin libro alguno a mano, hojeaba seguramente el cuaderno robado.
«Salvarte», me había aconsejado.
Yo guardaba en un bolsillo las únicas pruebas del extraño trabajo clandestino en la habitación del fondo, y no tenía claro qué participación había sido la de mi tutor en ello.
Durante semanas mantuve la vigilancia por los alrededores de la estación de trenes, me vi obligado a abandonar el trabajo en mi tesis. Una tarde, a punto de desistir ya, vi bajar de un tren al antiguo huésped de mi tutor.
Cargaba la maleta que ya le conocía y hablaba con una mujer que lo sobrepasaba en estatura. A diferencia de otros recién llegados, no llevaba prisa. Fuimos de aquí a allá en paseos inútiles. Por lo nimio de sus ocupaciones sospeché que esperaba la hora de una cita.
Ya de noche lo seguí por una avenida sin iluminar. Los árboles hacían más oscuro el sitio y él se detuvo ante la boca de un túnel que debía ser refugio antiaéreo. Miró hacia todos lados sin conseguir verme, abrió una reja y entró.
Un auto iluminó por un instante el sitio y estuve a punto de convencerme de que nada era real, ni la reja sin cierre en la boca de un túnel, ni la pared de piedra detrás de los árboles. Yo seguía a un desconocido sin saber bien para qué.
Dentro del túnel, demoré en descubrir claridad suficiente. Abrí una cuchilla que llevaba conmigo y traté en vano de escuchar pasos. La poca altura obligaba a avanzar encorvado. Pronto el piso se volvió de cemento y llegué a la intersección con otro túnel completamente a oscuras, de diámetro más grande.
Unos tablones de madera indicaban la continuación del camino, por el suelo corrían hilos de agua.
«Un ramal del metro que no será», me dije.
Aumentó la pendiente, el cemento rugoso se agarraba a las suelas de los zapatos. Me pareció escuchar pasos, me detuve, pero al silencio que hice no lo interrumpió nada. La iluminación empezó a ser brillante y descubrí que el camino desembocaba en una gran luz. Debía tratarse de otra intersección, esta vez iluminada. Cuando un brazo me detuvo, dejé caer la cuchilla.
Detrás de los barrotes de una de las paredes, una mujer me extendía su brazo. Miré el tinte encendido de su pelo, la cuchilla en el piso y la luz del final, más allá de la cual no parecía haber nada.
«A mí me ronca arriba», pronunció con la mano extendida.
Apilaba monedas como las que yo guardaba en mi bolsillo. Hizo un gesto de impaciencia y lo aplaqué, dejé una de esas extrañas monedas en su mano.
«A mí me ronca arriba», repitió sin dejarme pasar.
«A mí me ronca abajo», completé la contraseña.
Si a tantos metros bajo tierra se abría una taquilla, el espectáculo que me esperaba tendría que ser muy raro. Di un paso atrás y la cuchilla ya no se encontraba. Al final del túnel la luz brillaba más que en un día soleado. El espacio, una vez que se entraba a tanta claridad, era enorme. Reflectores dispuestos en el techo no permitían imaginar que existiera techo alguno. Un cielo de playa, de radiante verano, se abría sobre mi cabeza.
Pocas cosas ocupaban ese espacio que parecía no tener fin. No se veía a nadie y la desolación de tan gran lugar no invitaba a avanzar. Sería tan aburrido como recorrer un sol. Luego percibí unas líneas, un plano de ciudad trazado a escala natural. Y no demoré en ver, aquí y allá, distantes unas de otras, algunas edificaciones. El entendimiento, lo mismo que la vista en medio de tanta luz, se abriría poco a poco a certidumbres que prefería no tener. Así que intenté el regreso.
Pero me fue imposible hallar salida. Había llegado a una ciudad de pesadilla y no sabía despertarme. Saqué las monedas en espera de algo que no ocurrió y me acordé, sin razón, de la esquina de Cuba y Lamparilla. O con no menos razón que la de estar en aquel sitio bajo tierra.
De no salir inmediatamente, tendría que reconocer que allí existía una ciudad muy parecida a la de arriba. Tan parecida que habría sido planeada por quienes propiciaban los derrumbes. Y frente a un edificio al que faltaba una de sus paredes, comprendí que esa pared, en pie aún en el mundo de arriba, no demoraría en llegarle.
Se trataba del edificio del profesor D levantado de nuevo. Yo tendría que cruzar su entrada y buscar la puerta que contenía una puerta más pequeña, tendría que cerciorarme de que era en todo igual. Sólo así, más entrampado aún que al atravesar una taquilla y meterme en tan gran luz, habría llegado a Tuguria, la ciudad hundida, donde todo se conservaba como en la memoria.
«Mi pensamiento está muy lejos, en la soledad de Bethmoora, cuyas puertas baten en el silencio, golpean y crujen en el viento, pero nadie las oye. Son de cobre verde, muy bellas, pero nadie las ve. El viento del desierto vierte arena en sus goznes, pero nadie llega a suavizarlos. Ningún centinela vigila las almenadas murallas de Bethmoora, ningún enemigo las asalta. No hay luces en sus casas ni pisadas en sus calles. Está muerta y sola más allá de los montes, y yo quisiera ver de nuevo a Bethmoora pero no me atrevo.»
Le escuché muchas veces a mi abuelo esta frase. Aprendí sus palabras sin comprenderlas del todo, sin saber si aludían a una ciudad real o imaginaria. Y como ocurre con tantas citas de la memoria, su momento definitivo le llegó tiempo después, inesperadamente.