El día que no fui a Nueva York
A Sonia: Versión moderna del hada de los deseos
DEAR MRS. FERNANDEZ: YOU ARE INVITED y en el membrete de la hoja la dirección del HUNTER COLLEGE: LEXINGTON AVE. AND 68 STREET, NEW YORK, NUEVA YORK. Levanté la vista hacia los rascacielos de la Gran Manzana, donde dicen que no da el sol en las calles, y me encontré con la luz cegadora de La Habana al mediodía.
Empecé a soñar. A ir a Nueva York. Y Paseo se convirtió en Fifth Avenue y el Almendares en Central Park. El Malecón era simbiosis del Hudson y el East. El art déco «López Serrano» el Empire State y La Torre el mirador del World Trade Center y desde allí, en la noche, el Vedado se hizo Manhattan.
Y pensé que, hasta ese día, mi vida había sido una serie de actos preparatorios de este viaje porque Nueva York me estaba esperando desde la primera postal y porque algo en mi persona vivía allí desde siempre. Y que si mi alma se conciliaba con algún otro espacio era con Nueva York. Una ciudad repleta de personas que dicen ser newyorquinas. Que tolera el enjambre y recibe a todos sin saludar a nadie. Donde todos son extranjeros y los turistas se sienten en casa. La ciudad. La que hicieron los inmigrantes para mostrarla al resto del mundo.
Dejé de vivir. Dividí mi tiempo en actos racionales y dementes. Entre los primeros solicité mi permiso de salida, insistí day by day hasta tenerlo. Llené mis planillas y las envié a la Sección de Intereses. Y me dediqué a desesperar.
Comencé a vivir una vida prestada. Días que sólo tendrían sentido por ser los anteriores al viaje. De día era un robot haciendo movimientos mecánicos mientras mi cabeza hacía planes, itinerarios, cambiaba de metros y gritaba en las calles (dicen que en Nueva York se puede hacer todo y nada es causa de asombro) porque era intensamente feliz. Y Woody Allen tocaba clarinete en mi oído, mientras Sinatra y Liza Minelli cantaban New York, New York.
Pero las noches eran fascinantes. Inmóvil entre la ansiedad y el terror, pensaba en New York y cada pedazo de mí se estremecía en la espera. La ciudad me aguardaba y yo iba hacia ella. Y había en esto deseo, lujuria y todas las sensaciones se aglomeraban y mezclaban. Mundana, peligrosa, atrayente, sabia, snob, culta, naif, marginal, famosa. A un amante no se le podía pedir más. Quería zambullirme en las luces y la gente y que la ciudad se tragara mi persona con sus pequeñas vanidades en modesto sacrificio a esta diosa pagana.
San Juan de Letrán se parece a St. Patrick. Sobre todo el altar de la derecha, donde está Dios con los dos ángeles. Nunca voy a estar más cerca de Nueva York que en esta esquina blanca, oscura y gótica. Y pedí: no salud, ni bienestar, ni prosperidad, ni paz. Bendiciones abstractas y duraderas. Sino algo muy concreto. Ir a Nueva York, aunque sólo pudiera caminar por las calles como una vagabunda. Miré a Dios para asegurarme de que me escuchaba. Yo nunca pido nada material. No es el síndrome del viaje que padecemos en esta isla sin fronteras, es algo más, me urge ir. Te prometo que si voy te llevaré flores a St. Patrick aunque tenga que robar los tulipanes de Park Avenue.
Old New York. Uno de los trece estados originales que primero se llamó New Amsterdam y fue rebautizado en 1674 por el duque de York. Dentro: New York y allí Manhattan.
Manhattan: mía y de Woody Allen, el psicoanálisis y la anhedonia. Con su gente apurada, sus yellows cabs y sus taxi drivers árabes, el embotellamiento y todo su mundo subterráneo de metros, reggae y hard rock. Conglomerado de modernas lombrices de tierra con bufanda y portafolio violando la dermis de la ciudad from uptown to downtown, to Chinatown con los chinos que conocen Pekín y Shangai por las historias gastadas de sus abuelos. To Little Italy con su Carrusel napolitano de Spaghettis y Tarantelas.
¿Y si no voy? ¿Y si esto es una jugarreta del destino para probar mi estabilidad emocional, mi capacidad para enfrentar la decepción? No puede ser, toda la fuerza de mis estrellas, astronómicas y astrológicas, dibuja una constelación y lo que veo en el cielo es la hemorragia de luces de la siempre insomne.
Descendí una escalera improvisada, sin pasamanos. Junto al río se levanta un boceto de casa, en esta parte el agua no es sucia. Me siento en un banco que alguien seguramente botó por estar roto y me siento Mariel Hemingway o Diane Keaton in the bank of the river. Mientras, observo hipnotizada las manos apergaminadas que sostienen la baraja y me miran para que mis ojos le digan más de lo que ven y las cartas comienzan a hablar de lo que vendrá. La Sota de Espadas: un viaje. El As de Bastos: firmeza y luego, uno detrás de otro: 5 de Oro, 3 de Copas y 3 de Oro. De nuevo un viaje. ¿Seguro? Inquirí sintiéndome recoger mi equipaje en el Kennedy. Casi. Sota de Copas: Santa Bárbara, que será primero funcionaria de inmigración, luego de la Sección de Intereses y al final aeromoza que me llevará allá.
Improvisé mi pequeño altar con flores y velas y a solas pedí, supliqué, rogué, imploré, mandé, ordené, exigí, requerí: Quiero ir a Nueva York. Y miré a la santa guerrera que en mi estampita tornasolada andaba el camino del destino. Tú sabes que no es Roma la Ciudad Eterna, sino esta, donde dicen que todo el mundo está loco.
Claro, hay que ser muy insensible para permanecer cuerdo allí, inmerso en tanto superlativo sin caer en el estado de gracia de la demencia. O el caminito de la imagen se me antojaba Broadway, atrevidamente sinuosa entre tanto trazado perfecto de calles y llena de teatros con entradas carísimas para ver antológicas puestas en escena de El Fantasma de la Ópera o Los Miserables.
Nueva York: colmo de todo, coctel de verbos, actriz de cine, mezcla de olores, sabores, cosmopolitismo con mayúsculas. Novia de todos y ciudad de nadie, que tiene el pasado en el MET, el presente en las calles y el futuro en el celuloide.
¿Y si de veras voy? ¿Y si se convierte en asfalto bajo mis pies y sus edificios en techo para mi cabeza llena de sueños, y el metro sólo en un simple servidor encargado de llevarme rápido de un lugar a otro? ¿Qué hace uno cuando los sueños se convierten en realidad? ¿Dónde guardo mi fantasía, mis cientos de New York acumulados para que estén a buen recaudo? ¿Cómo preservar la ciudad imaginada en mi cabeza y en mi corazón? Nunca la realidad ha superado los sueños y siempre la víspera ha sido mejor que el mañana. Entonces, cuando nos veamos, la habré perdido para siempre porque será la de todos y habrá quedado aprisionada en el vulgar lente de una cámara fotográfica: arquitectónica e inmóvil. Y se habrá acabado el platonismo, lo inalcanzable y ya no voy a poder amarla porque sólo se ama eternamente lo que…