Narrativa

Greenpeace

Rigoberto Molina, alias Gravilla, Prisciliano Jiménez, alias Sangre’e mono y Bárbaro Casas, alias Negroemierda, estaban acurrucados y mustios en un rincón de la celda cuando un agente que parecía una mezcla de los tres abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar.
Eduardo del Llano19 min08 feb 2026

Rigoberto Molina, alias Gravilla, Prisciliano Jiménez, alias Sangre’e mono y Bárbaro Casas, alias Negroemierda, estaban acurrucados y mustios en un rincón de la celda cuando un agente que parecía una mezcla de los tres abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme pasar.

—Si hay algún problema, grite —me advirtió—, yo estaré aquí cerca, viendo la telenovela. Anoche se acabó buenísima.

Dije que sí y el policía se retiró. Moví una silla hasta ponerla frente a los detenidos, me senté y los miré solidariamente. Ellos me contemplaron con La expresión huidiza de tipos en cola para hacerse un espermograma.

—Mi nombre es Nicanor O’Donnell —anuncié—, soy el abogado que va a defenderlos. Quiero que me lo cuenten todo sin ocultar ningún detalle, como se lo contarían a un amigo.

Ninguno habló durante un par de minutos. Claro, habrían reaccionado ante el instructor, porque un oficial es un poder invulnerable, y es mejor avenirse con lo que no puede ser derrotado; mi cortesía, en cambio, estaría a sus ojos tiznada de debilidad, y en el débil uno puede vengar lo que el fuerte le hizo. Encendí un cigarro y les brindé la cajetilla. Sangre’e mono aceptó el convite, y me introduje por esa brecha.

—¿Los han tratado bien?

—Nos han tratado como a delincuentes —dijo Gravilla, en un tono vibrante que no dejaba dudas acerca de la injusticia implícita— y nada de lo que usted haga les quitará esa idea de la cabeza. El juicio va a ser una farsa, como siempre.

—Debo entender que ustedes se consideran inocentes.

Me miraron, belicosos.

—¿Y usted no?

—Yo lo único que sé es que los acusan de atentado al patrimonio cultural, sabotaje, distribución de propaganda enemiga, intento de sacrificio ilegal de ganado, agresión física al administrador de una granja estatal y usurpación de funciones, para empezar. Tienen que convencerme de que no son culpables, para que yo pueda convencer al juez.

—¿Qué quiere decir usurpación de funciones?

—Que estaban vestidos de milicianos cuando iban a matar a la vaca.

—¡No estábamos matando a ninguna puñetera vaca! —chilló Sangre’e mono—, ¡al revés, queríamos salvarla! ¡Lo que pasa es que basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos!

Convine en que la gente es muy superficial y dada a llevarse por las apariencias.

—De todas formas, sigo sin entender —añadí con sinceridad—, ¿por qué no me lo cuentan desde el principio? Yo no tengo apuro. Pueden coger todos los cigarros que quieran.

En definitiva lo hicieron. Gravilla no se mostró muy convencido de que valiera la pena, pero Sangre’e mono y Negroemierda estaban locos por reconstruirlo todo de nuevo, con la elocuencia que el oficial instructor les fragmentó y piloteó en el interrogatorio. Y yo, que había aceptado el caso de puro oficio y a desgana, comencé a descubrirme fascinado con el relato. Incluso le di algún dinero al policía para que fuera a comprar unos tabacos.

Tres meses antes, Gravilla había citado a los otros dos en su barbacoa.

Sangre’e mono había estado preso por tenencia ilegal de divisas, cuando tener divisas era ilegal. Y negroemierda pasó una noche en la tercera estación por darle dos pescozones en público a una mulata. Sin embargo, ninguno de ellos era un delincuente de raza. Los tres se habían desentendido de sus empleos y se ganaban la vida en el invento, es decir, vendiendo pulóveres, jabones y cassettes. En el barrio todo el mundo bacía lo mismo.

Belén es una de esas vecindades en que se diluyen los silogismos y las fronteras. En cierto modo, nadie está al margen de la ley, y todos lo están. Geográficamente situada en la zona más densa de la ciudad, no ha perdido el espíritu de aldea. La habita la gente más pobre, y a un tiempo la más alejada de la naturaleza, pues no hay árboles ni flores ni agua suficiente. Es una barriada histórica, pero se vive al día. Y Sangre’e mono y negroemierda, con todo y ser folklóricamente incapaces de llegar puntuales a cualquier reunión social, se encontraron con Gravilla cinco minutos antes de lo acordado.

—¿Cuál es el misterio, Gravilla? —preguntaron simultáneamente, después de una ronda de alcohol que en el contexto equivalía al five o’clock tea.

—No es un negocio —aclaró Rigoberto—, es otra onda. Se los digo para que no se vayan afilando los dientes.

Los demás no comentaron nada. Eran amigos desde antes de aprender a caminar, y durante todo ese tiempo Gravilla se había ganado entre ellos una indiscutida reputación de ideólogo. Viniera con lo que viniera, valdría la pena escucharlo.

El anfitrión fue hasta la ventana y regresó con una maceta en la que campeaba un arbusto marchito. Posicionó el tiesto en el centro del corro y miró gravemente a los demás. Hubo un silencio especulativo.

—¿Mariguana? —preguntó Sangre’e mono, con las membranas de la nariz vibrando como hocico de curiel.

—No seas verraco —dijo Gravilla—, es un helécho. Bueno, un helecho muerto. La vieja lo cultivó y me lo dejó, y una semana después de partirse ella se muere el helecho.

Los otros se miraron. Ya le habían dado el pésame a Gravilla en tiempo y forma. Por el fallecimiento de la madre, naturalmente.

—¿Religión? —aventuró Negroemierda—. ¿Quieres decir que el alma de la vieja estaba enlazada con la de la matica esa?

—Por algo te dicen Negroemierda. Coño, ¿ustedes no vieron la televisión anoche? No hubo apagón ni descarga ni motivito ni nada, así que tuvieron que verla.

—¿La novela?

—No. El programa sobre la destrucción del medio ambiente.

Los invitados pestañearon, inseguros.

—Yo lo vi —asintió Sangre’e mono— pero no le hice cráneo. ¿Por qué no te explicas de una vez, Gravilla? ¿Quieres vender helechos a los extranjeros?

—Quiero —dijo Gravilla, con especial resonancia— fundar un Comando Ecológico.

Aquello fue como una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en plena huelga de traductores simultáneos. Negroemierda se quedó incólume, pero Sangre’e mono saltó y corrió hacia la puerta.

—¿Tú estás loco, asere? Yo no quiero volver al tanque, y mucho menos por candelas políticas. Si vas a poner bombas o regar papeles, gózalo tú solo. Voy echando.

—Siéntate, Prisciliano —ordenó Gravilla—, o acaba de ponerte en cuatro patas y comer yerba. Un Comando Ecológico no tiene nada que ver con la política.

Desconcertado al oírse llamar por su nombre de pila, Sangre’e mono obedeció, no sin persignarse furtivamente.

—Oigan, y entiendan. Una de las cosas que le juré a la vieja antes de partirse fue precisamente que no iba a acercarme al tanque ni para que me cogieran las medidas. No, yo tampoco quiero meterme en rollos, ni pasarme la vida vendiendo jabones o toreo una alemana. No, caballero, hay cosas más importantes, vaya, que le atañen a todo el mundo. ¿Saben ustedes que todos los días desaparecen miles de animales y plantas?

—¿Se los roban? —infirió Negroemierda.

—No, seboruco, se mueren, se extinguen. ¿Desde cuándo ustedes no ven una cotorra suelta? Ya no quedan ni en Isla de Pinos. Mi abuelo cazaba venados en el monte, miren a ver si encuentran uno ahora. ¿Y jutías? Y eso que en Cuba no estamos tan mal. Ya casi no hay ballenas, por ejemplo. Ni tigres, ni ese tipo de oso chino, blanco y negro con una mancha en el ojo, no me acuerdo cómo se llama. ¿Les parece puerco el río Almendares? Bueno, así está el mar dondequiera.

—Es verdad —admitió Sangre’e mono—, el domingo fui a la playa y había un mojón flotando.

—¿Se dan cuenta? ¿Y los árboles? Sin árboles no va a haber aire, va a crecer el hueco ese del ozono y nos vamos a achicharrar todos. Coño, la muerte de la vieja y del helecho me puso a pensar. En lugar de vivir en la que se cae, hay que pensar en cosas grandes, caballero, o el mundo se te hace muy chiquito.

Negroemierda llevaba más de un minuto moviendo la cabeza de arriba abajo, y siguió haciéndolo. Sangre’e mono encendió un cigarro, gesticuló como un rapero y soltó una andanada de objeciones.

—¿Y qué carajo vamos a hacer nosotros tres, Gravilla? Eso es cosa del gobierno. Aquí todo tiene que estar controlado; si armas un grupúsculo, aunque sea de tomadores de refresco con pajita, te miran atravesao. ¿Y de qué vamos a vivir, si nos pasamos todo el tiempo en lo del Comandado Escatológico?

—Ecológico. La ecología es la ciencia que estudia cómo hacer que los animales y las plantas no se mueran. Ahora en todo el mundo hay mucha gente preocupada por eso. Se llaman los Verdes, y tienen hasta partidos.

—¿Partidos? ¿Y me estás diciendo eso para tranquilizarme? Candeeela…

—Déjame hablar, cojones. Miren, nosotros no vamos a hacer nada malo. Dondequiera que alguien amague con tumbar una mata por gusto, le caemos y discutimos con él. Si un tipo piensa echarse un animal o lo hace sufrir, le bajamos una muela. El gobierno no tiene que enterarse. ¿Y de qué vamos a vivir? Chico, por el momento, de lo mismo. Tú puedes convencer a un tipo de que no tumbe un pino, y después venderle un pulóver. No hay ningún conflicto ideológico en eso. Lo importante es saber que estamos haciendo algo útil para que los helechos no se mueran.

Dicho esto, Gravilla les pasó la botella de alcohol. Negroemierda bebió con parsimonia, y luego le palmeó el hombro al anfitrión.

—Chico, lo que es a mí, ya me tocaste la bomba. Coño, si parece una cosa linda, como cuando éramos pioneros. Y hasta podemos conseguir una pincha decente y salir de una vez del giro de los jabones. ¿Tú crees que haría bien si voy y hablo en la fundición, a ver si tienen algo para mí?

—Claro —dijo Gravilla.

El primer Comando Ecológico independiente del país, o de la ciudad, o por lo menos del barrio de Belén, se proyectó a la vida social el domingo siguiente. En los días que mediaron entre la reunión constitutiva y el fin de semana, Negroemierda, elegido jefe de Información, recortó y archivó cuanto artículo sobre el tema le cayó en las manos, incluyendo una vieja edición de Robin Hood. Partiendo de lo que se decía en aquellos textos, era indudable que los ecologistas constituían una fuerza noble y pujante en el mundo civilizado, y que Greenpeace, su blasón, contaba con barcos y aviones y oficinas. Sangre’e mono sugirió ponerle un nombre al Comando, cualquier nombre menos inquietante que Comando, y lanzó algunos, que iban desde El rayo Verde hasta José Martí, pasando por un verso de Lorca. Gravilla dijo que no, que el nombre no hacía falta, y Negroemierda, que era un tipo influenciable, estuvo de acuerdo.

El domingo, a guisa de debut, Gravilla convocó a una ofensiva para ayudar a los animales callejeros. Recogieron cincuenta gatos, dieciocho perros, cuatro ratones, una jicotea, doce lagartijas, seis gallinas y alrededor de noventa cucarachas.

Concretamente fue Sangre’e mono quien trajo las cucarachas, y Gravilla lo amonestó en el seno de la organización.

—No seas animal. Las cucarachas son bichos dañinos.

—¿Y qué? Tú no pusiste límites. Dijiste que hay que proteger a todos los animales. Las cucarachas no tienen la culpa de ser cucarachas y de que les guste posársele encima a la gente.

—Bueno, pero hay prioridades. Las jicoteas pueden extinguirse, pero nunca he leído que se extingan las cucarachas. Al contrario, cada vez hay más. Suéltalas. Y échale los ratones a los gatos.

—Eso plantea un dilema ético —dijo Negroemierda, que había leído muchísimo en los últimos días—; ¿vamos a propiciar la muerte de los ratones? A lo mejor los gatos se los comían, a lo mejor no, pero si se los echamos seguro que se los comerán, y es del carajo que seamos nosotros los que alteremos el equilibrio ecológico causando la muerte de cinco roedores.

—Está bien. Dales un poco de ventaja. Ponlos a un metro de los gatos y suéltalos. Y ya que hablaste de dilemas éticos, devuelve las gallinas.

—Eran gallinas callejeras —se defendió Negroemierda, pero los demás lo miraron de arriba abajo y cedió un poco—, bueno, casi, casi. Había una posada en la cerca.

En definitiva, se pusieron con cincuenta pesos cada uno —cotización mensual, según Gravilla—, compraron dos libras de leche en polvo y se la dieron a los perros y los gatos y los reptiles. Estos últimos, en franco desprecio por la iniciativa Verde, echaron a reptar y se escaparon, pero los demás agradecieron el alimento, si bien un gato arañó a Sangre’e mono.

—Y ahora, ¿qué? —preguntó el herido—, ¿vamos a vender pulóveres para mantener a los perros y los gatos cada semana?

—Éste es un acto simbólico, animal. Somos un Comando, y hacemos lo que podemos.

—No vuelvas a decirme animal, asere. Se supone que los estamos defendiendo, no podemos usarlos como insulto.

Negroemierda empezó a trabajar de sereno en la fundición, y se llevó todos los libros para leerlos en su puesto. A la semana le contó a los otros que Buda prohibía matar cualquier cosa que alentara, y que los budistas se habían agotado en polémicas seculares para dirimir si un discípulo de Siddharta tenía derecho a pisar hormigas a su paso, toda vez que podía aplastar a un sabio reencarnado. Para no chapotear en el mismo pantano lógico, Gravilla dispuso considerar especies protegidas a los animales mayores de cinco centímetros, principalmente mamíferos y aves, domésticos o no, siempre que no fueran vectores de enfermedades o no los estuvieran criando para el fin de año. Y ésta fue, a grandes rasgos, la política que siguió el Comando en lo tocante a la fauna local.

La flora preocupaba especialmente a Gravilla. Su devoción conservacionista nació de un helecho con valor filial; así, al domingo siguiente llevó a sus mesnadas a una cuadra del Vedado en que se planificaba podar arbustos con trabajo voluntario. La encendida filípica con que fustigaron a los irresponsables devolvió como secuela una inesperada acusación de saboteadores del trabajo del CDR, y la consecuente amenaza de llamar a la policía. El Comando optó por una retirada táctica, pero esa misma noche, bajo los ronquidos de la guardia cederista, desenterraron los arbustos mutilados, los llevaron al Bosque de La Habana y los plantaron allí.

Dos meses después de la asamblea fundacional, la ejecutoria del Comando incluía operaciones tan sonadas como las que se relacionan:

  1. Concienzudo vapuleo de un viejo, dueño de un coche y un caballo, por montar treinta niños —a dos pesos per cápita— en cada vuelta recreativa a la manzana, con innegable perjuicio físico y, presumiblemente, moral para el equino. En lo adelante, el anciano montó a sólo diez niños, bien que a seis pesos el boleto. Los padres de los niños se quejaron, el viejo delató al Comando, pero la cosa no pasó de ahí porque el caballo pereció ese mismo día, de una hernia monstruosa.

  2. Excursión a un balneario costero para recoger latas y desperdicios. La basura, en seis grandes bolsas de nylon, fue acarreada por los tres miembros del Comando y otras tantas muchachas, conocidas ocasionales de la playa, hasta un vertedero clandestino en medio del barrio. Después se prendió fuego al vertedero, con el saldo colateral de dos tendederas chamuscadas y tres gatos absolutamente carbonizados; entre ellos, el agresor de Sangre’e mono. Los cadáveres fueron llevados subrepticiamente al Zoológico y arrojados como ofrenda en la jaula de los tigres.

  3. Trasquilado de un perro de raza husky, mascota de un vecino, en consideración a lo que debía sufrir un animal oriundo de Alaska en plena canícula habanera. El dueño del perro intentó protestar; se le dieron una explicación y un puñetazo, aunque no en ese orden. Después, para compensarlo, se le vendió un pulóver barato.

  4. Siembra de árboles en zonas excesivamente urbanizadas y polutas, como el propio barrio de Belén. En vista de que no había mucho espacio ad hoc, el Comando decidió romper algunos tramos de acera, traer tierra vegetal de un solar yermo, cegar con ella los huecos y plantar ahí las posturas. Helechos, ante todo. Los niños sorprendidos arrancando los retoños fueron inmediata y drásticamente reprimidos.

Etcétera. Un largo etcétera.

Al cabo de los dos meses, Negroemierda perdió su trabajo, y los demás no habían conseguido uno. El subatendido negocio de los pulóveres y jabones apenas si bastaba para cotizar. En cambio, la pasión ecologista había subido en la columna de mercurio. Hacer el bien social es un virus de acción rápida, y la enormidad del mal que se ha retado exige y encandila. Basta, si no, mirar el planeta desde cualquier ángulo.

—Estuve pensando —dijo un día Negroemierda, devenido el verdadero teórico del movimiento, en tanto que Gravilla se ocupaba cada vez más del plano operativo—: coño, todavía no hay nada que nos identifique. Hay que jugar al duro. Esto viene desde los ascetas, pasando por Robin Hood, Rousseau y los hippies. Todos ellos volvieron a la naturaleza. Al verde. Nosotros somos Verdes. Tendríamos que adoptar un uniforme, para vestirlo durante las acciones ecológicas.

—Un uniforme… —reflexionó Sangre’e mono—, bueno, yo puedo resolver unos metros de poliéster verde con un socito, pero nos va a salir caro.

—No hace falta —dijo Gravilla— caballero, con tres uniformes de miliciano resolvemos. Yo tengo dos mudas, de cuando me movilizaban por la Reserva.

—Y yo tengo otro —anunció Negroemierda—, ¿ven? Es lo que yo digo, hay que empezar por la imagen. A los uniformes les bordaremos un almiquí en el bolsillo. También podríamos dejarnos el pelo largo y meternos a vegetarianos. La onda natural, ya saben. Pero de nada servirá si no subimos la parada. Hay que hacerse sentir de verdad, lograr que la gente hable de nosotros.

La propuesta de restringir la alimentación a lo aportado por el reino vegetal no tuvo buena acogida, pero las otras sí. Durante el tercer mes, unos locos peludos y barbudos, vistiendo uniformes verde olivo recientemente entallados, empezaron a hacer leyenda en la ciudad. Sobre todo después de que alguien dijo haberlos visto rondando por allí la noche antes de que apareciera un helecho arborescente, de diez metros, trasplantado en medio de la Plaza de la Catedral.

La barbacoa fue rebautizada Cuartel General, y abrió una oficina de atención al público. Cualquiera podía ir allí y denunciar un caso de crueldad con animales o plantas, de irresponsable deterioro del entorno. Gravilla y Negroemierda intentaron matricularse en un Taller Internacional de Política Ecológica, convocado por la Academia de Ciencias, pero, quién sabe por qué, ambas solicitudes fueron rechazadas. Sangre’e mono asumió entonces la tarea de contactar activistas extranjeros, pero a la segunda noche hubo una redada frente al hotel y logró escabullirse a duras penas.

El Comando no era una facción política. Pero eso sólo lo sabían ellos. Cuando escuchó planes para bloquear con hormigón las tuberías que desaguaban en el Almendares y con mierda la chimenea de una fábrica de accesorios plásticos, la mujer de Sangre’e mono lo dejó, vaticinándole un porvenir enrejado. En el barrio, la gente dejó de saludarlos, tomándolos por informantes o provocadores. En respuesta, el trío distribuyó carteles manuscritos con la leyenda PARA VIVIR EN ESTE PAÍS, PRIMERO HAY QUE LIMPIARLO.

Entonces, en el clímax underground, un simpatizante, que los había, acudió al Cuartel General a contarles del oscuro contubernio entre el administrador de una granja estatal y unos delincuentes ahí para sacrificar una que otra vaca a su cuidado, a cambio de un rotundo porcentaje. Y les dijo que la noche siguiente iban a matar una Holstein, lechera recordista.

—Tenemos que salvarla —dijo Gravilla, exultante—; vale más una sola vida que todas las posesiones del hombre más rico de la tierra.

Y esa noche hicieron un juramento de sangre y Gravilla dijo que Negroemierda tenía razón, que había que ser vegetariano, e incluso debían buscar una forma de no comer tampoco vegetales, porque un verdadero ecologista debía superar a Buda. Y meditaron, y casi levitaron, y después se fueron a la vaquería y sorprendieron al administrador y le cayeron a trompadas pero en eso llegó la policía, porque el simpatizante, que era el dueño del cabrón gato que arañó a Sangre’e mono y luego murió achicharrado, les había tendido una trampa, y basta que vean a tres tipos disfrazados entrándole a golpes a otro, de noche, en la manigua y con una vaca al lado, para que piensen que los tres tipos son los malos, abogado.

Eran las tres de la mañana, y Negroemierda se fumaba el último tabaco.

—La desgracia fue vestirnos de verde —concluyó—; ahí nos volvimos locos.

Pero coño, abogado, es que hay tanto por hacer… ¿Dónde jugarán los niños? ¿Lo ha pensado?

No contesté. Gravilla, vuelto hacia la pared, parecía dormir. No había pronunciado palabra durante el largo relato de sus cómplices. Sangre’e mono lloraba sin pudor.

—¿Podría hacer algo por nosotros? —preguntó, sorbiendo ruidosamente por la nariz.

—Algo —dije—, pero va a ser difícil.

El policía asomó en el umbral.

—¿No está aburrido, abogado? Descanse un poco. Oiga, se perdió el mejor capítulo de la telenovela.

—Ya voy —dije, y miré en silencio a los tres ecologistas. Tres marginales sin vínculo laboral, con cargos suficientes para diez vidas. La imagen rampante de la derrota. Me incorporé.

—Si necesitan alguna cosa de momento, quizás pueda resolverlo. ¿Más cigarros?

No contestaron. Fui hacia la puerta. Cuando iba a salir, escuché la voz de Gravilla.

—Hay algo que quiero pedirle.

Me volví. Gravilla tenía una expresión indefinible, entre suplicante y divertida.

—Si está a mi alcance… —repuse.

—Seguro que lo está. Un helécho. ¿Puede conseguirme un helecho? Uno pequeñito.

Dije que ya vería, y me fui.

4 de julio de 1996

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