Clemencia bajo el sol
A L. Koldenkova Evangelina de las Mercedes Concepción de los Montes y Carvajal, razón por la cual me dicen Cuqui. No me atormente, señor, déjeme decirlo todo a mi manera. Sí, yo maté, aunque mi intención no era tanta, a Mireya, la querida de Reyes. El día usted lo sabe y la hora también. A Reyes lo conozco desde hace quince años; lo sé con exactitud porque ésa es la edad de Volodia, el hijo que tuvo con Ekaterina, la rusa.
¿Que eso no importa? Usted verá que sí. Ya estoy condenada, déjeme hablar, hablar hasta por los codos y las rodillas, que buena falta me hace.
Reyes y Ekaterina vinieron a vivir en el cuarto de al lado cuando él terminó de estudiar en Rusia. Sí, en aquel entonces se decía Unión Soviética, pero como mi tío, el que me crió, aquel calvo que está en el último banco, siempre dijo Rusia, pues así digo yo cuando no estoy con mi hijo Miguel, porque a él no le gusta así. ¿Mi hijo? Catorce años, uno menos que Volodia. Sí, él sabe que yo maté a Mireya, y está un poco atemorizado, aunque en el fondo sé que está orgulloso de mí. Soy soltera, señor, y tengo compromisos en plural no sólo con hombres, que eso es lo de menos, sino con otras personas y sobre todo con varias cosas que supongo que se llamen ideas, no sé mucho del lenguaje.
Le decía que Reyes y Ekaterina eran mis vecinos. Le seré franca. La primera vez que la vi, a Ekaterina, me pareció insoportable, estirada, era una rusa de la cabeza a los pies, tan blanca que dejaba pasar el sol por sus ojos, con el pelo rubio medio enredado, y era delgada como una caña tierna, y para colmo venía preñada. Parecía un fideo con un nudo en el centro.
Lucía orgullosa, respingada, y entró en el pasillo sin saludar, hasta molesta cuando Reyes empezó a repartir besos y abrazos. Imagínese, usted sabe cómo somos nosotros, por más que le pese, usted también debe ser así. La curiosidad puede más que la decencia, y en cuanto tuve oportunidad me metí en el cuarto de Reyes. Eso fue a la semana de haber llegado ellos. Desde que me asomé (con el plato de arroz con leche en la mano, para disimular) sentí ese olor a nuevo, a tienda, que tienen los cuartos cuando se visten por primera vez. Sí, porque Reyes y Ekaterina trajeron todo de Rusia, parece que para hacerse la idea de que seguirían viviendo allá. Figúrese usted, con tanta bulla, tanto calor y tantas moscas, ¿cómo iban a lograrlo? Pero bueno, de eso se encargó el tiempo. Ella se puso de pie cuando me vio, a la defensiva, como hacen las gallinas cuando una perra olfatea la jaula, pero yo le extendí el plato y sonreí, con mis veintiséis años de mulata, y ella me dejó pasar.
¿Que eso no tiene relación con la occisa? ¿Qué occisa? ¡Ah, la muerta! Pero, por favor, déjeme hablar, claro que tiene relación mi historia con esa puta que maté sin querer. Tenga paciencia, ya me declaré culpable, escúcheme y que todos me oigan también, a ver si de alguna manera nos limpiamos un poco.
Ekaterina no sabía ni papa de español, me di cuenta aquel día. Quería darme las gracias, y no podía. Yo puse el dulce encima de la mesa, y le tomé las manos. Cuqui, dije yo, ¿y tú? Estaba desesperada, pobrecita. Entonces puse su mano encima de mi pecho y repetí: Cuqui. Así varias veces, hasta que ella, porque era inteligente la muy cabrona, se dio cuenta y dijo: Cuqui. Luego hice lo mismo con mi mano en su pecho, diciendo Ekaterina, Ekaterina.
¿Reyes? No, hijo, Reyes estaba en el trabajo, si llega a estar allí, no habríamos logrado ni una palabra. Ustedes los hombres son tan torpes que lo complican todo y lo echan a perder. Busqué una cuchara y le di a probar el arroz con leche, que óigame, difícil que la mujer de usted lo haga como yo, con cascarita de naranja dulce y canela molida por encima, sin que se ensope el arroz, y con la leche… perdón, ahora sí me parece que me desvié un poco. Es que ¿sabe usted? fue así como Ekaterina aprendió español. Yo le iba diciendo Arroz, señalándolo, Leche, Azúcar, cogiendo los granitos con los dedos, vaya, como se dice, de forma audiovisual, y mientras tanto la barriga de Ekaterina creciendo.
Todavía mi hijo Miguel no existía, así que yo tenía tiempo de sobra. Mi tío salía desde temprano para la tabaquería, y yo iba a la bodega a comprar mis cosas y las de Ekaterina, luego cargaba agua para las dos, y ya al mediodía empezábamos las clases. ¿Que por qué lo hacía? ¿Será usted bruto, con perdón, o es la estupidez propia de los hombres? Para mí era una diversión inmensa, me hacía la idea de estar viajando, tenga en cuenta que yo no he salido más allá del túnel de La Habana. Ella me iba diciendo poco a poco su historia, a medida que agarraba las palabras que yo le daba. Un día extendió un mapa enorme encima de la cama y me fue señalando dónde nació, dónde estudió, el lugar en que conoció a Reyes. Decía: Gusta mucho, Rey. Ella le decía Rey, y se ponía una corona de aire en la cabeza. Claro que entendí. Para ella era como un rey. Yo le dije: No, Ekaterina, todos hombres ser cabrones, ser diablos. No sé por qué le hablaba así, como los indios de los muñequitos. El caso fue que nos acostumbramos a estar juntas. Yo comí por primera vez en su casa sopa de remolacha, col y yogur, ella me explicó que se llamaba borsch, y óigame, los cubos de té que me daba eran imponentes.
No, yo nunca le presenté a Osvaldo, el padre de mi hijo, ni él tiene nada que ver con este asunto. Es más, no voy a decir sus apellidos ni su dirección, él es casado, y aunque es el hombre que más me ha gustado en esta vida (y he tenido unos cuantos), tiene la cobardía natural que yo me conozco de ustedes; no creo que soporte una sola pregunta. En aquellos días Osvaldo iba mucho a mi cuarto, y en un descuido mío quedé embarazada. Cuando me di cuenta ya era tarde, y no me arrepiento, Virgen Santa, Miguel es lo mejor y casi lo único que tengo en esta vida.
¡Cuqui, venir, venir! fue como Ekaterina gritó cuando se puso de parto. Reyes estaba para las minas y no llegaba hasta dos días después. Pasé las de Caín ayudándola a bajar la escalera de caracol de la cuartería, y en la calle no había ni un gato. Al fin capturé a un policía en moto que nos hizo el favor de llevarnos al hospital. Volodia nació flaco y transparente como su madre, y si usted la hubiera visto, llorando y diciéndome: spasiva Cuqui, spasiva. Bueno, aquello fue del carajo. Dice mi tío que eso se llama el alma rusa, pero yo creo que era algo más.
Me encargué de hablarle en español a Volodia; Ekaterina y Reyes sólo hablaban en ruso, y figúrese, ese angelito tenía que aprender de mí, y buenísimo que resultó cuando creció. Como a los ocho meses de nacer Volodia, llegó el día de mis dolores de parto.
Le pedí a Ekaterina que cuidara a mi tío, que yo iba sola al hospital. Miguel fue un tronco desde el primer día, tragón, grande y hermoso como su padre. ¿Y sabe usted una cosa? La única visita que tuve fue la de Ekaterina. Llegó bajo la lluvia, y cuando la vi, ensopada hasta los talones, con un termo de té y un pozuelo de arroz con leche, no sabía si echarme a reír o a llorar. ¿Quién ha visto a una rusa haciendo dulces criollos?
Nuestros hijos crecieron juntos, con decirle que Miguel tiene delirio con el té, y Volodia, Dios mediante, debe seguir enviciado con el café carretero que yo hago. A Mireya la vi por primera vez en el cuarto de Reyes y Ekaterina, hará cosa de cinco años. Reyes la llevó allí porque, según dijo, era una famosa alergista y quería que viera a Volodia, por la tos del niño. Me dio mala espina desde que la vi. Llamé aparte a Ekaterina y le dije: No es buena, no la dejes estar aquí en el cuarto. ¿Por qué, Cuqui? Haz lo que te digo, rusa, y no preguntes tanto. El caso fue que Mireya empezó a visitarlos todas las semanas, y hasta llegó a preguntarme si yo aceptaba que ella le pusiera tratamiento a Miguel, que de vez en cuando tosía por la noche. No señor, siempre supe que los niños tosen en La Habana Vieja por el polvo de las paredes, eso se les quita cuando crecen, yo sí la espanté rápidamente, y un buen día dejó de ir por allá.
Ekaterina consiguió trabajo como traductora. Eran los años en que el ruso estaba de moda. Llevaba los escritos para el cuarto y en una máquina de escribir rarísima, de esas del tiempo de Nana Seré, pasaba horas y horas traduciendo. Yo me encargaba de llevar los niños a la escuela, y de todo lo demás. ¿Yo? ¿De qué yo vivo? De lo que gana mi tío, de las visitas de Osvaldo, y de vender arroz con leche. No es mucho, pero me las arreglo, señor, y Ekaterina me ayudó mucho, muchísimo. También vivo de la ilusión de lo que he leído, a mí no me apena decir que he leído a los rusos. Todo empezó cuando ella consiguió libros traducidos para ayudarse en su trabajo, y me animó a leerlos. Yo le advertí que no resultaría, que yo no llegaba ni al final de los periódicos, pero ella insistió tanto que empecé. Óigame, yo creía que los hombres rusos eran toscos y brutos como los osos, con los dedos cuadrados y los muslos fofos de no usarlos como es debido, hasta que leí Ana Karenina. ¡Válgame Dios! Eso sí que es una novela, no las de la televisión. ¿Y qué me dice de Chejov? Era el preferido de ella. Me acuerdo que siempre que terminaba La dama del perrito se echaba a llorar. El alma rusa, decía mi tío, pero yo creo que era ella misma la que lloraba, no el alma.
Las cosas que habían comprado se fueron destiñendo en el cuarto, y ella se ponía furiosa con cada cucharón de madera que se partía, con los relojes en forma de llave del Kremlin que se detenían, cansados para siempre, oxidados por el salitre, y sobre todo cuando se despegó la foto inmensa de la catedral de San Basilio, que los niños usaron para papalotes.
A mí todo eso me pareció natural, siempre le dije que las cosas rusas eran una mierda, pero comprendía su dolor, y déjeme decirle, a mí también me daba pena. Estábamos tan acostumbrados a los relojes de pulsera que pesaban una tonelada y a los zapatones que parecían de ladrillo que, cuando de pronto desaparecieron, no sabíamos qué hacer. ¿Y qué me dice de la carne enlatada? No, no voy a bajar la voz, yo no tengo pelos en la lengua ni horchata en las venas, mucha hambre que matamos con la carne rusa y con las manzanas de pomo. Es verdad que sabían a rayo encendido, pero ¿ahora qué? Ahora ni trueno ni rayo ni la madre que los parió. Pobre Ekaterina. No eran sólo sus cosas las que se desmoronaban. Reyes empezó a hablar en voz alta, y a gritar también, en ruso siempre, y Volodia, angelito, salía corriendo y se metía en mi cuarto. No fueron pocas las noches en que durmió con Miguel. Yo me quedaba muy preocupada, pero al día siguiente Ekaterina seguía tecleando y Reyes volvía a las minas, a veces por toda una semana.
Uno de esos días, mientras yo vendía mi arroz con leche en el parque, vi a Mireya. Me preguntó primero por Miguel, luego por Volodia, y al fin por Reyes: que si yo sabía algo de él. ¿Para qué lo buscas?, dije yo. Para saludarlo, nada más. Eso dijo, y entonces supe que se había acostado con él. Recogí mis cantinas y me fui. Tuve por primera vez la seguridad de que todo se acababa. Yo también preguntaba por Osvaldo cuando se me perdía más de la cuenta. No, no es igual, no se vaya a creer que Mireya y yo tenemos algo en común por estar con hombres casados. Mira que se lo dije a Ekaterina: ¡Muchacha, deja esa bobera de hablar en ruso todo el tiempo con Reyes!, cuando te acuestes con él tienes que decirle Papi riquísimo, me vuelves loca. Ella se reía y se reía y se ruborizaba como una niña; no me hizo caso, y mire, ahí tiene el resultado.
Hace más de un año que fue por última vez a mi cuarto. A mí me extrañó verla tan tarde, con el último vestido ruso que le quedaba y que sólo se ponía cuando iba a entregar las traducciones en el Palacio de las Convenciones.
No sabía cómo decirme que se iba. Empezó por recordar el primer arroz con leche que le llevé, el día que nació Volodia, los fines de año que festejamos juntas, abrazando a los niños por el frío. ¿Es que vas a escribir tus memorias o qué diablos te pasa? Que me voy, y que me llevo a Volodia, y que no vuelvo más, y que apenas puedo aguantar los deseos de llorar, y con la misma se me echó al cuello, con una fuerza que, óigame, yo le digo a usted que no nos caímos por puro milagro.
No despiertes a Miguel, no puedo despedirme de él. Luego tú le explicas. Y ya se iba corriendo por la escalera de caracol, cuando yo, todavía asombradísima, le caí atrás y le grité: ¡Oye, Ekaterina! ¿Te hace falta algo? ¿Te puedo ayudar? Sí, me gritó, suerte, deséame suerte, Cuqui. Y se largó. El llanto de Volodia todavía lo tengo clavado aquí, en el mismísimo centro del pecho, y el recuerdo de su carita de angustia a través del cristal del taxi todavía me despierta por la noche.
Todo lo ruso se fue. Yo ya estoy cansada de lo que viene y se va. Se puede ser fuerte, pero existe un límite; no hay que exagerar. Ya ve, yo también lloro, y eso que no tengo el alma rusa que dice mi tío.
¿Cómo? Sí, señor, ya estoy terminando. No habían pasado ni tres meses cuando Mireya llegó y se instaló en el cuarto de Reyes, con el desparpajo de una mujer que está de vuelta de todo. Empezó por hacer una limpieza general, y fue sacando uno a uno los muebles para el pasillo, y los restregaba con un cepillo así de grande, y tiraba agua y más agua, pero qué va, el olor de Ekaterina y de Volodia estaba allí todavía, y a una le parecía que en cualquier momento iban a aparecerse por detrás de la puerta pidiendo café acabado de colar.
Mireya lo sabía, y estaba desquiciada con la tiradera de agua, que ya era por paredes y ventanas, hasta por el techo, que también cogió su ramalazo de jabón. Yo soporté todo aquello en silencio, me repetí muchas veces que no era asunto mío, más me dolía la tristeza de Miguel que la alegría de Reyes, pero usted comprenderá que no me era fácil.
Reyes cambió mucho. Yo creo que del trabajo lo botaron porque siempre estaba allí con ella, ayudando a renovar el cuarto. Me llamó la atención cuando empecé a verlos con bultos y maletas saliendo y entrando, pero traté de tranquilizar mi encabronamiento repitiéndome que no era problema mío. Pues resulta que estaban vendiéndolo todo, y por dólares, fíjese usted, yo lo supe varias semanas después cuando estaba en mi sitio del parque con mi cazuela de arroz con leche, y los vi, tres bancos más allá, exponiendo las cosas sobre el césped, como si fueran gitanos. La gente se detenía y cogía cada objeto para examinarlo y a mí se me estrujaba el corazón reconociendo desde lejos los primeros zapaticos de Volodia, la bata de maternidad de Ekaterina, el velocípedo en que rodó mi hijo Miguel, el juego de cazuelas esmaltadas con flores rojas. Hasta las matrioshkas estaban allí en hilera, de mayor a menor, como las ponía Ekaterina encima del televisor. Y yo allí, viendo cómo se evaporaban los recuerdos, una parte de mi vida. Para serle franca, fue allí, en el parque, donde me nació la idea de golpear a Mireya. A Reyes también, pero me acordé de Ekaterina poniéndose la corona, y lo dejé pasar. Tarde o temprano Ekaterina se va a enterar de todo, y sé que no me perdonaría si yo destimbalo al desgraciado ese, que bien vistas las cosas es hasta más culpable que Mireya.
El cucharón con que sirvo el arroz con leche, regalo de mi tío, pesa más que el carajo. Esa mañana llegué al parque bien temprano. Yo nunca me fijo en el sol ni en las nubes, pero ese día sí, qué curioso, ¿verdad? Había un cielo azul claro, clarísimo, tan claro que se parecía a los ojos de Ekaterina, y yo no sé por qué le sonreí al viento, plenamente satisfecha.
Le di tres golpes en la cabeza, con toda la fuerza que tienen mis brazos de mujer. Yo sé que usted no me lo va a creer, pero no estaba en mis planes matarla, lo único que quería era castigarla como se merecía la muy puta. ¿Qué dice? No, no me arrepiento. ¿Qué quiere que le diga? Mire, si algo tengo que lamentar, es que la sangre de la puñetera esa salpicara tan irremediablemente los libros de Tolstói y de Chejov que estaban, tirados en la hierba, como esperando clemencia bajo el sol.