Cuento

Las aguas del abismo

Las hordas de los perros del hortelano, implacables e innúmeras, desertaron al fin la biblioteca; la temporada de la caza de exámenes había terminado; pude volver tranquilo a la sala grisblanca con algo de templo y de sepulcro, colocar mi carpeta sobre una mesa a dos…
Félix Lizárraga12 min08 feb 2026

Las hordas de los perros del hortelano, implacables e innúmeras, desertaron al fin la biblioteca; la temporada de la caza de exámenes había terminado; pude volver tranquilo a la sala grisblanca con algo de templo y de sepulcro, colocar mi carpeta sobre una mesa a dos a la última de a uno acababa de adelantárseme una vieja, pisándome de paso con un tacón como una daga; entregué mi pedido a la bibliotecaria de cara de vinagre, me dispuse a esperar en el sofá mullido del vestíbulo, encendiendo un cigarro que, bien lo sabía yo, iba a multiplicarse por tres o cuatro mientras venían los libros, siempre traídos por sabe Dios qué sádica tortuga; extendí el pie adolorido, me eché atrás, me puse a ver pasar la variopinta fauna de biblioteca (pido disculpas por lo de variopinta; es palabreja que abunda en las usuales traducciones del ruso tanto como escasea en la literatura de lengua castellana, del Mio Cid a la fecha, supongo por las mismas, recónditas razones; la apunto sólo porque se me ocurrió allí mismo, nunca para dar pie a comentario alguno a posteriori o margen, literarias malicias a las que soy ajeno; ojalá se vacíe alguna mesa sola, pensaba yo también; he entresacado, a modo de ilustración circunstancial, un par apenas de las mil y una cosas que me vinieron a la mente durante los minutos de la espera; constatar siquiera una centésima parte de su total es tarea a la que renuncio de antemano; aun cuando la memoria lo conservase todo como dicen que hace en realidad, lo que sucede es que no poseemos, al menos todavía, la llave que abre esa pandórea caja no me hace falta alguna ese conocimiento incluso ahora, que me afano en reconstruir un par de horas escasas de una tarde invernal; necesitara en caso tal seiscientas páginas para cada minuto, no las menos posibles en que intento apretar esta historia; sin contar con que el tiempo, la memoria, sinónimos acaso, no son eso que el vulgo entiende como tales -pero cierro el paréntesis);

así sentado, fumaba yo, esperaba; un viento repentino —maldito invierno— hacía hablar el metal de las persianas, ululaba allá afuera, anacrónico coro de plañideras árabes; me arrebujé en mi abrigo —maldito— sin resultado —invierno—; de este modo llegué al segundo cigarro; mi caja de fósforos callaba (pero yo hubiera jurado que estaba llena), y hube de recurrir a mi recién vecino de espera; admiré unos instantes, tras prender mi cigarro, el viejo encendedor, pesado, de un metal oroviejo, delicados relieves figurando uno como dragón que vomitaba asiático florescencias de fuego; lo devolví a su dueño —ojos claros, mi edad, suéter rojogastado de rombos arlequinos, poco que ver con el objeto que parecía pedir para hacer juego algún señor maduro de traje y portafolios; regresé a mi cigarro;

una de las ventajas indiscutibles del cigarro es que permite colmar o fabricar las pausas que uno quiera, cuando uno quiera; yo, por qué no confesarlo, casi siempre las quiero; no soy tímido, pero tampoco especialmente sociable; en general prefiero fumar a conversar, aun con aquellas personas que prefiero; eso me ha hecho ganar reputación de tipo comprensivo, lo que tampoco es especialmente cierto; y de discreto, cosa que sí es verdad, aun cuando no lo sea por convicción especial, sino, más bien, por pura indiferencia (todo este análisis de personalidad, tal vez exacto, no lo he hecho yo, lo que fuera un estímulo aunque un esfuerzo que no haría por mí mismo, sino Martha, con el agravante de que poco a poco, con el paso del tiempo, ha ido volviéndose su tema favorito, a cualquier hora; al principio a ella le encantaba, por ejemplo, que yo fumara despaciosamente después de cada amor; le parecía muy chic, muy cosa de película —ella no fuma, claro—; ahora ha dado en decir que el humo le da alergia, lagrimea y se frota la nariz para demostrarlo, lo cual, amén de ser una burda artimaña, pone en peligro de extinción la poca nariz que tiene; a mis observaciones sobre el particular, ella responde que no hay motivo para preocuparse, ya que yo tengo suficiente nariz para los dos, y sobra; etcétera; pero lo que a ella le molesta, a pesar de sus campañas antinicotínicas, no es el cigarro —sería lo de menos—, sino lo que me hace fumar, que es como decir que le molesto yo; cuando se lo insinúo, monta infaliblemente en cólera —feroz cabalgadura—, llora y protesta que estoy cansado de ella y que por eso invento —yo— cosas como ésa; la calmo, la consuelo; hacemos el amor; más tarde fumo; vuelve el ciclo a empezar);

todo este paréntesis interminable no es más que una intentona, algo excesiva, es cierto, por dejar claro que no soy el lobo estepario, pero que no me gusta conversar; por lo menos, no especialmente; y que el fumar me sirve de coraza o caracol como a otros de trampolín, enlace o contraseña —¿tiene fósforos?, por ejemplo, y de ahí a charlotear de cualquier cosa, desde pelota a sexo—; y, en fin, que no veo por qué tendría que ser de otra manera; lo que la gente llama conversación no es hablar de verdad, sino cambiar palabras, o darse mutuamente la oportunidad de reforzar los egos respectivos por medio de abundosas excreciones verbales, que al otro no interesan; o soltar y escuchar palabras para no pensar; o sentirse, de tal modo, cointegrantes de algo, como el círculo de humoristas del cuento que tenían ya todos sus chistes sabidos y numerados, torciéndose de risa en cuanto alguno citaba el diez, o el veintidós; o cualquier cosa, en fin, excepto una conversación verdadera, entendiendo por conversación verdadera el intento de comprender a sí mismo y al otro con ayuda del verbo —y esta definición es pobre y es oscura, pero me extiendo demasiado y necesito contar una historia, ceñirla paso a paso para entenderla, y a cada paso me aparto del camino en pos de alguna de mis ideas fijas (afirma Martha, a propósito, que soy esquizoide, y además obsesivo; ella debe saberlo, pues estudia Psicología, esa carrera demencial); las ideas fijas, que son como mariposas y como señuelos que van tentando fuera de su camino al narrador—;

acabando de una vez con digresión tanta diré que, para asombro mío y escándalo del universo, los libros que pedí me fueron entregados antes de terminar el segundo cigarro; cojeando me dirigí a mi mesa, no sin antes comprobar que ninguna de a uno estaba libre —la vieja del tacón volvía hacia mí un cráneo que brillaba, ceroso, bajo unas greñas grises cuidadosamente presilladas—, fumé lo que quedaba del segundo cigarro, abrí un libro, empecé a leer; no hay sedante que iguale —ni siquiera el suave movimiento, el ballet en ralentí de los peces de acuario tras el vidrio— a la prosa geométrica de un ensayo francés, aun traducido; está todo tan en su lugar como en la fachada del Petit Trianon, y el efecto es el mismo; el de algo armonioso, preciso, no muy imponente, es cierto —la imponencia es virtud sajónica, un poco de juguete, pero calculado hasta la millonésima de fracción—;

busqué, a tientas y mecánicamente, el cigarro tercero y la caja de fósforos que bostezó vacía cuando la abrí (pero yo hubiera jurado que estaba llena); mi recién vecino de mesa me tendió una fosforera metálica, pesada y oroviejo con un reptil llameado que reconocí al tiempo de intentar, vanamente, prenderla; ardió al instante sin embargo, de un chispazo esmeralda, en manos del vecino; le brindé otro cigarro; gracias, dijo, no fumo; yo volví a mi lectura; ¿Medusa y Cía?, preguntó al rato; ¿qué?, dije yo; Medusa y Cía, repitió, que si es lo que estás leyendo; le dije que sí; no es mal libro, dijo; lo miré; tenía tanta cara de habérselo leído como yo de San Juan Evangelista; en lugar de eso le pregunté si lo había hecho; sí, hace tiempo, no está mal, pero no acaba de gustarme, aunque contiene una idea muy interesante, o más bien la sugiere; ¿cuál?, le pregunté, ya resignado, esperando llegase pronto en mi socorro alguna de las avinagradas bibliotecarias y nos mandase callar; la idea de la naturaleza como imaginación, sonrió mi vecino con los ojos verdes, gatofelinos; Caillois encuentra analogías entre la actividad natural —verbigracia, dibujos del mármol y las mariposas, ocelos y danza de la mantis— y la humana —pintura, mascaradas rituales de las edades líticas— (se veía absurdamente joven, mi vecino, pronunciando palabras como aquéllas con su tranquilidad); natura naturans, natura naturata, indecisión, indefinición, intercambiabilidad de ambas; luego esa idea tiene como un segundo encanto, y es que podemos invertirla, virarla del revés como un bolsillo, y encontrar en su reverso una idea no menos interesante, la de imaginación como naturaleza, le dije que eso de virar las ideas del revés no parecía un procedimiento precisamente respetable, ni muchísimo menos; al contrario, me afirmó mi vecino, es ésa la piedra de toque de las ideas; las ideas que perecen, tripas al aire, al ser viradas del revés son las ideas pulpo, las ideas sin verdadero agarre natural; pura dialéctica, mi socio; en este caso, de todos modos, no veo la relación, un poco molesto, aunque ya interesado; ¿cómo que no?; la imaginación como naturaleza, es ya una idea platónica, por no ir más lejos y remontarnos al maya hindú o al hugalaya de los tibetanos; son cosas muy distintas, dije yo; tan sólo en apariencia, dijo mi vecino de suéter arlequinado; el mundo como emanación aparencial del topus uranus, pleroma o sefirot, y el mundo como tejido de apariencias o rueda de metamorfosis ilusorias nos viene resultando, a estas alturas, el mismo perro con distinto bozal; una fuente de imágenes, el soterrado trípode de las madres o ménades —mónadas, perdón— crea y contiene en sí, en tales concepciones, todo lo que percibimos en duración, duración incluida —el tiempo es, sin duda alguna, la mayor ilusión, o sea, como dirían los físicos, nuestro continuum espacio-temporal, el mundo—; dejando a un lado, como cosa ociosa, las connotaciones ontológicas y el llamado problema último de las filosofías, esta idea arroja fecundas iluminaciones sobre la cultura humana, pues ¿qué es esa cultura, sino una segunda naturaleza, creada, creadora, la cual, sirviendo de habitación al hombre, espacio segregado, constituye por tanto la natura más importante y vital para él?; si invertimos la famosa sentencia de Thomas Browne, según la cual todas las cosas son artificiales, pues la Naturaleza es el Arte de Dios, tendremos que todas las cosas son naturales, puesto que el Arte (techné o poiesis, actividad creadora) es la Naturaleza del Hombre, idea de una mayor fertilidad desde este punto de vista; las ideas, pues, son tan naturales como un plátano o como este cigarro que, dicho sea de paso, se ha acabado;

tendió su fosforera y yo, de manera mecánica, el cigarro, la llama se elevó verdeprofundo; ¿qué gas tiene esa cosa, pregunté, que ha dejado al cigarro como un sabor de azufre?; eso se le pasa, dijo mi vecino; el azufre, en este caso, es sólo una señal; ¿una señal de qué?; el vecino se reía con ojos verdelucientes, ¿de qué hablábamos?, dijo, de la imaginación, creo yo, le respondí; tenemos entonces que la imaginación resulta el ser más preciado, el ser del hombre y su natura —naturata y naturans, y perdona que insista en tales latinajos, pero me gustan tanto—, precioso más que el alma misma; le pregunté qué entendía por el alma, y me dijo que era un viejo concepto, demodé y en desuso, pero muy interesante, lástima no pudiéramos hablar ahora un poco sobre el tema porque había recordado que tenía una cita, que otro día nos veríamos, levantándose, mi nombre es Ofiel; Efraín, dije yo; su mano era fría, mano de gente muy blanca; se alejó, ancha espalda, suéter rojogastado, cojeando un poco;

afortunadamente, la vieja del tacón se había ido, Dios sabe cuándo o cómo; ocupé feliz su asiento junto a la ventana de persianas metálicas que el viento ululante estremecía; al sentarme toqué algo con el pie dolorido; una polvera antigua, de un metal como bronce; supuse que, de seguro, se le cayó a la vieja; me miré en el espejito ovalado, y decidí peinarme; aquí termina lo normal del relato; cuando volví a mirarme en el espejo, vi en el lugar del mío un rostro de muchacha —miré atrás; miré el espejo; me miré yo (sin espejo); lo acerqué bien (el espejo); la muchacha tenía ojos verdiamarillos; vestía un como ropón basto, atado a la cintura con un cordón trenzado; en los cabellos largos, oscuros, revueltos, llevaba flores, muchas flores, flores sin orden ni ganas de adornar, sencillamente flores, amarillas y verdes, enredadas dondequiera; no estoy seguro de que fuese hermosa; parecía muy cansada; permanecía de pie, centinela descalza, junto al gran espejo; me echó los brazos al cuello, me miró de muy cerca, ojos verdedorados, ven, es la hora; nos cercaba una tiniebla profunda, cavernosa, total, y el resplandor verdehumo del espejo, ¿venía de tras de mí o del mismo espejo, adonde ella señalaba, ven conmigo?; eso no es una puerta, es un espejo, dije; no es un umbral, dijo ella, es una puerta de luz, te lo ruego, amor mío, recuerda; es la hora de buscar, ¿de buscar qué?, la hora de buscar, buscar la fresa, buscar la copa, da igual, es lo mismo, se iba echando hacia atrás, fresa de piedra, vaso de dulce carne, o yo estaba cayendo sobre ella, néctar es sangre, íbamos a caer abrazados sobre el espejo, sima es cima, que ahora era como una mesa, soma es soma, y como una gema fulgurante, summum sum!; ven, es la hora, sabemos lo que somos, mas no sabemos lo que podríamos ser, caíamos ya; algo, un repeluzno, me hizo desasirme bruscamente de sus brazos, recuerda, amor; la polvera cayó al suelo con sonido metálico y pesado; una saeta última de sol dio sobre la tapa y vi brillar un áureo instante, borrosa pero allí, las escamas de la sierpe de fuego.

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