Historias de Olmo
Viaje a China
Olmo se abrocha los zapatos, va a China, vuelve de China y se desabrocha los zapatos.
Periplos
Olmo viaja de La Habana a París, de París a Barcelona y de Barcelona a Feldafing. En Feldafing toma el tren equivocado y en vez de ir a Erding, como era su idea, va a Tutzing. En el trayecto se le ocurre que quiere visitar la estación de Hackerbrücke. Le gusta la palabra Hackerbrücke. Pero le tiene miedo. Dice: «Hackerbrücke: palabra que te parte los dientes». También le gusta la palabra Mühltal, otra estación. «Palabra que parece una vaca.» Finalmente se queda dormido en el tren. Ya es tarde para ir a Erding. Pero piensa que algún día irá a Erding. Y a Gauting. Y tal vez a Eching. Y vuelve a quedarse dormido soñando con la palabra Pasing.
Decepción
Olmo llega muy abatido, se sienta en el sofá y explica su decepción con el lenguaje. Explica que las palabras ya no sirven para nada: —¿Qué es la palabra calabaza sino una calabaza vacía? Dice también acerca del lenguaje: —De acuerdo. Es una escalera para subir a las cosas. Pero una escalera con defectos. Subes y te caes. Se ve muy abatido. Entonces a la abuela de Olmo se le ocurre la idea de cantarle una nana y Olmo se va quedando dormido y tiene un sueño muy bonito en un mundo sin palabras.
Blatta orientalis
Olmo quiere suicidarse y escoge un hotel barato. Se sube a la cama y hala la lámpara del techo por si se cae y ve una cucaracha en la pared. ¡Olmo siente por las blatta orientalis un terror ancestral! Ahora la cucaracha está dentro de uno de sus zapatos al pie de la cama y Olmo no sabe qué hacer. Se acuesta sin hacer ruido y se tapa de pies a cabeza y se hace el muerto mientras imagina un mundo sin blatta orientalis.
De la soledad de los acontecimientos
Cuenta Olmo: —Ningún acontecimiento está solo en el mundo, señores. Verán. El taimado Gordolobo es mi vecino. Si pego el oído puedo sentir a Gordolobo apretarse contra la pared y cantar con voz espantosa y vestido de campesina bávara operetas lascivas. Cuando nos cruzamos Gordolobo me sonríe porque sabe que yo sé de su abyecta naturaleza. Ningún acontecimiento está solo en el mundo. Napoleón veía venir un zorro desde el campo enemigo y sabía que la batalla estaba perdida. Una vez una rata se coló por la cañería de mi apartamento. Gordolobo había conseguido expulsar a los filipinos del entresuelo porque los domingos hacían «curas de risa». Pues bien, materia nigra, narratio brevis: la rata, la rata traída a colación, llevaba en la boca el brazo de una muñeca. ¡Ninguna rata viene del infierno, señores! Y mi rata provenía ¡lo aseguro! del piso de los filipinos. Gordolobo tampoco ama a los perros. Ni a las flores. Deja que se sequen en la ventana como una advertencia para todos.
Olmo no puede pensar
Olmo llega muy sobresaltado y dice que no puede pensar. Que le han echado una brujería en la puerta de la casa —«¡una gallina muerta con un lacito rojo amarrado a una pata, oh!»— y que no puede pensar. Nadie sabe qué hacer con Olmo que se sostiene la cabeza con las manos y repite todo el tiempo lo mismo: que no puede pensar.
Del uso de las metáforas
El día es tan bello que un amigo de Olmo se siente perturbado. Piensa que el sol es una naranja que rebota en el horizonte. En eso se topa con Olmo que viene pensativo. El amigo le dice a Olmo: «¡Olmo, fíjate qué día más bello, el sol es una naranja que…!». Olmo lo mira como si hubiera visto al diablo y echa a correr mientras grita: «¡Necio, necio!».
Pruebas
Cuenta Olmo: —A veces esperas que la realidad se te vuelva una lámina. Entonces crees que la tienes. Pero no la tienes. Pues no basta con laminar la realidad. Tampoco basta con que enciendas un cigarro en busca de profundidad. A veces en busca de profundidad se pierde en realidad. Y viceversa. Una vez un filósofo le dijo a otro filósofo que era probable que en la sala donde estaban hubiera un rinoceronte. Que de la realidad podía esperarse cualquier cosa. Que era probable que en la sala donde estaban hubiera un rinoceronte y que no faltarían pruebas para tal aseveración. El otro filósofo le contestó que no había suficientes pruebas para tal aseveración. Que de la realidad no podía esperarse cualquier cosa. Que no había un rinoceronte en la sala donde estaban y que no faltarían pruebas para tal aseveración. Cuenta Olmo mirando a la profundidad de la sala.
Escritor
Olmo se topa con un escritor que se jacta de no escribir. «¡Veinte años sin escribir!», rechina los dientes el escritor muy cerca de la cara de Olmo. El escritor arranca un pedazo de papel, hace unos garabatos y se lo da a Olmo: «¡Esto es lo único que tendrán de mí!». El escritor enciende un cigarro y dice más calmado: «Deberían darme un premio por mi silencio». Fuma y susurra: «Pero yo no aceptaría el premio». Se queda observando el humo del cigarro: «Y no iría a recogerlo».
Aqueronte
Algunas noches Olmo recibe la visita de Eulalia, su tía muerta. Ella suele hacerlo por lo general cuando Olmo intenta dormirse. «Ay Olmo, hijo mío, qué mala cara tienes, cariño.» Ella se sienta en la cama junto a Olmo y se pinta las uñas de las manos: «Rosado. Uno de mis colores preferidos», dice alargando las manos. Luego revisa las gavetas de la cómoda: «Olmo, mi amor, ¿cuándo aprenderás a doblar los calzoncillos, corazón?». Luego revisa los apuntes de Olmo sobre la mesa y lee en voz alta: «No tengo sustancia interior… y remo en el Aqueronte… como si de la vida se tratase… ¡Ay Olmo, por Dios, que te vuelves loco, mi vida!». Se pinta otra vez las uñas y dice estirando las manos: «Morado. Uno de mis colores preferidos».
Instrucciones para bajar una escalera
Olmo descubre una mañana que no sabe cómo bajar la escalera. (Sabe cómo subirla: ha leído un Manual de Instrucciones para subir una escalera. Pero no sabe cómo bajarla.) Olmo retrocede aterrado y busca en el librero algún Manual de Instrucciones para bajar una escalera. No lo halla. Sin embargo halla uno de cocina paquistaní y se hace una tortilla al curry un poco chamuscada pero en general bien.
La Convención
Una vez Olmo se asomó a la ventana y vio un pájaro mecánico posado en una rama. Sus piezas acoplaban perfectamente incluso al levantar vuelo. En los días siguientes Olmo vio otros pájaros mecánicos. Sobre su mesa de comer o volando en la lejanía. También en forma de puntos, instalados en el horizonte. Olmo se rascó la cabeza: «Culpa de La Convención». ¿Qué Convención? No lo sabía. Pero le fascinaba la idea de que Detrás de Todo Aquello se Ocultaba La Convención. Fue una dura época para Olmo, donde no escasearon las mayúsculas ni los pájaros mecánicos.
Turcos
Olmo quiere visitar H. pero le aconsejan que no vaya a H., que allí matan a los turcos. «¡¿Turcos?!», se sorprende Olmo. «¿Y yo qué tengo que ver con los turcos?» Se mira en el espejo. Nada especial en la cara. No, las orejas no. Los ojos tampoco. Ni la boca, se relaja Olmo. De pronto: la nariz. Olmo se queda estupefacto: «¡Dios mío, la nariz!». No que la nariz fuera turca pero. Había algo. Tal vez la punta. O la curva. Sabía Dios. «¡La nariz!» Olmo retrocede espantado, se mete dentro de la sábana y se tapa de pies a cabeza.
Sistema inflacionario
Olmo tenía entre sus planes escribir alguna vez un libro acerca del sistema inflacionario de las ratas en sus madrigueras. Decía de los machos: por lo general son rapaces, díscolos y mentirosos. De las hembras alababa especialmente su zalamería, su vaivén gramatical, su contoneo «espirituoso» entre las inmundicias acumuladas.
Perspectivas
Visto de espaldas, Olmo produce la trágica impresión de un acromegálico que mira a la lejanía. Visto de frente: una bola, una bola cómica que rueda a ras de los acontecimientos.