Cuento

Él es mi Pastor y nada me faltará

Todo está donde debe ser. El diablo en su catre, el pene hacia fuera, la vela encendida. Tiene las manos quemadas, por eso no puede frotarse el pene, pero el pene se erecta solo, muellea solo, y eyacula sobre un muslo.
Legna Rodríguez10 min05 feb 2026

Todo está donde debe ser.

El diablo en su catre, el pene hacia fuera, la vela encendida.

Tiene las manos quemadas, por eso no puede frotarse el pene, pero el pene se erecta solo, muellea solo, y eyacula sobre un muslo.

El diablo se levanta para lavarse el muslo que apesta a semen de diablo,

pero tiene las manos quemadas, TIENE LAS MANOS QUEMADAS, tiene el muslo quemado por el semen, tiene el alma quemada y por eso abre la puerta.

Hay un muchacho mirando el cielo.

Los calzoncillos del diablo le dan al muchacho risa porque al diablo se le caen los calzoncillos y el vello de su pubis se hace notable, apetecible.

Para el diablo es una suerte, adentro está el pene más erecto que nunca y el muchacho debería cogerlo entre sus dedos.

De hombre fuerte, piensa el diablo mientras le mira al muchacho los ojos.

Es un muchacho mirando el cielo y no una muchacha mirando el cielo, piensa el diablo mirando el cielo y aunque tiene las manos quemadas no perderá la oportunidad del amor.

El diablo en el portal de su puerta, y el muchacho en el portal de la puerta del diablo, y los dos mirándose con el rabo del ojo, olisqueándose con mutuo apetito, hasta que al muchacho le cae un insecto en el ojo y ya su rabo no ve lo que el diablo muestra, hasta que el diablo lo invita a pasar para soplarle el ojo con calma, suponiendo que la calma es: un minuto donde ocurre el tiempo aunque el tiempo esté quemado y la vida se aproxima a la cámara lenta y es posible la cámara lenta con una vela apagada y todo absolutamente todo está donde no debe ser.

Ten cuidado con mi ojo, por favor, dice el muchacho sin ojo. Y el diablo tiene un cuidado parecido a la calma.

Tiene las manos quemadas, por eso no puede sacar el insecto, por eso el insecto se va volando solo, por eso el muchacho se acuesta en el catre, se desnuda, y se vira.

Y el diablo se acuesta en el catre, se desnuda y le pega el pene al muchacho.

El pene entra por el túnel y se convierte en ómnibus, los pasajeros viajan agradecidos, cada uno con su equipaje y su calma, tranquilos, esperando que el ómnibus llegue, con un clima que hace que los pasajeros se duerman y se acurruquen uno encima del otro y se viren y se peguen.

Ten cuidado por favor, dice el muchacho cuando ya el diablo: n o p u e d e t e n e r l o porque el túnel va a derrumbarse y el ómnibus se quedará atrapado.

Todo está donde debe ser.

La botella junto al catre y el diablo en la ducha.

No se enjabona sino que deja que el agua lo moje, QUE EL AGUA LO MOJE, que el agua le enchumbe los pensamientos y lo pensamientos glu glu se ahoguen para siempre.

Tiene las manos quemadas, pero esto no impide que pueda agarrar la botella, sostenerla un momento y empinarse de su pico.

Para el diablo es una suerte, la botella parece un pene de cristal, dorada y querida como el muchacho querido, y los pensamientos glu glu se ahoguen para siempre.

Por eso se empina de la botella y chupa, y algo en el pubis se erecta, muellea solo, y eyacula sobre un muslo.

El diablo cambia la funda del catre, su muslo apesta a semen de diablo pero la funda nueva que pone huele a sábanas floridas, a semen de muchacho y nubes de papel, pero el olor de su semen es más fuerte que nada y por eso enciende la vela.

Hay una oscuridad a medias que despierta en el diablo un deseo de crimen.

Sus propios calzoncillos le dan risa y hambre, con seguridad hipocondría, picazón en los oídos, crecimiento de tumores en su glándula endocrina.

La botella brilla en sus manos y es una verdadera suerte que la botella no esté quemada.

El diablo decide vestirse, necesita pasear como todos los diablos.

Pasear y no asesinar, piensa el diablo de buen humor, el diablo de buen humor, el diablo de buen amor.

Con esa ropa tan nueva parece un diablo de cristal, cualquier muchacho se enamoraría enseguida.

Cualquier muchacho y no cualquier muchacha, piensa el diablo de cristal y chupa, y aunque tiene las manos quemadas se acuerda del muchacho como mismo se acuerda del fuego.

El fuego le quemó las manos y lo hizo aullar de dolor, aullaron el recto y el intestino delgado, y algunas hemorroides se le salieron al diablo como para dejar constancia.

El pene estuvo flácido dos días y dos noches, dónde está mi pene, pensaba el diablo, mi pene de mi corazón.

Al tercer día el pene resucitó de las sombras y subió al cielo.

La oscuridad fue claridad alrededor del diablo mientras el espíritu de una paloma negra volaba en torno a su pene, elevándose, suponiendo que un espíritu es: lo que desaparece hacia otras profundidades, como el fuego, distinto del fuego en forma y color, como el muchacho, distinto del muchacho en textura y pene.

Después que el ómnibus salió del túnel, otro ómnibus y otro túnel quisieron probar fortuna.

Entonces el diablo le dio la espalda y el muchacho se la besó con un beso interminable, alcanforado, lo cual permitió que el túnel se abriera de par en par y que el ómnibus avanzara deseándoles a los pasajeros una feliz estancia en el túnel.

Todo está donde debe ser.

El muchacho bailando rock and roll y el diablo por toda la ciudad, buscándolo.

Pero la música es casi lo único más verdadero que existe y el señorito x entrando en el baile que lo baile que lo baile que si no lo baila le doy castigo malo, salga usted que lo quiero ver bailar saltar brincar por los aires, y el señorito diablo entrando en la disco que lo busque que lo busque que si no lo encuentra le doy castigo malo.

Otro muchacho baila con el muchacho y brinda con el muchacho con una botella grande parecida a la del diablo, POR LA LIBERTAD, que no contiene lo que debe contener sino cierto mejunje ketaminílico, una droga ultramoderna como la flor de los siete colores, donde flotan peces y líquenes, POR LA LIBERTAD, pues la semana pasada fue una semana agotante, llena de poco ruido y muchas nueces.

Y primero la libertad se apropia de los oídos, la vista, luego del gusto y después del tacto.

Una libertad sin antecedentes y sin sucedentes, a excepción de que el mismísimo diablo en persona entrara por esa puerta y se llevara consigo al muchacho para hablar con el muchacho de diablo a muchacho, o de muchacho a muchacho, o de diablo a diablo.

Por el camino el muchacho recobraría la lucidez y una pantalla se abriría en su cerebro, enseñándole imágenes que no sabría aceptar, y se desmayaría, y el diablo tendría que llevarlo a cuestas.

Se acordaría de todo, suponiendo que todo es: el abrazo de dos muchachos que no saben darse la lengua ni quitarse sus ajuares, el beso de dos muchachos que necesitan cogerse la boca y nada los insta a salir corriendo, si es que hay que salir corriendo, sí, es que hay que salir corriendo.

Se acordaría de todo y de haber empezado a llorar, y de haber puesto la boca muy blanda para que alguien hiciera con su boca un amasijo o mejor un manantial, y se convirtiera su boca en la boca predilecta de alguien.

Y la libertad se apropia de su mente.

El muchacho se desmaya mientras se abre la puerta y entra el mismísimo diablo en persona.

Nadie lo reconoce y para el diablo es una suerte.

Ahora tendrá que llevarlo a cuestas.

Todo está donde debe ser.

La vela más encendida que nunca y la habitación más alumbrada que nunca, más sucia que nunca pero el diablo más feliz que nunca, sentadito al lado del catre, bebiendo de su botella.

Sobre el catre no puede echarse porque ya hay otro cuerpo echado, un cuerpo que aún no recobra el conocimiento.

Sentadito al lado del catre, bebiendo de su botella y el pene sin prepucio, hinchado, sin fuerza para entrar en ningún túnel pero ahora debe pasar la confronta y el túnel queda muy cerca, rum rum porque el ómnibus es Vanguardia Nacional y los pasajeros aplauden el servicio público, arriba el servicio público y abajo la privatización de la industria del transporte.

Dentro del cuerpo algo quiere resucitar, sin embargo con el diablo encima desde la una de la mañana ha sido y será imposible, ni siquiera porque se trata de un muchacho tan bello y joven, tan saludable.

El diablo ni siquiera ha insistido en despertarlo.

Salió a buscarlo y lo encontró enseguida, en una disco repleta de jóvenes, de muchachos jóvenes y no de muchachas jóvenes, pensó el diablo con una satisfacción de oreja a oreja, aunque el diablo no se fijó en los demás, olfateó un poco y reconoció al muchacho en el centro, descendiendo lentamente.

Lentamente como el amor.

Por eso es esta la sexta vez que lo pisa desde hace seis horas, sin que el cuerpo se despierte ni haya síntomas de vida.

Pero el sueño de los muchachos así, es un sueño más profundo que el amor, suponiendo que el amor es: la sexta esencia del éxtasis, la primer esencia y la segunda esencia, la tercera y la cuarta, y también la quinta, pero sobre todo, y esto lo sabe el diablo mejor que nadie en el mundo, la sexta esencia.

Son las siete de la mañana, el diablo no se baña pero se perfuma.

Sale y cierra la puerta con llave para que el muchacho no logre escapársele otra vez. Necesita comprar otra vela y otra botella, y ropa limpia para vestir al muchacho, porque iremos a cenar fuera, piensa el diablo lentamente, como el amor.

Se demora entrando y saliendo de las tiendas, entrando y saliendo, e n t r a n d o.

A las nueve compra una vela roja y a las diez un vino tinto que le recuerda su pubertad. Regresa distraído, su pene se erecta con el contacto de cada hombre que pasa, y él lo regaña pequeño pene vicioso, algo mejor nos espera.

Pero nada mejor los espera.

El muchacho no va a despertarse ni con seis velas encendidas ni con seis botellas de vino ni con seis diablos entrando y saliendo.

No hay muchacho, solo células rígidas que no resucitarán para siempre ni serán embalsamadas como debe ser porque cuando el diablo descubra la desgracia se le quitarán las ganas de todo y después de llorar seis noches seguidas y después de hacer luto, tirará el cuerpo a la basura.

La habitación apestará a muchacho y el diablo se entretendrá en acariciar sus ropas, unas ropas que apestan a nube y semen, pero sobre todo a nube.

Los años pasarán antes de que el diablo se ponga demasiado viejo y su curiosidad escudriñe las ropas del muchacho que una vez amó.

Encontrará un libro de bolsillo titulado Lot y sentirá celos.

Encontrará un pasaporte muy limpio, casi luminoso, la foto del muchacho en el pasaporte resplandecerá más de lo común.

Todo está donde debe ser.

El diablo en el portal de su casa, mirando alternativamente el cielo y un pasaporte que acaba de encontrarse entre las sábanas de su catre, y déjame encender la vela, déjame encenderla, contra.

El diablo está desnudo, como debe ser.

Hurga en la basura porque su portal apesta, todo apesta más que el semen y todavía hay restos del muchacho en la basura, suponiendo que el muchacho era: DIOS.

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