Tres tazas
A Zulema le gusta despertar de a poco, no soporta los golpes de sol como flashazos que entran por las ventanas de cristal, en cuanto Rachel corre las cortinas, dice que ya es tarde y deben prepararse. Transitar, de modo instantáneo, de la somnolencia a la realidad, le provoca a Zulema fuertes dolores de cabeza, una rabia reticente y un mal humor contra el cual ya no hay remedio: aunque Rachel ponga en el estéreo el disco de Edith Piaf, las canciones de Bod Dylan, incluso la antología de grandes voces del Jazz, nada podrá contrarrestar el humor de perros que Zulema arrastra de la cama al baño, del baño a la cocina y de la cocina a la sala.
Rachel trata de redimirse, desabotona un poco la blusa, desata el nudo que trae en el pelo, camina en puntas de pies, tararea bajo una canción de Janis Joplin y dice que ella hará el desayuno: remueve los huevos sobre el sartén, prepara el batido y le unta mantequilla a las tostadas, mientras Zulema enciende la computadora, revisa el correo y establece el itinerario del día. Durante el desayuno Rachel se esmera en limpiarse con la punta de la lengua las migajas de pan que se le pegan en los labios. Zulema mantiene su rabia muy cerca, atada a las patas de la mesa, pero en cuanto Rachel se baja los tirantes de la blusa, los gestos de la cara la delatan y aunque simule leer las indicaciones en la caja de leche, no puede desviar la vista de esos pezones rosados que como armas de alto calibre, le apuntan directamente al pecho.
La rabia, atada a los pies de la mesa, se echa al suelo como un perro cansado y se queda dormida sobre la alfombra Roja-India-Persa-wellcome to my house. Zulema cambia de ánimo, troca la amargura por ansiedad y aunque Rachel le diga que no muerda, que eso duele, ella aprieta los dientes, se sienta a horcajadas y dice que al que no quiere caldo, se le dan tres tazas.
Antes de salir a la calle deciden por dónde comenzar, con las direcciones de los pedidos electrónicos elaboran un mapa de calles, barrios y municipios. Trazan con una línea de puntos discontinuos las combinaciones de avenidas para viajar en taxi, sacan una cuenta rápida de cuanto gastarían en el pasaje y deciden que una vez más incluirían la comida en sus honorarios. Zulema prepara el bolso de ambas, siempre ha sido buena catalogando objetos de contingencia, además de los pintalabios, la colonia y los documentos de identidad, guarda preservativos, spray de pimienta, dos máscaras, un pomo de lubricante, una navaja pequeña y un par de javitas de nylon.
A la casa del primer cliente pueden ir a pie, queda a menos de un kilómetro y la tarde está tan fresca que les resultaría agradable una pequeña caminata bajo los árboles. Rachel tiene la costumbre de sacar cuentas mientras camina. Durante los dos años y medio de trabajo han ahorrado lo suficiente para pagar las deudas, establecerse legalmente en la ciudad, e incluso han pensado en la idea de tener un bebé. A Zulema nunca le ha gustado la idea de que un niño crezca sin la figura del padre, camina bajo el amparo de la sombra sin prestarle atención a las cuentas de Rachel ni a sus planes a largo plazo, mira los parteaguas del portal en la acera de enfrente y recuerda su niñez en el campo, la perdida de la inocencia tras el muro de la represa y la determinación de salir de aquel lugar en cuanto tuviera la edad suficiente para valerse por sí misma.
Antes de llamar a la puerta se alisan un poco la ropa, Rachel le retoca a Zulema el marbellin de las pestañas y le advierte que menos de cincuenta no van a pedir: -él quiso con las dos y eso sale más caro.
El apartamento tiene cuatro cuartos, una sala amplia y está lleno de muebles, equipos eléctricos y estantes. El tipo debe tener mucho dinero, piensa Rachel, le podemos pedir 100 e incluso exigirle que nos incorpore la comida. El hombre camina hasta el refrigerador, saca una botella de vino, busca tres vasos en la cocina y dice que después de un primer trago pueden comenzar a quitarse la ropa. Desde la cama resalta un cuadro enorme colgado en la pared, no tiene figuras, ni paisajes, ni animales, son unos trazos en rojo y negro que a Rachel le resultan grotescos pero que a Zulema le llaman mucho la atención, podría incluso pedirlo a cambio de una tanda doble o llegar a un acuerdo con el tipo por un precio justo.
-Sobre la cama de nuestro cuarto se vería precioso-dice Zulema mientras se quita el vestido.
-Hace juego con las cortinas, pero es horrendo, yo no entiendo nada, hasta me da un poco de miedo- dice Rachel.
Cuando el tipo regresa a la cama Rachel le muestra la distribución de los precios y hace hincapié en el plato fuerte, muestra las máscaras, los preservativos y el tubo de lubricante. Dice que la sesión previa no va incluida en el precio, que se paga aparte y que dura aproximadamente quince minutos. El hombre está de acuerdo con un pedido completo, muestra el dinero, lo guarda en la mesita de noche, se acomoda sobre el butacón y dice que ya está listo.
De todo el trabajo la sesión previa es lo que más le gusta a Zulema, es la única etapa en la cual puede ser ella misma. Trepa por el cuerpo de Rachel y se mezclan en un beso largo, un beso laberíntico, un beso que cuando está a punto de finalizar comienza de nuevo. Olvidan al hombre sobre el butacón, olvidan los quince minutos reglamentados y se besan como quien cuenta una historia extensa y atractiva, llena de venturas, desventuras, vueltas de tuerca, giros dramáticos y el final feliz se alarga, se torna lento, muy lento, como si los personajes no pudieran vivir separados de la historia.
Después del beso Zulema vuelve la vista hacia el cuadro, Rachel mira al hombre y dice que se ha quedado dormido.
-¿Cómo es posible? -va hasta el butacón, le toca el brazo, trata de abrirle los ojos y se da cuenta que el hombre ha muerto.
Las chicas, aún desnudas sobre la cama, no saben qué hacer: llamar a la policía; irse corriendo; pedir una ambulancia; buscar a los vecinos; apretarle el pecho y darle respiración boca a boca; borrar sus huellas que deben estar en el picaporte de la puerta, en el pasamanos de la escalera, en los vasos de vino, en los balaustres de la cama, en las sábanas, la almohada y el marco dorado del cuadro que cuelga en la pared. Mantienen la vista clavada en el tipo como si tuvieran la esperanza de una última reacción, que abra los ojos, diga que solo estaba durmiendo, que le bajó la presión o le subió el azúcar, que ya pueden continuar o que cojan el dinero en la mesita de noche y vengan otro día. Zulema se acerca al cadáver, le pone los dedos bajo la nariz:-no respira- dice- creo que debemos irnos.
-Sí- vámonos ya- responde Rachel mientras toma la ropa del suelo, abre la mesita de noche y agarra el sobre del dinero.
Cuando va a salir del cuarto Zulema le dice que es mejor esperar.
-¿Cuánto hay en el sobre?.
Rachel cuenta.
-200 dólares.
-Suficiente- dice Zulema –terminemos lo que habíamos empezado- y mira con sus ojos negros como si pidiera algo imposible de negar, algo de vida o muerte, algo que al que da le cuesta poco y al que recibe, le va la vida en ello.
-Está bien, pero vamos para otro cuarto- y luego es la alfombra, las paredes amarillas de la habitación continua, los cuadros que cuelgan de la pared, los balaustres de la cama y la vista pegada al techo.
-Necesito un cigarro-dice Zulema.
-Pero tú no fumas..
-Ya sé, pero es que estoy contenta, hoy siento que te quiero, hoy haremos algo diferente.
Rachel se incorpora sobre la cama:
-ese hombre está muerto en el cuarto de al lado, tenemos que irnos.
-¿Por qué no vas a comprobar si aún está muerto?.
-Claro que sigue muerto- dice Rachel- ¿cuándo has visto que alguien deje de respirar y vuelva a la vida?.
-No sé, en una película, metían aquellos gaticos en las cajas de cristal y probaban el gas de las cámaras para judíos. El gatico se echaba en el suelo, muerto, y cuando abrían la caja salía disparado.
-Eso es cosa de películas, el tipo sigue muerto y nosotras tenemos que irnos.
-Espera un rato- dice Zulema- vamos a buscar dinero dentro de la casa, si encontramos suficiente no tendríamos que trabajar durante todo el mes.
-Está bien. Yo busco desde la sala hasta aquí y tú empieza en el pasillo hasta el fondo del apartamento.
Registran gavetas, armarios, cajas de zapatos, alacenas y estantes pero solo encuentran un billete de veinte dólares, dos latas de leche condensada, un paquete de galleticas de soda, cuatro cervezas y un vestido malva precioso. Zulema dice que el vestido será para ella sin posibilidades de reclamación:
-yo lo encontré, aunque puede ser que te lo preste, cuando ya me aburra de usarlo.
Comparten la comida y aún desnudas deciden dormir un rato. Cierran las puertas de la habitación donde está el cadáver, buscan en el armario la mejor de las sábanas, reúnen una docena de almohadas y duermen a pierna suelta hasta la media noche. Rachel es la primera en despertar, va hasta el baño y de regreso se sienta en una esquina para ver el cuerpo desnudo de Zulema, como hacía todas las noches de aquella primera semana en el cuarto de alquiler, cuando creía imposible haber encontrado una chica tan bella en la terminal de trenes, con una maleta vacía, un vestido de flores y la magia inaudita de un par de ojos negros.
Zulema despierta de a poco, enciende el televisor y se cuelga de un documental del Animal Planet donde unos cangrejos tratan de cruzar la carretera entre las ruedas de los autos. Rachel encuentra en el congelador algunas postas de pollo y le pregunta a Zulema si le gustaría comer una ensalada como solo ella sabe preparar. Enciende el fogón de gas y mientras hierve el agua en la cazuela, unos cangrejos son aplastados sobre el asfalto y en la habitación de al lado un cadáver se comienza a llenar de moscas.
Rachel toma de la alacena tres tazas grandes, sirve la ensalada y le dice a Zulema que ha cambiado de idea, que podrían quedarse un tiempo, al tipo nadie lo va a extrañar, en todo el apartamento no hay fotos de familiares ni amigos, podrían desconectar el teléfono, poner en la puerta un cartel donde el hombre indique que se ha ido de viaje, salir solo de noche para no tropezarse con nadie en las escaleras, cortar el cadáver en trozos, meterlo a la licuadora y echarlo por el tragante del lavaplatos.
-Nos pasaríamos el día entero sobre estas sábanas –dice Rachel.
Zulema acepta con entusiasmo pero impone una condición: que le cuelgue sobre la cabecera de la cama el cuadro de marco dorado y trazos rojos y negros, y si le da tanto miedo bien que podría cerrar los ojos.
En la pantalla los cangrejos son sustituidos por un grupo de monos que suben a los árboles para salvar a sus crías de la tormenta y antes del cierre de la programación, una meseta nevada llena de pingüinos emperadores desafía el viento; las aves sentadas sobre los huevos se comienzan a congelar. Rachel recuerda el sueño de formar una familia, piensa que ese apartamento sería ideal para tener un bebé. A Zulema no le gustaría educar a un niño sin la figura del padre y cuando termina el ruido de la licuadora Rachel dice que podría cortar algunas sábanas, hacer unas bien pequeñas, como para un bebé recién nacido, convertir fundas de almohadas en culeros e incluso coser un par de baticas con la sobrecama de motivos estivales. Zulema sonríe y aún desnudas se mezclan en un beso largo, muy largo, un beso que cuando está a punto de finalizar comienza de nuevo, un beso laberíntico e infinito. Se besan como quien cuenta una historia extensa y atractiva, llena de venturas, desventuras, vueltas de tuerca, giros dramáticos y el final feliz se alarga, se torna lento, muy lento, como si los personajes no pudieran vivir separados de la historia.
Después del beso Zulema vuelve la vista hacia el cuadro, Rachel mira al techo y dice:
-Horacio, lo podríamos llamar Horacio, es un nombre bonito, ¿verdad?