Cuento

Oráculo

Como una piedra, rodando. Rodando pendiente abajo. Así me sentía. Y para evitar el despeñamiento o hacer más suave la caída intenté aferrarme a las viejas canciones de Serrat, al greatest hits de Bob Dylan, al primer álbum de Tracy Chapman, y a Sabina, a Charly García, Fito Páez, Santiago Feliú, a Lenny Kravitz y a Silvio.
Ahmel Hechevarría14 min05 feb 2026

Como una piedra, rodando. Rodando pendiente abajo. Así me sentía. Y para evitar el despeñamiento o hacer más suave la caída intenté aferrarme a las viejas canciones de Serrat, al greatest hits de Bob Dylan, al primer álbum de Tracy Chapman, y a Sabina, a Charly García, Fito Páez, Santiago Feliú, a Lenny Kravitz y a Silvio. Escuchaba un track, al azar escogía otro, luego otro y cambiaba de disco. Había apostado por la música para sobrellevar la noche, sin embargo terminé preparando mi cama. No me sentía agotado, solo que a falta de un verdadero plan simplemente quería acostarme. Para dormir. Profundamente. Necesitaba que aquella húmeda noche de diciembre transcurriera y llegara el amanecer, porque las fotos y la carta de Manu —las fotos y la carta que Manu le dio a Patricia para que me las hiciera llegar— me tomaron por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

Tras mis intentos fallidos con los discos que había elegido, mi peor decisión para irme a la cama y amanecer fue apagar la luz, apretar el play de mi reproductor y poner en marcha una grabación casera —yo había hecho una nueva copia de un casete que mi amigo Ariel y yo grabamos en mi apartamento a finales de los noventa. A la par que tomábamos media botella de un duro ron casero, Ariel tocaba la guitarra y cantaba sus canciones. Me gustaban las letras, había de todo en ellas, en especial ira y amor en grandes dosis. Me sentaba bien aquel casete que nunca quise prestarle a nadie por temor a perderlo o a que dañaran la cinta. Pero hice una excepción y mi temor se hizo real ocho años después cuando vi enredarse la cinta en el reproductor de uno de mis amigos. Pude salvarla. Nuevamente tenía su voz y la guitarra en dos caras de un casete de sesenta minutos. En la cinta no solo quedaron registradas sus canciones, algunos comentarios y el chasquido de los vasos cargados de ron, para mi sorpresa, casi al final de la segunda cara del casete y luego de varios minutos de silencio —tal vez diez minutos—, escuché un raro sonido: el de la cerradura y el picaporte, el ruido de la puerta de mi apartamento al abrirse y la voz de Manu que eufórica dice: “Te tengo una sorpresa, compré entradas para…”

Justo ahí se trunca la grabación.

Escuchaba aquel casete con bastante frecuencia pero siempre apretaba el stop cuando acababa la última canción.

Encendí la luz.

Escuché la voz de Manu un par de veces más.

Coincidencias. La grabación original debió haberse acabado antes. Coincidencias. La cinta del casete donde estaba haciendo la copia siguió rodando y los cabezales de audio del equipo registraron los ruidos del ambiente. Coincidencias. Una llave se introduce en la cerradura, la puerta se abre y Manu entra a mi apartamento. Estaba muy excitado. Lo recuerdo. Quería darme una sorpresa. Manu había conseguido entradas para un concierto en el Teatro Nacional. Vanito, uno de los integrantes de la banda Habana Abierta, haría un concierto en la sala Avellaneda. Teníamos dos papeletas para sentarnos en la platea. Sábado, 8:30 p.m., cómo olvidar aquella noche. ¿Coincidencias? ¿Lo sucedido aquel día en que hacía la copia del casete con las canciones de Ariel era en verdad una coincidencia? Figuras, así lo llamaba Cortázar a falta de un nombre mejor.

Miré el reloj.

10:13 p.m.

Estaba a tiempo. Podía intentarlo.

Decidí entonces cambiarme de ropas, tomar el paraguas y salir.

Bajo una fina llovizna fui a la avenida Independencia. Allí esperaría uno de los ómnibus de la conexión Boyeros-Habana Vieja, necesitaba llegar a las ruinas del muelle abandonado.

Al subir al ómnibus agradecí que para muchos no fuera una buena decisión salir a la calle en una húmeda noche de diciembre. El autobús estaba casi vacío, viajábamos el chofer, un conductor y no más de quince pasajeros. El viaje desde mi barrio a la parte vieja de La Habana es largo y podría hacer todo el trayecto sentado.

Desde mi asiento junto a la ventanilla veía transcurrir la ciudad. Toda una ciudad guareciéndose del mal tiempo a sabiendas de que la lluvia era el anuncio de bajas temperaturas. El cielo estaba cargado y bajo, a ras de las azoteas, llovía desde el atardecer del día anterior —caían duros aguaceros, luego escampaba, una densa calma parecía deslizarse entonces sobre el asfalto, y la tranquilidad era perturbada por la llovizna, que se iba tornando más fuerte hasta arreciar.

Al bajar del ómnibus escampó.

No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. Volvería a llover. Decidí aprovechar aquella calma y fui rumbo al boulevard de Obispo. Debía simplemente caminar. Intentaba esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines, veía mi cuerpo reflejado en las vidrieras, esquivaba también a quienes hacían el camino en dirección contraria ensimismados o temiendo ser sorprendidos por un aguacero. Caminar. Simplemente caminar. La música abandonaba el interior de los cafés a ambos lados del boulevard mezclada con los vapores de la grasa donde freían carnes, pescados, papas. Caminar. Simplemente caminar. En la intersección con la calle Mercaderes torcería a la derecha rumbo a la avenida del puerto.

Cuando apenas me faltaban seis cuadras para llegar al embarcadero comenzó a lloviznar y abrí el paraguas.

Estaba cerca del embarcadero en ruinas, quizá a cien metros, pero las luces de la avenida descubrían solo las vigas de acero torcidas a la entrada y necesitaba ver todo el muelle. Miré la hora. Faltaba cerca de veinte minutos para la medianoche. Según mi reloj no tenía sentido apurarme —tenía poco más de veinte minutos a mi favor—, sin embargo el único ruido que escuchaba era el de los pocos autos que circulaban por la avenida del puerto. Temía haberme equivocado en la elección del lugar y el cálculo del tiempo. Cerré el paraguas. Corrí. Necesitaba llegar al embarcadero.

Una vez frente al muelle intenté recuperar el aliento. Me sentía fatigado, mi paso no disminuyó a lo largo de toda la carrera, porque en el embarcadero abandonado, sobre los últimos pilotes, encontraría La Sucia Caja de Cristal.

Pero el muelle estaba vacío.

No había rastros de La Caja en los alrededores, tampoco tenía a quién preguntarle. Miré al cielo, seguía cargado y bajo. ¿Debía aprovechar la escampada y hacer el camino de regreso? ¿O esperar? Debía tomar una decisión y además tener en cuenta que podía sorprenderme un aguacero y también el asma. Necesitaba recuperar el aliento. Me apoyé entonces en una de las vigas y volví a mirar al cielo. Traté entonces de serenarme. Respirar suavemente. Inhalar. Expirar. Hacerlo despacio. Inhalar y exhalar aquel aire de mar que arrastraba hacia la parte vieja de la ciudad el salitre y el olor del carburante derramado en el agua.

Caminé hasta el final del muelle y me paré de cara a la bahía: uno de los transbordadores hacía la ruta Casablanca-Habana. Miré el reloj. Faltaba poco menos de diez minutos para las doce. Me volví hacia la avenida: dos automóviles circulaban por las carrileras que conducen hacia El Vedado, un ómnibus del servicio de la madrugada viajaba en sentido contrario y una pareja caminaba a lo largo de la acera que se extiende junto al litoral. Cuando intenté imaginar qué planes podían tener aquellas personas escuché un ruido.

Lo conocía.

Emergía desde una de las calles que desemboca en la avenida del puerto.

El sonido se hizo más grave cuando La Caja dejó la avenida para adentrarse en el muelle abandonado. Avanzaba lentamente. Empercudida. Burda. Mal cortada, como si fuera la obra de un cristalero borracho. Trituraba los escombros que se interponían en su camino o los empujaba al mar. Las grandes piezas de cristal rozaban algunas vigas añadiendo un agudo chirrido al ruido de su paso. Nada la detenía. Avanzaba hacia mí. Rezumando agua. A pesar de la lluvia los lamparones de barro cubrían buena parte de las paredes de La Caja. Debía salirme de su ruta.

La enorme caja de cristal dejó de moverse justo donde yo estuve parado. Quedó con una mitad apoyada en los últimos pilotes del embarcadero y la otra suspendida sobre agua. En equilibrio.

Miré al cielo. El aire arrastraba las nubes de tormenta, los relámpagos acuchillaban los nubarrones. Debía tocar una de las paredes de La Caja, hacer un claro en el barro. Debía hacerlo. Había hecho un viaje desde mi apartamento hacia la parte vieja de la ciudad sin otro rumbo que aquel embarcadero en ruinas, bajo la lluvia, para encontrarme con La Sucia Caja de Cristal. Y la tenía delante de mí. Sin embargo no me atrevía a extender el brazo, a pegar mi mano contra el cristal, a remover una parte del manchón de barro.

Pero lo hice.

Mis dedos dejaron cinco trazos. Leves. Sabía que no bastaba. Entonces pegué mi mano. Contra el cristal. La moví, despacio. Y saqué un pañuelo y volví a moverla en círculos. Tras hacer un gran claro hice la pregunta.

En La Caja, bajo los hilos de agua que continuaban escurriéndose sobre las grandes piezas, vi a Manu.

Vestía de negro.

Los dread locks a la altura de los hombros.

Los ojos entornados.

Un gorrión en el pecho.

La imagen que revelaba La Caja era similar a la foto que Patricia tenía enmarcada sobre el televisor en la sala de su casa. Orlando L tomó aquella foto en mi apartamento. Y la copia que yo conservaba —junto a las ocho fotos y la carta que Manu me envió en un sobre con su amiga Patricia— me tomó por sorpresa en la mañana mientras ponía en orden mi buró.

¿Coincidencias?

La copia de una vieja grabación casera, una foto tomada por Orlando L, Manu, un sobre traspapelado en mi buró, el concierto de Vanito, La Sucia Caja de Cristal.

¿Coincidencias?

Tal vez era una figura.

Pegué el índice en el claro que hice luego de frotar sobre uno de los lamparones de barro, y Manu —o la imagen de Manu mostrada por La Sucia Caja de Cristal— abrió los ojos. Un leve tono café, grandes. Húmedos. Vi dos esquirlas rodar en sus mejillas. Puse entonces mi mano abierta en la pared de La Caja y Manu extendió su brazo. Creí sentir una oleada tibia. Leve. Era el leve calor de su mano en la mía. Suavemente puse mi otra mano. Miré a Manu. Sonreía. Decidí hacer un claro más grande y volví a pegar mis manos contra la pared de cristal. Yo quería que la imagen de Manu se acercara todavía más, que pegara sus manos contra las mías, que también hiciera lo mismo con todo su cuerpo para sentir la oleada tibia sobre el mío aunque la pared de cristal se alzara entre los dos.

Cerraría los ojos, intentaría imaginar que tomaba a Manu por los brazos. Quería abrazarlo.

Tras cerrar mis ojos sentí que sus manos tocaban mis manos.

Tras cerrar mis ojos sentí una tibia y leve presión en los brazos.

Tras cerrar mis ojos Manu apretó fuerte y tiró de mis brazos.

Sentí todo el calor de su cuerpo. Mientras me abrazaba, Manu pegó su rostro contra mi pecho. Respiré hondo. En el torrente se mezclaba el olor de su cabello, un leve aroma de agua de lavanda, el salitre y el vaho del carburante derramado en la bahía. En medio del abrazo sus labios buscaban los míos. Un largo beso. Muy largo. Profundo. Y mi sexo, duro, maniatado por el jeans, hincaba su pelvis.

Bajo las pesadas nubes de tormenta que se arrastraban a ras de la ciudad, en aquella húmeda madrugada de diciembre y dentro de La Sucia Caja de Cristal nos fuimos desnudando.

Tenía a Manu frente a mí. Los ojos entornados, los dread locks a la altura de los hombros y un gorrión en el pecho.

Lo tomé por la cintura, pero lo puse de espaldas a mí. Suavemente lo obligué a encorvarse. Y sus manos se apoyaron en la sucia y húmeda pared de la caja. Besé su espalda, las nalgas. Y mi lengua se fue impregnando del indómito acre de Manu. Mis manos obligaron sus piernas. Las fui separando más. Llegar y beber de cada poro, toda la sal impregnada en la piel, también las esquirlas de mar que caían sobre nuestros cuerpos. Y miré su rostro. Sonreía. El cabello azotando áspero el vacío. Y atravesé el arco que eran sus piernas. Sentí entonces sus manos acariciar mi espalda. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Su carne durísima delante de mí. Las piernas, una barriguita incipiente, el cuello y los labios. Sentir la aspereza del cabello en mi piel. La boca y la lengua, o perderse en la espiral de la oreja. Qué hacer con todo su cuerpo si el deseo en mí no es sucesivo. Tuve su glande, y la barriga. El pecho y el cuello. La oreja y los labios. Un beso. Largo. Los relámpagos acuchillaban las nubes. Otro beso. Largo y profundo. Comenzó a lloviznar cuando lo obligué a inclinarse otra vez. Y mi cuerpo quedó dentro del suyo. Gemidos. Relámpagos. Breves gemidos se repetían dentro de las paredes de cristal. Finas gotas de lluvia caían sobre nosotros. La brisa. Penetraba en La Caja. Giraba dentro de La Caja. Nos envolvía. Una espiral que arrastraba consigo el vaho del carburante, salitre y aroma de lavanda. Las piernas y las nalgas de Manu amortiguando la embestida. Sus manos contra el frío y sucio cristal de la caja. Mis manos ciñendo la imposible fuga de Manuel. Gotas de lluvia y sudor y barro sobre la piel y en la lengua. La carne abierta, tibia. Mi sexo, duro, dentro de la carne tibia y abierta y húmeda. Relámpagos. Sus uñas, hincando, gemidos. La llovizna. Gemidos. Mi carne, la suya, tibia, adentro, gotas de lluvia. Adentro. Tibias y gruesas gotas.

Adentro.

Doblarme de a poco sobre Manuel.

Quedarse allí, sobre una espalda tibia. Húmeda.

Manu sonrió. Luego besó mis labios.

La llovizna se volvió pertinaz y abrí el paraguas. Extendí mi mano, la pegué contra el cristal, pero esta vez Manu no movió las suyas. Tenía los ojos entornados.

Decidí hacer otro claro en los lamparones de barro. Escogería otra de las paredes. Necesitaba sentir a Manu. Quería sentir otra vez sus manos en las mías. Saqué mi pañuelo. Limpié. Puse mi mano contra La Caja.

Pero comenzó a vibrar.

Sobre las paredes se precipitaron varios hilos de agua.

Manu no abrió los ojos.

Se escuchó un chirrido. La Caja se movía. Empercudida, enorme, mal cortada. Debía hacerme a un lado. Se alejaría entre las vigas de acero y sobre la estela de escombros triturados que dejó en su entrada al muelle. Cuidando mantener la distancia caminé junto a La Caja. Miraba a su interior. La imagen de Manu, que no había cambiado la postura, se volvía difusa bajo los lamparones de barro. Me agaché, tomé una piedra tan grande como una pelota de béisbol, pero no tenía sentido lanzarla contra la caja. En aquella húmeda medianoche de diciembre, desde la entrada del muelle abandonado vi perderse La Sucia Caja de Cristal en una de las calles que entronca con la avenida del puerto.

Caminé hasta el borde final del muelle —cerré el paraguas, había cesado la llovizna—. Un remolcador llevaba mar afuera un buque mercante. Navegaban lentamente en medio de la bahía. Los vi avanzar, alejarse, también vi cómo el remolcador terminó la maniobra de arrastre y esperé su regreso.

Abandoné el embarcadero cuando el mercante desapareció en la bruma.

Tomaría por el boulevard de Obispo. Intentaría esquivar los charcos que se sucedían sobre los adoquines mientras veía mi rostro reflejado en las vidrieras. No tenía sentido ganarle tiempo a la lluvia. El cielo seguiría cargado, bajo, a ras de la ciudad. Llovería. Debía simplemente caminar. Caminaría para llegar a la parada del autobús de la conexión Habana Vieja-Boyeros. Si el ómnibus demoraba podía pagar un taxi.

Bajé a la avenida.

Hice el camino de regreso a mi apartamento con una libélula incrustada en el pecho.

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