Los cuadros de mamá o el día que Marat me visitó por primera vez durante una caravana de los desnudos
Desde que mamá pinta hombres desnudos vende muchos cuadros, al principio no me gustaban los cuadros, pero mamá es como un gorrión que revolotea de un lado a otro, un ser especial más allá de lo que significa que sea mi madre, es también particularmente modesta y equilibrada, para dedicar su talento a algo tan evidente y perdurable como los artistas plásticos, creo. Yo pretendía eliminarlos a todos, desaparecerlos de mi vida, de mi historia, a menos que ella los tuviera como un borrador, pero se hizo muy famosa y la fama para los artistas generalmente está acompañada por el dinero. Ahora me gustan mucho los cuadros, y los hombres desnudos, por lo que vivimos muy bien, mamá, sus hombres y yo.
Se especializó en hacer versiones de obras clásicas, las pinturas más conocidas donde aparecen mujeres las lleva a su versión masculina pero en desnudo, algo así como desvestir a un travestido. Los pinta primero con ropas y atuendos, después va eliminando cada pieza: tocados, sombreros, sostenes, brasiers, hasta dejarlos completamente desnudos, es divertido. Obras únicas son renovadas como los originales. Tiene mucho éxito, compradores exclusivos, coleccionistas famosos, diplomáticos, galerías en el exterior. Ella es feliz.
Mamá, igual que los gorriones, nunca fue estable con sus novios, sus realsexboy, como los llama. Dura con ellos tres meses o hasta un año, después se aburre y los deja, los olvida, pero antes pasa por una crisis emocional y afectiva; durante un mes, deja de comer, de bañarse, se encierra en su cuarto, solo toma té y pinta, pinta hombres muertos. Es grande su colección pictórica de novios muertos, generales, guerreros, campesinos, obreros.
Sus novios vivos se parecen a sus hombres, quiero decir a los hombres desnudos de sus cuadros, o al revés, sus cuadros se parecen a sus hombres, no sé. Cuando comienza un pintor nuevo, un estilo o una época, es que ha cambiado de novio, entonces vuelve a ser como los gorriones.
Mamá no sabe cuánto odio los sábados, especialmente el último de cada mes, el día de caravana, como dice ella. Vienen todos sus modelos y los exnovios, pintores famosos, diplomáticos, amigos y amigas; hacen una gran fiesta, comen, beben, fuman, se desnudan, bailan, desfilan uno tras otro, caminan por la casa envueltos en sábanas, a cualquier hora invaden mi espacio, mojan el baño, llenan la casa de humo con sus cigarros, escuchan mi música, toman ron, miran a través de mi puerta, muestran las piernas, los pechos, las nalgas y sus penes como un trofeo, como la carta de triunfo.
También odio los gorriones, mamá dice que son libres, que están en todas partes y hacen lo que quieren, sobre todo que no se esconden para hacer el amor, también dice que son como la alegría y el humo que llenan los rincones, contaminándolo todo, te contagian. El humo se transmite, penetra, es inevitable, te asfixia, te agobia, te borra los sentidos. Los gorriones entran a mi cuarto, revolotean, se comen las migajas de pan que dejo en los rincones, cargan en el pico cualquier cosa, una hebra de hilo, un pedacito de algodón, todo sirve para hacer su nido, en la mañana se despiertan a la misma hora y comienzan a cantar a la vez, como una alocada sinfonía sin ensayar, y siempre me pasa lo mismo, me despierto sobresaltado.
Yo no salía del cuarto hasta que conocí a Javier. El día que lo vi por primera vez supe que me iba a acostar con él, era 28 de diciembre, faltaban tres días para mi cumpleaños, llovía, eran las seis de la tarde, escuchaba música hindú y me encontraba en una soledad profunda y peligrosa que anunciaba un suicidio la víspera de mi nacimiento; la depresión me comía. Sonó el timbre. Abrí. Lo miré de arriba abajo; él casi no me miró, quiero decir no me miró a los ojos. Me pareció seguro, confiado, imponente. Estaba mojado. El pulóver se le pegaba al cuerpo, se le marcaban sus buenos pectorales y una barriguita de intelectual de 30 años.
—Buenas tardes —dijo, las gotas caían desde su pelo, corrían por la cara y dibujaban la silueta de sus cejas, de la boca mojada. Sus labios gruesos, húmedos y pálidos preguntaron si Camila estaba en casa, no respondí, olvidé que ese era el nombre artístico de mamá, también olvidé, como muy a menudo, que Juana María Pérez era mi madre y que era pintora, ¿cómo se puede ser artista en este siglo con ese nombre? Era algo en lo que estábamos de acuerdo mamá y yo, en su nombre artístico.
—¿Camila? No, no, ella no está.
—Bueno, dile que Javier estuvo aquí.
—Pero pase y espérela, así se seca un poco, hace mucho frío.
—No, gracias, estoy apurado.
No vi más a Javier, quiero decir en carne y hueso. Se convirtió en un fantasma, en una amenaza sexual, en una ilusión óptica de perspectiva, color, luz y sombra, se convirtió en el fetiche de Juana María Pérez, alias Camila, mi madre. Ella comenzó a imaginarlo, a hacer estudios de color, de formatos. Bocetos, dibujos y pinturas se veían por toda la casa. La imagen de Javier se repetía en cada rincón. Personajes destravestidos, desfeminizados y desnudados pasaban por la imaginación de Camila, desde una galería universal de mujeres hasta la imagen viril de Javier. Madonas, bailarinas, geishas, damas, prostitutas.
Tenía cinco bastidores montados y pintaba en todos a la vez, una hora para cada uno. Su vida se convirtió en Javier, llenó todas sus expectativas, artísticas y personales. Giocondo, le dice ella, habla de él, de lo bello que es, de su cuerpo, que cómo no lo conoció antes, que él sería un niño cuando ella tenía veinte años, que a veces se le olvida que se llama Javier, y habla y habla. Él nunca venía a la casa, indudablemente se veían en otro sitio donde él posaba para ella, después solo esbozaba y pintaba.
A veces cuando suena el teléfono y ella está en casa yo no respondo, entonces ella sale de su cuarto-taller-seudo-harén-masculino con el pincel en la mano, siempre lleva un pincel, si es él quien está al teléfono comienzan a brillarle los ojos, sonríe y mira el techo como buscando la respuesta que contraste con la frase cursi o la propuesta sexual que seguro escucha, sonríe, instintivamente como un impulso el pincel deja de ser un apéndice de su cuerpo y se convierte en el más perfecto explorador y objeto sadomasoquista femenino, sonríe, mueve el cuello hacia los lados, se rasca la cabeza, apoya el pincel en la cadera, lo sube, lo muerde, lo vuelve a morder, sonríe, asiente, da una respuesta, sí, claro, eso mismo, frunce el ceño, no, eso no, lo chupa, lo baja, comienza a moverlo alrededor del pezón, lo mueve, lo gira suave, eleva una ceja, sonríe, se ríe a carcajadas y responde: allí estaré, y cuelga. Entonces entra al cuarto, sabe que la observo, cierra la puerta, imagino lo que hace ya no con el pincel, a la hora sale del cuarto lista y perfumada a encontrarse con él.
Comencé a odiarlos a los dos y como venganza me masturbaba pensando en Javier, frente a Javier, tocando a Javier. Por la noche me llevaba algún cuadro a mi cuarto. Ella pasaba de un estilo a otro y yo pasaba de un amante a otro como el más fiel porno adicto, pero siempre imaginando a Javier. Sus pectorales, las manos grandes, firmes y seguras, las piernas rectas, pálidas, velludas y musculosas aparecían en las telas que ganaban colores cada día.
El primer amante fue El Giocondo. Camila como una reencarnación de Da Vinci reproducía su cuerpo desnudo, sonrisa incluida. Javier sonreía serenamente como pensando en el vacío, burlándose de la gente, esbozaba una mueca de la ironía o complacía a la pintora que le dijo que pusiera esa expresión de placer postcoito, pero más allá de la capacidad de Camila para reproducir aquella universal sonrisa, Javier pensaba en mí, yo era el vacío, me miraba a mí, solo a mí. Estábamos solos, en una noche silenciosa. Javier frente a mi cama. Puse un disco de música antigua y encendí un palito de incienso, me acerqué, olfateé, el pelo le caía sobre los hombros, parecía mojado. Era buena Camila, éramos El Giocondo y yo. Lo besé, sus labios seguían sonriéndome, rocé sus párpados, no cerró los ojos, me miraba, toqué su cuello, me ericé, su pecho es lindo, es realmente lindo, blanco y limpio como el de un niño, lo besé, intenté morderlo, acariciarlo, apretarlo, tenerlo entre mis manos. Fue mi primera noche con Javier. Después vinieron otros cuadros, pero siempre era Javier el que me acompañaba. Gracias al pincel de mamá estuve una noche con Eros ante el espejo y ahora pasa la caravana de los desnudos, con los que bailo, fumo, sueño, y siempre Javier, se convierte en un hombre gordo de Rubens, en los bailarines de Degas o Los señoritos de Avignon de Picasso. Todo es como una repetición de ideas premeditadas, vividas, como si se cumpliera una sentencia, una visión anunciada, Javier y yo en un parque, Javier y yo en la playa, yo despidiendo a Javier que se va en tren quién sabe a dónde, pero siempre desnudo, mostrando su cuerpo, mezclando su vida con la mía, mezclando la vida de Camila con nuestras vidas, mezclando todas las escenas pictóricas logradas por Camila con mi soledad, con mi quietud aparente frente a Camila, como un videoclip, el que veo ahora desde mi cama en el que las bailarinas aparecen y desaparecen, van y vienen, los hombres apenas se muestran, se esfuman, las secuencias son las mismas, a veces imperceptibles, repetidas, degradadas, agresivas, androgénicas, proféticas, futuristas, agobiantes, efusivas, exóticas, eróticas, ambiguas, carnavalescas, vulgares, cotidianas, pornográficas. El sonido es contagioso igual que las imágenes, una apoteosis postmoderna y audaz de imaginación y magia que me atrae como un campo magnético, una droga, como mi madre, que bailó, y baila ahora en mi cuarto y habla mirándome a los ojos, yo soy un gorrión, ella es un gorrión que baila, canta y suda, la vida hay que vivirla, se desviste y me dice que la vida hay que vivirla, dice que soy un aburrido, eres un aburrido, que no bailo, no sabes bailar, que no me río, no te burlas de la gente, me dice mientras deja caer el vestido, ella quiere que sea como ella, tienes que ser como yo, que no tiene límites, no tengo límites, que se entrega al amor aunque él sea más joven, si llegó el amor bienvenido sea, me dice desnuda, bailando, riendo a carcajadas, alegre como los gorriones, invadiendo el espacio, como siempre, ella y yo, sin nadie entre nosotros, sin otros desnudos.
Una mañana entró a mi cuarto con una aureola que nunca he podido definir pero que me atrae, me subyace, me soborna, me somete; te traigo el café dormilón, me dijo mirándome y acariciando la cara, me besó la frente; eres como tu padre, nunca pude resistirme a su mirada de niño, a su mirada de lástima, yo no entendía, no solo no entendía sino que no sabía, nunca conocí a mi padre, ni en fotos, era un fantasma que nunca supe dónde ubicar, por momentos era un hombre adorable, bello, inteligente, de pronto se tornaba en el más vil traidor y egoísta que la abandonó en este país con un hijo al que ni conoce, otras veces era el único hombre que la había hecho sentir lo que ningún otro, que por eso lo amó. En otros momentos también se había enamorado por su sonrisa, por su ingenuidad o porque era un caballero. Ella siguió acariciándome pero era a mi padre, o mejor, al hombre que fue mi padre. Después todo fue como ella quiso que fuera.
Ahora está Javier. Sé que ella bailará para él, al ritmo de un tambor africano, sé que estará rodeada de luz, y que él la observará y ella riendo acariciará su pelo, sé que lo hará, se quitará la ropa como una puta francesa, experta, fría, sin escrúpulo, lo besará, morderá sus labios y él le morderá los pezones y ella también sufrirá en silencio como una geisha, sé que lo hará y no seré más lo deseado, lo oculto, sé que ella se ensillará en su pene suavemente, se moverá mientras le acaricia la espalda, las caderas, los pezones, y así así Javier ay ay Giocondo sí sí sí más más más así así ahora ahora ya ya más más, gritará, se moverá, morderá, besará como Camila. Ella lo comienza todo, dice que el principio de todo es lo más importante, que es determinante, que es la evolución de todo, habla con palabras muy definitivas, como si todo tuviera límite, no su límite indefinido, sino el fin de lo que está a su alrededor, por eso siempre es la primera en hablar, en llorar, en olvidar, en tomar el control de la situación, en traicionar. Me acaricia siempre primero, me besa, habla sin dejar que me sorprenda, que la interrogue o que dude de lo que hace o dice. También he intentado tomar la iniciativa pero no puedo.
Ya lo dijo Piglia, mi lógica es toda ella resultado de un corte en esa cadena que declina filiaciones y hace de la muerte el resguardo más seguro de la sucesión familiar, no hay otra forma de decir aunque haya formas diferentes de demostrarlo. El nexo es más fuerte y seguro que la muerte.
Todo cambió cuando mamá se encerró en su cuarto, pintaba, creo, no comía, nada era como al principio, como habitualmente, Javier no llamaba ni ella hablaba de él, ni cantaba, ni escuchaba música, ni pensaba en mí, bueno hacía tiempo que no pensaba en mí desde que apareció Javier, pero ahora era peor, no la veía, no salía del cuarto; siempre era igual cuando comenzaba a odiar a alguno de sus hombres, los mataba, los reflejaba, los representaba muertos en sus cuadros. Marat fue el elegido. Camila decidió pintar una apología de la muerte, su odio hacia Javier era proporcional al amor que le había entregado, la muerte se tornaba fría, diáfana, directa. La muerte de Javier sería una de las más trágicas, el suicidio más famoso de la historia de las manos y pinceles de mamá, ahora, en los cuadros de mamá.
Mi odio hacia Javier también había aumentado por enamorarse de mamá y por dejarla sufriendo, la muerte de Javier se presentaba como una posibilidad real y aceptable, si Marat-Javier había sido muerto por Camila, entonces Javier debía morir por mí. Hay muchas maneras de hacer daño, si alguien está dispuesto a matarse acabará consigiéndolo siempre, lo mismo que un asesino. Si alguien se empeña en matar y no le importan las consecuencias acaba matando a quien quiere, no hay nada que hacer, lo tiene todo de su parte si no le importa lo que pase luego.
Hoy es día de caravana, Javier está aquí, lo sé, y eso me alegra, escucho la música, las risas, la alegría de todos que invade cada rincón como si fuera necesaria para todos, lo cubre todo como el aire, me asfixia como todo lo ajeno, como el aire, como el cuarto lleno de gorriones. Algo triste, escabroso, inevitable, ronda mi cabeza: las filiaciones familiares, los límites indefinidos, la algarabía de los gorriones. Javier caminará toda la casa, ubicando en su mente un espacio que cree le pertenece, un espacio que solo conoce por referencia, husmeará, buscará, tocará; necesita respirar el aire de Camila, los límites vitales de un espacio donde se huele su espíritu, su vitalidad, su cuerpo desnudo; pero también se huele su muerte, su cuerpo desnudo en una bañadera dejando un testamento.
Este es el mejor momento de la fiesta, oigo la voz de Camila leyendo el poema de Maurice Planchet. Nunca recuerdo que esta es una ciudad llena de alegrías, de humo y de gorriones libres que hacen algarabía y lo cagan todo, como los días de caravana, los invitados de mamá llegan con sus histerias e historias, fuman, lo llenan todo de humo, se meten en cualquier lugar de la casa y también lo cagan todo; mamá solo se divierte y lee el poema como si fuera de un poeta muerto, dice que debió haberlo escrito ella, censura el ego del escriba, creo que lo envidia, adopta su pose, su voz, su punto de vista, es dueña de su duda, rodea su personalidad con palabras ajenas, es cómplice, crítica. Aprueba y disfruta, niega.
Seguro se desviste y toca a los hombres, los acaricia, los alaba, los humilla, los clasifica mientras lee a Planchet, ellos la siguen, la aplauden, deben hacer un círculo a su alrededor, la acosan, y ella solo ríe, es feliz. Los odio, no me adapto a compartir a mi mamá con ellos, ni mi cuarto. También escucho los pasos de alguien acercándose a mi cuarto que debe ser Javier, lo espero decidido, escucho la voz de Camila más fuerte, segura. Se entona: Me gusta estar al lado del Camino, despedir trenes que pasan velozmente y no esperan, lee como un lector virtual, hay silencios espaciados, solo escucho la música, a veces miro donde las cosas son indiferentes, este cuerpo acostumbrado a las nostalgias, inmóvil, retóricamente impúdico se aferra a negar la avalancha, hace énfasis en los momentos poéticos de más alcance encantando a los oyentes, el rostro se cubre con máscaras verdes, los árboles son inútiles para el viajero más allá de la lujuria, miro de reojo, las voces me llaman, los pasos son una delicia, susurran los cantos que pronostican humedades, me erecto evidente aunque me niegue la mujer de Lot.
Reinterpreta, caricaturiza al poeta como un lector enamorado de la obra ajena. Un ángel caído cuidaba los orgasmos, ahora me observa entonando la canción de los guerreros, se escuchan gritos, gemidos, el polvo es tenue, se acerca la caravana, la espera es ríspida sin miedo a la noche fría ni a la exaltación de una sonrisa mojigata. Camila se convierte en el mejor crítico de Maurice Planchet, espontáneo, brillante, es imposible ser indiferente a su declamación, a su defensa del poeta. Es bueno gritar desde la sombra, romper el silencio con la voz que heredo y dejar el cuerpo desnudo a la intemperie, tu cuerpo también es ajeno a las pieles que invitan, sonríen, me dejo engañar, sigue ajeno, pero no soy el de antes, me escondo detrás del coro, en la última fila de los eunucos; se deja absolver por la pasión que la hace arengar, gritar, los oyentes aplauden, gritan, chocan las copas cómplices de Planchet y de Camila que debe bailar, desnudarse, catar a los hombres que la rodean, ubicarlos según el tamaño de su cuerpo o de su pene como siempre ocurre en todas las caravanas; la ilusión sortea los contornos, casi agua diluida en un deseo desesperado que se debate entre la quietud y el caos que presupone la partida.
El poema se funde con la voz de Camila, con la música y con las voces de hombres y mujeres que también aplauden, cantan y beben. Me he comido pétalo a pétalo cada flor que viene de tus manos, leve y otra vez leve sin oportunidad para cronos; la hojarasca, el bullicio, siguen ahí, no reparo en guiños y ademanes, como reptar en el suelo agreste, soez, gentil de esta urbe que me traga. La voz de Camila se torna diferente, vibrante, insidiosa, lasciva.
Una imagen tristísima se viene con una aureola kafkiana de lo que pudo haber sido la caravana de los desnudos, orgía premeditada sin límites posibles, Eyaculación al vacío. Levito en éxtasis perpetuo buscando un ángel caído, oyendo las otredades del tiempo, ahuyentando las memorias, allí, justo donde cambian las cosas. No era el sentido de las frases lo que mamá utilizaba ni pretendía utilizar, en definitiva eran las palabras del poeta que las hacía suyas, lo que una vez fue circunstancial ahora era imprescindible, el sentido le importaba poco, las usaba como un arma, como un proyectil destinado a una víctima. La víctima era Javier que se acercaba a mi cuarto, mientras mamá leía yo esperaba que él tocara a mi puerta y llamara, borracho, desnudo, que empujara la puerta, me golpeara, me tirara a la cama, y me penetrara varias veces, después solo le quedaba terminar en mi bañadera. Escucho sus pasos cada vez más cercanos…
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